Vicerrector de la UCAM y sacerdote y profesor del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia, conversa con ECCLESIA ante el arranque de la cumbre por la familia convocada por León XIV en el décimo aniversario de ‘Amoris laetitia’
Con el encuentro convocado por el papa León XIV en el Vaticano —del 7 al 14 de octubre— con motivo del décimo aniversario de la exhortación apostólica Amoris laetitia, la Iglesia universal se dispone a reflexionar y orar sobre la situación actual de las familias y el futuro de esta institución frente a las transformaciones del mundo contemporáneo. En un contexto marcado por tensiones tecnológicas, presiones económicas e ideológicas, la familia sigue llamada a ser ese refugio donde la persona es amada, ama y aprende el sentido de la vida. Para profundizar en este itinerario de escucha, discernimiento y atención pastoral, conversamos con Antonio Alcaraz López, sacerdote y profesor del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia, Sección Extraurbana de Madrid; Director del Instituto Internacional Juan Pablo II de Caridad y Voluntariado; vicerrector de Extensión Universitaria y director del Departamento de Ciencias Humanas y Religiosas en la Universidad Católica San Antonio de Murcia (UCAM).
—¿Qué espera del encuentro propuesto por el Santo Padre a los diez años de Amoris laetitia?
—Vivimos en una sociedad marcada por el nihilismo, expresado en diferentes términos culturales: «modernidad líquida», «postverdad», «metapostmodernidad», «transhumanismo» o «posthumanismo»… Todo ello, o cualquiera de sus formas, está caracterizado por la falta de referencia existencial y de sentido. Este contexto afecta, obviamente, a la familia; pero la familia cristiana, partiendo de la unión sacramental, está llamada a ser luz, la luz de Nazaret, que llega hasta la cruz y avanza hacia la resurrección.
Este es el primer desafío: conocer y creer lo que Dios ha revelado. Si en una situación concreta Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién decís vosotros que soy yo?», también estamos llamados a conocer qué es la familia y su misión.
Este encuentro convocado por el Santo Padre, más que una evaluación estadística de los últimos diez años está llamado ser el catalizador de una conversación sincera y transparente, que valide la experiencia que ya se están haciendo en las Iglesias locales y trace un camino donde la doctrina se una en una caricia pastoral cercana a la realidad de los hogares.
—¿Cuáles son los principales desafíos de las familias hoy y qué objetivos realistas y tangibles debe marcarse la Iglesia para abordarlos?
—En cuanto a los principales desafíos actuales, además de salir del nihilismo que nos rodea, las familias se enfrentan a una agudización del individualismo y a una desconexión relacional, paradójica en la era de la hiperconectividad. A esto se suman las estructuras socioeconómicas actuales, que precarizan el empleo y retrasan los proyectos de vida estables de las nuevas generaciones.
Con este encuentro, la Iglesia está llamada a avanzar desde una pastoral de eventos hacia una pastoral de procesos. Los actos concretos son importantes, pero debemos seguir insistiendo en el proceso, desde el conocimiento de Cristo, a una pastoral de acompañamiento de matrimonios y familias integrada en la comunidad cristiana.
—¿Qué signos de esperanza, desafíos y puntos críticos surgen hoy en las vidas de las familias y qué transformaciones propias de nuestro tiempo están afectando a la experiencia del amor?
—Los signos de esperanza provienen de las mismas familias, que, conociendo el amor de Dios, viven en donación y unidad entre los esposos y permanecen abiertos a la vida. En la llamada del hijo, en la presencia del otro, en el servicio a la Iglesia, los esposos descubren que el matrimonio es un «sacramento de misión. Si tuviéramos que concretar algunos signos de esperanza, diría que hay un nacimiento de redes comunitarias entre familias y una renovada conciencia del valor del hogar como «Iglesia doméstica». Hoy, vemos parejas con un alto sentido de la justicia relacional, la corresponsabilidad en el cuidado y la apertura solidaria hacia los más desfavorecidos.
