Mucho se habla de los peligros doctrinales y sobrenaturales asociados a la new age: que si acaba en relativismo doctrinal, que si despersonaliza a Dios, que si acaba en relativismo religioso, que si desdibuja la confianza en la providencia divina, que si abre la puerta a energías ocultas, que si hay riesgos de infestación, que si se te acaba metiendo el demonio en el cuerpo… Pero poco se habla, en realidad, del hecho de que la new age ha demostrado ser particularmente inútil en aquello en lo que precisamente se suponía que tenía mayor eficacia: para predecir un cambio de era.
Cuando en los años 70 se nos informó de que habría un cambio de era astral y que pasaríamos de la era de Piscis a la era de Acuario, se nos dijo que se acabarían de una vez los conflictos y las guerras que asolaban al género humano.
Pasaríamos de dos milenios marcados por el dominio occidental de la razón, del hemisferio izquierdo del cerebro, del control patriarcal de los poderes del mundo, de la destrucción voraz de los bienes y de las tensiones bélicas globales a una era de paz. Al fin. El dogmatismo de las religiones institucionales, tan piscis, y la facilidad con la que encienden la mecha de las enemistades entre los pueblos y las civilizaciones, daría paso a una era de verdadera espiritualidad holística, oriental, equilibrada. El planeta entero y todos sus moradores, en el amanecer de una era que habría de prolongarse otros 2.146 años, vivirían en paz y amor.
Pero no. Europa entró en guerra y la amenaza de una tercera guerra mundial ya no es solo un trending topic recurrente de X. Si la astrología falla con la estimación de una época que debe durar dos milenios, no sé exactamente qué credibilidad predictiva debo darle a mi carta astral.
Jesucristo, por su parte, acertó. ¿Acaso no dijo: «Habrá guerras» (cf. Mt 26, 6)? Pues, según lo dicho, profecía cumplida.
Solo Jesucristo es digno de fe. Y, si no creemos en Jesucristo, parece que tenemos virtud para depositar la fe en casi cualquier otra cosa.







