Las reflexiones que hemos trasladado aquí se han referido al miedo a que, todos y cada uno, la sociedad y los propios miembros de la Iglesia, sentimos ante el futuro que no podemos dominar. Sobre todo por ser un futuro desconocido. Hemos vislumbrado algo de una palabra del Señor que ilumina y cura ese miedo.
El recurso que el Señor utilizó, para que su pueblo siguiera caminando con seguridad fue en la Historia de la Salvación, y sigue siendo hoy, la Promesa.
La Promesa en boca del Señor es el gesto propio de un amor que se explaya, se va realizando, en la historia. La promesa empapa todo el lenguaje de quienes se aman. En catalán llamamos «prometidos» a los novios. Porque el amor siempre contiene una promesa en esta vida. El amor es siempre una apuesta por el futuro, porque el presente nunca puede agotar toda la grandeza del amor auténtico. Por eso, toda palabra que el Señor nos ha dirigido a lo largo de la historia es fundamentalmente prometida, apunta a un futuro de plenitud. Y su efecto, como decimos, es medicinal para nuestros miedos.
Pero la promesa, para que sea eficaz, interpela a esta otra facultad, que nace también del amor y que es la confianza. En italiano y en francés se llaman los novios con esta calidad: son los que viven fiados en el cumplimiento futuro de la promesa (fidanzati; novio).
La Promesa de Dios es la puerta abierta hacia el futuro; la confianza es la decisión efectiva de atravesarla y salir. Así se va configurando el viaje de la vida, todos los días, cada cruce, cada vicisitud. Crecemos en la medida en que conocemos más a Dios y su amor y en la medida en que respondemos con nuestra fe de que es amor confiado. ¿Cómo se nota que crecemos? Se nota porque cada vez somos más libres, hay menos miedo a vivir, tenemos más paz y pisamos el camino de la historia con más seguridad y sosiego. Se nota sobre todo con la vivencia de una alegría serena.
Esto no quiere decir que no faltarán lágrimas y momentos de entusiasmo, pero sí quiere decir que esas lágrimas o esas alegrías no tendrán la última palabra, nunca serán definitivas para caer o levantarse. Los cristianos no somos por definición ni pesimistas ni optimistas (según definiciones de la psicología): vivimos del presente como recibo de Dios y del futuro que está en sus manos.
A veces el Señor ayuda a la esperanza con detalles, que abran el futuro haciéndolo algo más claro, detalles que proceden de su amor y cuidado. Si alguien vivía preocupado por el futuro de nuestra Iglesia diocesana (dando por supuesta siempre la providencia del Espíritu sobre nosotros) ahora, al conocer al nuevo obispo que servirá como tal a nuestro pueblo, miramos el futuro esperanzados y en paz.
El nombramiento del nuevo obispo Mns. Xabier Gómez García, es cumplimiento de la promesa que nos hizo el Señor de estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Vemos esta presencia prometida cumpliéndose en muchos detalles, que nos hacen seguir viviendo; y precisamente en éste, de tener con nosotros un nuevo obispo, con sus dones y carismas, es signo claro que el Señor sigue cuidando de esta Iglesia.
El futuro sigue estando en manos de Dios. Sólo que al conocer concretamente los instrumentos que Él utiliza para “realizar su historia”, en este caso la historia de nuestra Iglesia, parece que los miedos desaparecen y disfrutamos de más paz.







