Hablamos con José Luis Guinot, de la Asociación Viktor Frankl, y Valentín Rodil, del Centro San Camilio, dos especialistas en intervención de crisis ante accidentes como el de Urda
La devastadora colisión por alcance en el kilómetro 118 de la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla, a la altura de Urda (Toledo) —donde un convoy AVE de Renfe y otro de Iryo con más de 540 viajeros a bordo colisionaron provocando la caída de dos vagones por un terraplén y dejando, hasta el momento, 69 fallecidos—, ha desencadenado una inmensa respuesta de auxilio sobre el terreno. En ella, no podía faltar la Iglesia. Mientras los servicios de emergencia actuaban sobre la misma vía, la archidiócesis de Toledo y sus parroquias en Urda, Consuegra y Los Yébenes, así como Cáritas Diocesana habilitaban espacios de acogida.
Horas después, y superada la vertiente logística e institucional del siniestro, emerge una dimensión mucho más íntima y delicada: la gestión psicológica y espiritual del trauma inicial y el acompañamiento del duelo. Dos importantes especialistas en intervención en crisis y dolor de nuestro país, José Luis Guinot, médico y representante de la Asociación Viktor Frankl, y Valentín Rodil, psicólogo, teólogo y responsable de la Unidad Móvil de Intervención en Crisis y Duelo San Camilo, analizan para ECCLESIA los entresijos emocionales de las primeras horas, las claves del auxilio comunitario y las pautas para estar al lado de la víctima y sus familiares.
La ‘etapa muda’ del shock y la pirámide del apoyo comunitario
En los minutos y horas posteriores a una catástrofe ferroviaria, el cerebro humano enfrenta un derrumbe cognitivo y sensorial. Como detalla José Luis Guinot, «toda situación traumática provoca un shock inicial, una etapa muda, en la que uno ni siquiera puede expresar lo que siente». En ese colapso primario, cualquier intento de teorizar resulta estéril: «En ese periodo solo hay que estar al lado de las víctimas, que sientan que hay alguien cercano, quizás solo un hombro, alguien a quien abrazar o una mano tendida».
Por su parte, Valentín Rodil encuadra esta primera respuesta en una necesaria arquitectura social que trasciende la mera atención médica. «Para hablar de acompañamiento tenemos que hablar de niveles de acompañamiento», señala Rodil, recordando que «desde hace bastante se nos ha dado en considerar una especie de pirámide de apoyos en la que en la base estamos todas las personas de una comunidad y también los miembros destacados, como los profesores, trabajadores sociales, médicos, curas… gente que tiene un punto destacado ahí y tiene una labor de acompañamiento determinado».
Rodil enfatiza que en este amanecer del desastre «lo primero que hay no es terapia, no son intervenciones terapéuticas profundas, son intervenciones sensatas». En ese escenario conviven reacciones de supervivencia personal, física y psicológica: «Cada reacción que es emocional y humana está hablando de que hay un ser humano ahí… sentirte enfadado, sentirte culpable, sentir preocupación, sentir vulnerabilidad, todo esto te hace humano y eso que te hace humano te hace capaz de sobrevivir», explica el psicólogo de San Camilo.
Poner palabra a las imágenes: construir un vínculo seguro
Cuando el entumecimiento inicial cede, la mente del superviviente o del familiar busca procesar el torrente sensorial grabado a fuego. «Hay gente que en las horas previas no tiene conciencia, que está en shock, entumecida, donde el predominio de lo no voluntario es mayor que lo voluntario y necesita una intervención muy determinada», expone Rodil. El objetivo en ese tramo es «permitir un poco que la palabra vaya poniendo aterrizaje a las imágenes que tienen, a las sensaciones que tienen».
Paradójicamente, Rodil destaca el papel involuntario que cumple el periodismo a pie de calle: «Una de las ayudas más importantes que está habiendo se produce cuando los periodistas le preguntan a la gente y la gente tiene palabras que decir, y al decir palabras, articula un relato. Articular un relato forma parte de lo que te ayuda a aterrizar en una situación de crisis, porque te ayuda a saber dónde estás y quién eres».
Para que esa articulación no descarrile, la persona desbordada requiere una figura de sostén. «Necesitan ver un adulto en quien puedan descansar algo tan gordo como lo que acaban de vivir. Tienes que establecer un vínculo seguro rápidamente, que perciban que eres alguien en quien apoyarse… estar a tiro y valorar quién está totalmente dominado por lo sensorial antes que por lo verbal», subraya Rodil.
Una vez asentado ese anclaje, se produce el tránsito que describe Guinot: «Tras el shock viene la evidencia y, ahí, es cuando se puede comenzar a hablar, a comunicar lo que se siente, siempre sin ofrecer soluciones. Es la escucha activa, que hace sentir al otro que su dolor es compartido. Ese es el inicio del alivio».
El peligro del falso consuelo
Ambos expertos coinciden de forma tajante en la necesidad de desterrar las frases hechas y las exigencias de optimismo prematuro. José Luis Guinot advierte de que «acompañar en situaciones traumáticas no es sencillo, no basta la buena voluntad. Si no nos preparamos, podemos caer como una víctima más y no ayudar, sino complicar las cosas».
