El vicario episcopal para Laicos, Familia y Vida de Toledo coordinó el encuentro del Arzobispado con representantes de partidos políticos en torno al discurso de León XIV en las Cortes. Participaron el arzobispo, Francisco Cerro, y el obispo auxiliar, Francisco César García Magán
El Arzobispado de Toledo reunió el pasado viernes 23 de octubre a representantes de partidos políticos de los ámbitos municipal, autonómico y nacional para reflexionar juntos sobre el discurso que León XIV pronunció ante las Cortes Generales el 8 de junio. El encuentro, celebrado en el Salón de Concilios con el arzobispo Francisco Cerro y su obispo auxiliar, Francisco César García Magán, fue preparado por la Vicaría para Laicos, Familia y Vida por encargo del Consejo Episcopal. Su responsable, Enrique del Álamo, explica a ECCLESIA cómo nació la iniciativa, qué cuestiones surgieron en el diálogo y por qué no se planteó como un debate político.
–¿Cómo nace la idea de sentar en el Arzobispado a políticos de partidos tan distintos, y qué buscaban con este encuentro?
–La iniciativa nace en el Consejo Episcopal, presidido por nuestro arzobispo, D. Francisco Cerro, donde se plantea la oportunidad de convocar este encuentro y se encomienda a la Vicaría Episcopal para Laicos, Familia y Vida que lo coordine y prepare. Desde el principio encontramos también un gran impulso en nuestro obispo auxiliar, D. Francisco César García Magán, secretario general de la Conferencia Episcopal Española, que había vivido muy de cerca la intervención del Santo Padre ante las Cortes Generales y vio la oportunidad que suponía volver sobre aquellas palabras con nuestros responsables públicos.
El propósito era bastante sencillo: ofrecer un espacio de encuentro. Vivimos un momento en el que estamos demasiado acostumbrados a ver a los responsables políticos desde la confrontación, desde las siglas o desde aquello que los separa. Queríamos ofrecerles la posibilidad de encontrarse desde otro lugar, poniendo en el centro a la persona y la responsabilidad que todos ellos han asumido de servir al bien común.
D. Francisco expresó muy bien al comienzo y al final del encuentro cuál era la actitud de la Iglesia ante quienes desempeñan este servicio. No pretendemos ocupar el lugar de la política ni decir a los responsables públicos lo que tienen que hacer, sino acompañarlos, ofrecer una palabra que pueda iluminar y rezar por ellos. La Iglesia reconoce que la tarea política no es fácil, que exige mucho personal y familiarmente, y quiere también mostrar su cercanía a quienes asumen esa responsabilidad.
Por eso no pretendíamos organizar un debate político, y así lo dijimos expresamente al comenzar. Tampoco buscábamos que nadie renunciara a sus convicciones o a sus legítimas diferencias. Queríamos sentarnos, escucharnos y reflexionar juntos. Creo que la Iglesia puede prestar también este servicio: generar espacios donde personas con sensibilidades diferentes puedan encontrarse con libertad y respeto y preguntarse juntas cómo servir mejor a nuestra sociedad.
–¿Por qué eligieron el discurso de León XIV en las Cortes como punto de partida para la conversación?
–Aquí fue especialmente importante la aportación de D. Francisco César García Magán, uno de los grandes impulsores del encuentro. Él nos ayudó a comprender que estábamos ante un discurso que iba mucho más allá de la importancia histórica de que, por primera vez, un Papa se dirigiera a las Cortes Generales.
Su intervención fue fundamental porque consiguió situarnos a todos en el lugar adecuado. No hizo una lectura partidista ni coyuntural del discurso del Papa, sino que fue a sus fundamentos. Nos recordó que antes de preguntarnos por las leyes, las decisiones políticas o los diferentes proyectos de sociedad hay una pregunta previa: ¿qué concepción tenemos de la persona? Desde ahí fue recorriendo las palabras de León XIV y mostrando cómo la dignidad de la persona constituye el punto de partida desde el que comprender todo lo demás.
A partir de ahí aparecieron el bien común, la familia, la educación, la atención a las vidas más frágiles frente a la cultura del descarte, el drama migratorio, la paz, la reciprocidad o la libertad religiosa. D. Francisco César consiguió enmarcar con mucha precisión el diálogo posterior: no estábamos allí para discutir sobre partidos, sino para preguntarnos por aquellos principios que pueden ayudarnos a construir una sociedad más humana.
Y creo que las palabras finales de nuestro arzobispo completaron muy bien este planteamiento. D. Francisco sintetizó el mensaje del Papa en cuatro grandes claves: la dignidad humana, el bien común, la convivencia democrática y la responsabilidad moral de quien ejerce la política. Insistió especialmente en entender la política como servicio y en la necesidad de recuperar el diálogo frente a la confrontación y la crispación.
