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Aguas bendecidas

Estimadas y estimados, las cosas benignas… Las cosas malignas… ¿Cómo las clasificaremos? ¿O no será nuestro propio espíritu el clasificador, que las verá benignas o malignas según la luz o la tiniebla que lleva dentro? Una persona va por el mundo y parece que irradie alegría y paz. Encuentra el agua y se da cuenta que sirve para lavar y apagar la sed. Contempla el fuego y está contento, porque se calienta y puede cocer los alimentos. Pero otra, en cambio, topa con todo. Maldice el agua, porque podría ahogarse, y el fuego, porque le podría quemar la casa. Todo le es enemigo y maligno. Y no se ve que la una haya sido más desgraciada que la otra. ¿Por qué será que se miran las cosas con ojos tan diferentes?

Démonos cuenta como el mismo Jesucristo y la primera tradición cristiana, se valieron de elementos visibles y tangibles ―el agua, el pan y el vino, el aceite― para significar el don y la gracia de Dios de cada uno de los sacramentos. Se trata de unos dones recibidos de la misma «bondad» de Dios y que son «fruto de la tierra y del trabajo de los hombres» para significar y convertirse en los dones del cielo. Con esta acción, se nos insinuaba, cuando menos, que las cosas materiales, por ellas mismas, no son hostiles, sino benignas y creadas para nuestro bien. Hoy lo podemos ver al reflexionar sobre el bautismo del Señor en las aguas del río Jordán. Allá, Dios mismo bendijo el agua. Es lo que considera la reflexión doctrinal de un sermón sobre el bautismo atribuida a san Máximo de Turín (siglo V): «Quizás alguien dirá: ¿Por qué el Santo se quiso bautizar? Pues, escucha. El Cristo se quiso bautizar no para santificarse con el agua, sino para santificar la misma agua y purificar, al purificarse, la corriente que tocaba. La consagración de Cristo es la gran consagración del agua. Y, así, cuando se lava el Salvador, se purifica toda el agua necesaria para nuestro bautismo, y queda limpia la fuente, a fin de que después pueda administrarse en los pueblos que tendrían que llegar a la gracia por medio de aquel baño. Cristo, pues, se adelanta por medio de su bautismo para que los pueblos cristianos vengan después, detrás de él, con confianza» (Sermón 100: Epifanía 1,3: CCL 23, 398-400).

Quienes constatan sistemáticamente la malignidad, la indiferencia y la carencia de sentido de las cosas, también nos dicen que encuentran el infierno en los otros. Entonces, la persona humana se encuentra condenada a devorarse mutuamente en la lucha por la vida. Aspira a la inmortalidad y tan solo dispone del breve tiempo que va de la infutilidad del nacimiento al macabro de la muerte. De aquí la desconsoladora conclusión del análisis existencialista del filósofo Jean Paul Sartre: «El hombre es una pasión inútil», es decir, un dios que no puede ser como tal (L’être et le néant, 1943). En cambio, vale más mirar la vida y el mundo con los ojos de Cristo. Vale más saber leer en las entrañas de la naturaleza aquella ley del amor universal y sacrificado que nos revela la benignidad del Creador. De aquí que, en el ritual del bautismo, en el momento de la bendición del agua, se implore que «descienda hasta el fondo de esta agua la fuerza del Espíritu Santo» para resucitar con Cristo «a la vida».

Vuestro,

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