Guinot desglosa el acompañamiento en dos fases: «Primero, no se trata de dar consejos sino de estar, resolver lo inmediato; segundo, la persona expresa sus sentimientos y debe tener a alguien capaz de escuchar sin pretender resolver. El duelo comienza cuando se toma conciencia de la pérdida y la vida sigue y uno se siente sin fuerzas, desconsolado (sin suelo en que apoyarse)».
En este punto, Guinot aconseja «nunca decir que ‘tiene que hacer’ o ‘ya verás cómo todo pasará’, sino centrarse en el nuevo presente y encontrar una pequeña tarea para alcanzar la aceptación de lo que ya no se puede cambiar».
Valentín Rodil es igualmente contundente respecto a los mensajes vacíos: «No se puede terminar un duelo sin haberlo empezado». Para él, proclamas del tipo «seremos más fuertes» o «aprenderemos mucho» «son eslóganes, más bien políticos, que no son realmente de duelo. No entienden que el duelo tiene un mapa. Los primeros verbos no son los de reconstruir, son verbos de destrucción: es adaptarse a una destrucción».
La dimensión espiritual en la zona cero: acompañar frente a predicar
Asimismo, el especialista de San Camilo alerta sobre el riesgo de arrebatar las muletas emocionales que la víctima construye para sobrevivir mientras espera noticias de un desaparecido: «No vas a apagar el pábilo vacilante, no le vas a pegar un pisotón a la vela. La persona necesita esa vela, porque le vincula con la persona viva y desaparecida. Tú tienes que acompañar su esperanza, si la tiene, sin alimentar promesas falsas, pero jamás metérsela ni quitársela tú». La regla de oro, sintetiza el psicólogo, es clara: «En situaciones de estas no le puedes hundir la vida a una persona que ya la tiene hundida».
La magnitud del desastre ferroviario también remueve los cimientos de la fe y de las convicciones existenciales de los afectados. «En la Iglesia hemos aprendido hace ya bastante tiempo que no es exactamente lo mismo acompañar en este momento que predicar en este momento. Nos situamos siempre en lo que la persona tiene y vive», afirma Rodil a este respecto.
La presencia de la comunidad eclesial y de los sacerdotes en pueblos como Urda o Los Yébenes actúa como un «refugio bueno» donde se habla un idioma compartido: «Para quienes tienen fe, la presencia de la Iglesia alienta esa esperanza. Decir ‘Dios está contigo a tu lado’ o ‘Dios está en la Iglesia que te apoya’ son contenidos que a la persona creyente le caen y le ayudan profundamente».
Desde la perspectiva de la logoterapia fundada por Viktor Frankl, José Luis Guinot analiza las inevitables quiebras de sentido: «Entender a Dios como quien envía el bien o el mal puede ser una fe inicial, que se quiebra ante experiencias como estas. Sin embargo, la ausencia de Dios no alivia en absoluto el dolor, al sentirnos manejados por el azar».
Para quienes carecen de creencias religiosas, Guinot recuerda la premisa frankliana de que «cuando se pierde absolutamente todo, como en este accidente, sigue quedando la libertad última de elegir la actitud para vivir esa tragedia». Y concluye con una reflexión sobre la trascendencia: «La vida parece que no tenga sentido a veces, pero vivir siempre lo tiene. Eso supone ir más allá del propio dolor para atender o acompañar a los que sufren a mi lado. Eso es, de algún modo, trascender».
La cicatrización en círculos concéntricos
A la hora de procesar la tragedia a largo plazo, Guinot remarca la distinción entre las investigaciones técnicas y la reconstrucción personal: el «por qué», algo que se aclarará mediante las pesquisas sobre las causas y responsabilidades del choque ferroviario para poner medidas preventivas; y el «para qué»: «Comprender el ‘para qué’, si tiene algún sentido, es más difícil, y cada uno tiene que elaborar sus propias respuestas».
Sobre la respuesta y los rituales comunitarios, Guinot defiende que «los ritos de despedida y la solidaridad alivian levemente el alma, al sentir que el dolor es compartido. Pero siempre sin imposición, dejando libertad a cada víctima». Además, apela a la contención pública: «Cuando no tenemos respuestas, la presencia muda, el silencio y el respeto son necesarios… No es momento de buscar culpables cuando un acontecimiento es tan reciente; la atención debe centrarse en la compasión con las víctimas».
Por último, Valentín Rodil recuerda que el impacto traumático se expande en «círculos concéntricos» y demandará tiempos muy diversos, pues «no es lo mismo estar en la zona cero que ser familiar de un fallecido, o haber sobrevivido al golpe, o estar herido grave». Aunque un porcentaje alto de personas logra recuperarse por sus propios medios y otras encuentran cobijo en la red de Centros de Escucha, el camino será extenso y reaparecerán detonantes como olores o ruidos de trenes: «Recuperarse significa que uno vive de manera que esto no le distorsione gravemente, pero al estado virginal no volvemos nunca», sentencia Rodil.