De alguna manera, ambas intervenciones se complementaron: D. Francisco César nos ayudó a entrar y comprender el discurso del Santo Padre y D. Francisco, al concluir, nos ayudó a recoger sus consecuencias para el momento que estamos viviendo.
–¿Qué cuestiones salieron con más fuerza cuando tomaron la palabra los representantes políticos?
–El marco que había ofrecido D. Francisco César ayudó mucho a que las intervenciones posteriores se centraran en las cuestiones de fondo. Quizá una de las que apareció con más claridad fue la centralidad de la persona. Hubo una expresión que me pareció especialmente significativa: cuando los legisladores legislan, legislan para personas. Detrás de una ley, de una decisión o de una política pública hay siempre personas concretas, con su dignidad, sus necesidades y sus circunstancias.
También apareció la necesidad de preguntarnos qué hacemos después con las palabras del Papa. Un discurso puede ser muy valorado, suscitar una gran acogida e incluso recibir una ovación, pero después debemos preguntarnos qué traducción tiene en nuestra manera de actuar y en las decisiones que tomamos.
Y surgieron con fuerza cuestiones como el bien común, la atención a los más vulnerables, la responsabilidad moral de quien ejerce un servicio público y la necesidad de recuperar el diálogo.
Precisamente nuestro arzobispo recogió estas preocupaciones al finalizar el encuentro. D. Francisco insistió en que no podemos construir una sociedad desde la crispación y la descalificación permanente; necesitamos recuperar el respeto, el diálogo y la capacidad de construir juntos. Y terminó con una expresión que me parece que resume muy bien lo vivido aquella tarde: necesitamos recuperar «una política con alma, con vida», que ponga verdaderamente a la persona en el centro.
–¿Qué destacaría de la actitud de los asistentes? ¿Encontraron más puntos de acuerdo de los que esperaban?
–Destacaría, sobre todo, la disposición a escuchar. Desde el primer momento hubo un clima muy bueno, de respeto y de libertad. Estaban presentes personas con sensibilidades políticas distintas y, sin embargo, durante aquel tiempo las siglas quedaron en un segundo plano. Nadie fue allí a confrontar con el otro.
Y sí, creo que pudimos comprobar que existen muchos más puntos de encuentro de los que a veces parece. Eso no significa ignorar las diferencias, que existen y son legítimas. Pero cuando uno deja a un lado la dinámica de la confrontación y comienza a hablar de la dignidad de la persona, de los más vulnerables, del bien común, de la paz o de la responsabilidad que supone servir a los ciudadanos, aparecen preocupaciones compartidas.
Quizá esa fue una de las cosas más bonitas del encuentro: comprobar que es posible hablar desde posiciones diferentes sin convertir la diferencia en enfrentamiento. Y creo que eso, en el momento que vivimos, tiene también un valor testimonial.
–¿Tendrá continuidad este diálogo con los responsables públicos, o lo plantean como algo puntual?
–En realidad, este encuentro no es una iniciativa aislada ni es la primera vez que la Archidiócesis convoca a responsables públicos. Desde la llegada de D. Francisco Cerro a Toledo es ya el tercer encuentro de estas características que se organiza, y anteriormente también se habían promovido encuentros con responsables políticos durante el episcopado de otros arzobispos.
Por tanto, hay una trayectoria detrás y nuestro deseo es darle continuidad. La experiencia de este último encuentro nos confirma que merece la pena seguir generando estos espacios, especialmente en un momento en el que necesitamos recuperar la escucha, el diálogo y la capacidad de encontrarnos con quien piensa de manera diferente.
Tendremos que ir viendo cómo hacerlo y con qué periodicidad. No queremos crear una estructura artificial ni organizar encuentros simplemente por cumplir una agenda. Nos gustaría que fueran momentos sencillos, con contenido, en los que podamos abordar cuestiones importantes para nuestra sociedad a la luz de la Doctrina Social de la Iglesia y desde una verdadera actitud de escucha.
Creo que la Iglesia tiene aquí una tarea que puede ser muy fecunda: no sustituir a quienes tienen la responsabilidad política ni decirles qué decisiones concretas deben tomar, sino acompañar, ofrecer criterios, favorecer el encuentro y recordar siempre la dignidad de cada persona y la búsqueda del bien común.
Si conseguimos ofrecer un espacio en el que personas que piensan de manera diferente puedan sentarse juntas, escucharse con respeto y descubrir que, más allá de sus legítimas diferencias, comparten preocupaciones fundamentales sobre la persona y nuestra sociedad, creo que estamos prestando un buen servicio al bien común.





