Vivimos en un tiempo enfurecido. En un tiempo culminante y heredero de una gran decepción con las propuestas que antaño se acogían con alegría. Mujeres enfadadas con cómo el mundo las ha tratado y las trata, desechan su naturaleza. Hombres decepcionados con lo que supuestamente son de forma inevitable, rechazan su masculinidad. Y niños desorientados intentando ser deconstruidos antes de que les haya dado tiempo a construirse.
Que vivimos en un tiempo muy desorientado no es ninguna novedad. Sí lo es plantearnos que hemos sido en gran parte culpables de esta situación. La buena noticia es que existe la respuesta. Y esta viene del corazón de un gran santo como Juan Pablo II. Enamorado del amor humano y de la creación, se atrevía a preguntar a los jóvenes enamorados bajo una noche estrellada por la relación entre lo que estaban viviendo en ese enamoramiento y el firmamento. Esa pregunta misteriosa revela la verdad más increíble para cada ser humano y la respuesta es: todo tiene que ver entre los deseos del corazón y el firmamento. Y es ahí donde nos habíamos equivocado. En esa nostalgia que apunta al infinito estaba todo.
A los cristianos se nos olvidó por un tiempo anunciar que el deseo era bueno, tan bueno como las estrellas, pues su función es apuntar a Dios, su creador. Que entre eliminar o huir del deseo a modo estoico e intentar saciarlo a toda costa, con todas las ofertas mundanas, había una tercera opción, que era orientarlo hacia lo que verdaderamente desea, que es la propuesta cristiana. Los cristianos no acallamos nuestra sed de infinito, los cristianos la reconocemos y acogemos místicamente, pues nos recuerda nuestra dependencia.
San Juan Pablo II en su Teología del Cuerpo supo establecer de nuevo la hoja de ruta y se atrevió a proclamar la verdad de que si no sabemos por qué Dios nos ha hecho varón y mujer, tampoco sabremos de qué va el mundo. En la Revelación no hay nada abstracto, Dios mismo tomó cuerpo y nos entrega su cuerpo en cada Eucaristía. El cuerpo es bueno, la creación es buena y nos habla de quienes somos. Atrevámonos pues a reconocer nuestra sed, a entender y a abrazar lo más concreto de nuestra existencia y nuestra diferencia sexual para abrirnos y orientarnos hacia ese Dios trino que ama la carne y el espíritu. Como dice Christopher West, «tu cuerpo cuenta una historia divina sobre el amor: sobre de dónde vienes y a qué estás destinado, y cómo llegar allí».
Quizá si nos reconciliamos con nuestra sed y con nuestros cuerpos, también podremos comprender por qué no es que María huela a rosas, sino que las rosas huelen a María.







