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El párroco de los Yébenes pide «que no se eche sal en las heridas»

Fernando Fernández, sacerdote del pueblo vecino al lugar del choque, llegó a las vías la mañana del miércoles, impartió la absolución a quienes estaban en peligro de muerte y acompañó a los heridos del accidente de Urda

El choque entre dos trenes de alta velocidad ocurrido el miércoles 28 de octubre entre Urda y Los Yébenes (Toledo) ha causado la muerte de más de medio centenar de personas, mientras la investigación trata de esclarecer qué ocurrió. Es el segundo accidente mortal en la alta velocidad española este año, después del de Adamuz (Córdoba), en enero, en el que murieron 46 personas.

Fernando Fernández, párroco de Los Yébenes, se enteró de lo ocurrido casi por casualidad. A primera hora tenía que acudir al centro de salud del pueblo para concertar una analítica rutinaria, y antes de salir le llamó el dueño de una finca cercana a la antigua estación de Urda para preguntarle si sabía algo de un accidente. En el centro médico solo había rumores, hasta que, mientras hablaba con la administrativa, saltó la alarma de urgencia y vio a médicos y enfermeros salir de las consultas para preparar las mochilas y la ambulancia. Cogió el coche, la Guardia Civil le detuvo en el cruce de la carretera de Ciudad Real y recorrió a pie los más de dos kilómetros que le separaban de los trenes, con una imagen en la cabeza, porque, como explica, «tenemos muy reciente todavía todas las imágenes de Adamuz».

Al llegar, cuenta, «me encontré una situación verdaderamente catastrófica, desoladora, de esas cosas que se queda uno completamente helado». Describe heridos que caminaban ensangrentados por el campo, otros tendidos en el suelo o apoyados en un árbol, y cuerpos sin vida, además de «un vagón del AVE abierto como si estuviese rajado desde una punta hasta la otra», con los asientos retorcidos y apretados unos contra otros.

Absolución colectiva

Ante la imposibilidad de llegar a cada persona, su primera reacción fue de sacerdote. «Tengo que dar una absolución colectiva pidiéndole a Dios el perdón de los pecados de todas las personas que están en peligro de muerte», pensó. Rezó en voz alta la oración de absolución con indulgencia plenaria in articulo mortis, que se imparte en nombre del Papa a quienes se encuentran a punto de morir, y después se fue acercando uno a uno a los heridos a los que pudo llegar, antes de ponerse a disposición de los sanitarios.

De aquellas horas, lo que más le marcó fue la actitud de muchos heridos. Una sanitaria de Los Yébenes con la que atendió a varias personas se lo recordaba ayer, y él lo confirma, porque «no se oían gritos, se oían gemidos, pero no gritos». Le impresionó también que algunos rechazaran ser atendidos para que se ocupara de otros, con frases como «atienda a otro, padre, que yo estoy bien, me duelen las costillas, pero estoy bien», en un momento en el que lo más fácil habría sido que el instinto de supervivencia se impusiera. Fernández sabe que su papel allí era otro, porque «mi ayuda era espiritual, pero la gente lo agradecía», y recuerda las miradas y las sonrisas de gratitud cuando se presentaba con un «soy cura, estoy rezando por ti, ¿necesitas algo?».

Hay escenas que prefiere no detallar, porque algunas personas le han pedido que no cuente lo que vio. Solo resume que «la imaginación no da para tanto, es terrible la realidad».

«No estás solo»

Sobre cómo acompañar a alguien en una situación así, el sacerdote parte de lo humano, de un hombre que se acerca a otro, aunque reconoce que la figura del cura remite a la trascendencia. «Yo no tengo que decirle a nadie que tiene que creer, yo le tengo que decir lo que yo creo», explica, y añade que quien no es creyente agradece al menos que alguien se haya acercado a él. En esos primeros momentos, sostiene, «razonar, explicar, es inútil», pero tampoco cabe el consuelo fácil, porque «decirle no te preocupes que no pasa nada, eso es tontería, una mentira y un engaño». Lo que queda es decirle a la persona «que estoy a tu lado, que no estás solo, que estoy rezando por ti, que si necesitas algo, dímelo».

Dos días después, en Los Yébenes ya no hay tareas de emergencia. El Ayuntamiento preparó el pabellón municipal de deportes para acoger a los afectados y los voluntarios de Cáritas parroquial se ofrecieron a los servicios sociales, aunque finalmente toda la atención se concentró en Urda. Fernández elogia la coordinación de bomberos, Protección Civil, Guardia Civil y sanitarios, aunque lamenta que «gracias a Dios y a la profesionalidad de toda esta gente, se va aprendiendo cómo hay que coordinar, pero lo malo es precisamente eso, que tengamos que coordinarnos más a menudo».

Le duele, además, el clima de búsqueda de culpables de estos días, porque para las familias de los fallecidos «eso no alivia el sufrimiento, no alivia el dolor, eso es como echar sal dentro de una herida». No rechaza que se depuren responsabilidades, pero pide tiempo. «Dejemos ahora que el sufrimiento se sufra en paz, y después ya habrá que pedir responsabilidades a quien las tenga», afirma, y reclama que quienes tengan que investigarlas «las investiguen con seriedad y con sinceridad, pero que no se eche sal en las heridas».

El funeral por las víctimas se celebrará este sábado a las doce del mediodía en Urda, presidido por el arzobispo de Toledo, Francisco Cerro, y el obispo auxiliar, Francisco César García Magán.

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