Es verdad que el cambio de época ha traído consigo una marcada fragilidad afectiva, donde los vínculos tienden a valorarse bajo la lógica del consumo y la utilidad temporal. La tecnología, al mediar casi toda interacción, fragmenta la comunicación cara a cara y diluye los espacios de reflexión y encuentro profundo dentro del propio hogar. Pero estas transformaciones no deben abordarse desde el miedo o la condena, sino como una oportunidad. La Iglesia debe presentar el amor en el matrimonio y la familia no como una carga normativa, sino como el espacio donde el ser humano encuentra seguridad, libertad y sentido de pertenencia frente a la soledad moderna.
—¿Qué lenguajes, experiencias e itinerarios educativos y espirituales pueden acompañar a los niños, adolescentes y jóvenes en su crecimiento emocional, relacional y sexual, ayudando a reconocer el valor del matrimonio?
—En este punto podemos hacer algunas apreciaciones, pues es urgente abandonar los discursos abstractos o moralizantes y adoptar una expresividad existencial y testimonial. Los jóvenes no buscan discursos perfectos; responden ante la autenticidad de historias reales que muestran la belleza del amor, pero también la madurez del perdón y la reconciliación.
Se deben proponer procesos de educación afectivo-sexual integrales que unan la dimensión espiritual, psicológica y relacional. Es prioritario educar en la «ecología del encuentro», enseñando a los niños y jóvenes a reconocer el valor del propio cuerpo, el respeto hacia el otro y la paciencia que requiere la construcción de un vínculo duradero.
La propuesta del matrimonio debe presentarse como una vocación apasionante. En lugar de mostrarlo como el fin de la libertad, hay que presentarlo como el proyecto creativo por excelencia, capaz de dar raíces sólidas al deseo humano de trascendencia y comunión.
—¿Qué formas de acompañamiento ayudan más a las parejas en los primeros años de su vida matrimonial? ¿Cómo se pueden favorecer las relaciones entre familias y las experiencias de apoyo mutuo?
—Es necesario consolidar un auténtico catecumenado cristiano en el que se inserte la pastoral matrimonial. La preparación al matrimonio no puede empezar unas semanas antes ni terminar en el altar; las parejas necesitan vivir la fe en la Iglesia, vivir un noviazgo que les ayude, una guía cercana y sistemática durante los primeros años de convivencia y una comunidad cristiana que les acompañe a lo largo de su vida.
Debemos favorecer el apoyo mutuo: bien por medio del itinerario indicado o, en su caso, promoviendo el paso de la familia aislada a la «familia de familias». Crear pequeñas comunidades de fe y vida dentro de las parroquias permite compartir no solo la oración, sino también los desafíos cotidianos —como la relación y comunicación en el matrimonio, la educación de los hijos, la crianza, la conciliación laboral—, aliviando el desgaste emocional que se pueda dar en la familia.
—¿Cómo podemos construir comunidades cristianas en las que quienes han vivido la experiencia del sufrimiento, abandono, separación y divorcio puedan sentirse realmente escuchados, partícipes y corresponsables?
—Es importante realizar una escucha real: la Iglesia está llamada a crear una «pastoral del consuelo». Esto exige crear espacios específicos de acogida donde quienes han vivido el dolor del abandono, la separación o el divorcio encuentren personas formadas para escuchar, sin juzgar ni etiquetar sus historias personales.
Es imperativo recordar que estas personas han sido llamadas a la vida y a la salvación por Dios, y por ello establecemos ya un lazo de hermandad y acogida en la Iglesia. Su inclusión, teniendo en cuenta su realidad concreta, debe ser activa y real, permitiéndoles participar del proceso continuo de conversión al que estamos llamados todos los creyentes. Con la caridad, ayudamos a todos a vivir en la verdad y procuramos que esta verdad no sea una carga, sino una esperanza. Conocer, en algunos casos, la resiliencia, la experiencia ante el sufrimiento de estas personas, puede ser una ayuda para ellos y para los que los escuchan y acompañan.
La Iglesia debe actuar como un reflejo de la misericordia divina, donde nadie se sienta excluido ni mirado con sospecha. El primer anuncio que hacemos a quien se acerca a la Iglesia es: «Dios te ama». La comunidad cristiana no es un tribunal que evalúa la perfección, sino un hogar y un taller de restauración donde se acompaña a cada persona, desde el punto exacto en el que se encuentra su vida, a vivir en la voluntad de Dios.






