Escritora y periodista, lleva años explorando desde el Observatorio de lo Invisible espacios en los que la belleza, el silencio, el arte y la experiencia de Dios se encuentran
Hay personas que parecen empeñadas en mirar y extraer verdad allí donde casi nadie dirige la vista. La escritora y periodista Sonia Losada —Río oculto (Númenor) es su última propuesta de poesía mística— lleva años explorando esos espacios en los que la belleza, el silencio, el arte y la experiencia de Dios se encuentran, convencida de que lo invisible no es lo irreal, sino, con frecuencia, lo más decisivo. Desde el Observatorio de lo Invisible, trabaja junto a Javier Viver en abrir un diálogo poco habitual entre la creación artística y la trascendencia. Reflexiona para ECCLESIA sobre la necesidad de educar la mirada, el papel del arte en una sociedad acelerada y la posibilidad de que, en medio del ruido contemporáneo, siga habiendo caminos hacia el asombro.
—Si tuviera que resumir esta sexta edición del Observatorio de lo invisible en una sola palabra, ¿cuál sería y por qué?
—Creo que sería aliento. El lema de este año del Observatorio de lo invisible era «Insufló en su nariz aliento de Vida». Creo que todos hemos sentido ese aliento creador, vivificador. No solo en los talleres, sino en los encuentros en el comedor, en los pasillos, en las veladas… Aliento para seguir colaborando con Dios, que intenta tocar el corazón de los hombres de hoy a través de la Belleza.
—¿Qué les ha sorprendido más de lo vivido estos días en El Escorial?
—La forma en la que todos se han sentido acogidos, los creyentes, las personas en búsqueda, los que no creen y han venido atraídos por recibir formación de un profesor en concreto… Y esto, en una sociedad tan polarizada, donde acostumbramos a situarnos en una trinchera y mirar con desconfianza a los que tenemos al lado. Este espacio de diálogo, sincero, sin corazas, desde la vulnerabilidad y la sensibilidad que exige la creatividad, es un verdadero oasis.
También es muy sorprendente la capacidad de diálogo que tienen los artistas y las distintas disciplinas artísticas entre ellas. En las veladas, una improvisación de Guzmán Yepes al piano se entrelaza con los versos creados por los alumnos del taller de poesía, Lluis Homar recita versos de Rainer María Rilke sobre la vida de la Virgen como hilo conductor del concierto de los alumnos del taller de música… El vídeo se cuela en el taller de danza para hacer arte del movimiento. Y el escultor habla con el comisario, el fotógrafo con el poeta, el pintor con el escritor… y, sorprendentemente, se entienden.
—¿Ha cambiado algo respecto a ediciones anteriores?
—Cada Observatorio de lo invisible es único. Ninguno es igual a otro. Los profesores cambian cada edición y eso significa que, aunque vengas y repitas disciplina, los talleres nunca son iguales. Tampoco son iguales los alumnos. Hay mucha gente que repite, pero siempre hay caras nuevas que aporta una mirada nueva, una voz nueva.
Las veladas y los foros se construyen con la creatividad de los participantes y siempre es sorprendente ver como brotan ideas y se aceptan las propuestas que se hacen entre los talleres y a los profesores con toda naturalidad. Este año ha habido un interesante coloquio entre cuatro conversos: el filósofo Fabrice Hadjadj, el actor Lluis Homar, la comisaria Maider Montalbán y el filósofo Ernesto Castro, que mantuvieron un diálogo con David Arratibel, director del documental Converso. Arratibel interrogó desde su mirada agnóstica (igual que hace en su documental con los miembros de su familia) a sus compañeros de mesa por el proceso de conversión que habían vivido. Fue un momento muy especial de reflexión colectiva sobre lo que ocurre cuando dejamos que Dios se haga presencia en nuestra vida.
Lo que sí notamos los que hemos participado en las seis ediciones es que el proyecto se ha consolidado. Hemos tenido tres sedes: el monasterio de Nuestra Señora de Guadalupe, el monasterio de la Santa Espina y ahora el monasterio de San Lorenzo del Escorial. En las tres, el proyecto ha ido creciendo hasta conseguir una madurez que augura nuevos y buenos frutos.
—¿Qué revela el éxito del Observatorio sobre las necesidades espirituales del hombre contemporáneo?
—Mi experiencia es que el arte es un lenguaje que habla al corazón del hombre, la belleza es capaz de conmovernos más allá de los argumentos. Por eso creo que Dios se hace presente en los procesos creativos del hombre y utiliza esa creatividad para encarnarse, para que su Palabra resuene en pinceladas, en el barro, en la imagen, en el verso…
Los que no creen pueden llamarlo inspiración, pero algo susurra en el oído y en el corazón del artista que habla de algo más grande que él. Por eso, es fácil que los artistas se abran a la trascendencia porque conectan y continúan la obra creadora de Dios. Y por eso los espectadores, los lectores, los que se asoman a sus obras ven algo más, algo invisible que les atrae, la belleza no deja indiferente a nadie.
En un mundo donde la Verdad está continuamente cuestionada, donde se ha exprimido la razón para hablar de la fe, las personas vienen sedientas no de conocimiento, sino de experiencia de Dios, y eso lo facilita el arte, la música, la poesía. Ya lo decía Karl Rahner: el cristiano del siglo XXI será místico, alguien que ha experimentado a Dios, o no será. Y yo he visto en el Observatorio y en otros espacios que la via pulchritudinis, la vía de la belleza facilita ese encuentro con Dios.
—¿Les sigue sorprendiendo la presencia de personas alejadas de la fe?
—La verdad es que ha sido una constante desde el comienzo del Observatorio. Es una escuela de arte y espiritualidad abierta a todos los que quieran aportar su mirada y quieran verse en la mirada del otro, miradas distintas para crecer y para encontrarnos. Siempre que hablo en el Observatorio con personas que no creen o que andan en búsqueda me dicen que han encontrado un espacio donde pueden hablar sin ser juzgadas, sin que la norma ahogue la voz, sin que los dogmas maten las preguntas. Creo que ese es uno de los grandes valores de este proyecto en el que hay que ahondar y que da sentido al Observatorio.
—Ustedes hablan de la belleza como camino. ¿Qué tiene la belleza que a veces consigue abrir puertas que los discursos no consiguen?
—Creo que la belleza apela a algo más primario, pero quizá más real. No necesitas argumentos para que una obra de arte te conmueva, incluso te duela. Hay belleza en lo armonioso, pero también en el caos. El Observatorio de lo invisible nos ha enseñado a muchos a mirar, a recuperar nuestra mirada de niños, sin prejuicios, esa mirada que desde el asombro descubre cada día el mundo por vez primera. Y descubre a Dios en lo pequeño, en lo cotidiano, en los olvidados. El papa Francisco animó a los artistas a crear desde la mirada del niño y del profeta, asombrándonos y denunciando. Esa mirada del niño y del profeta puede desarmar a los que se acercan a Dios con prejuicios y argumentos.
No olvidemos que el Concilio Vaticano II recordó que el arte posee una capacidad única para revelar el misterio del hombre y la belleza de la creación. Por eso la Iglesia necesita de los artistas: porque su mirada puede abrir caminos hacia lo invisible.
—¿Existe el riesgo de quedarse en una experiencia estética sin dar el paso hacia la trascendencia?
—Creo que no hay nadie que venga al Observatorio, creyente o no, que se vaya sin nuevas preguntas. Crear te obliga a preguntar, a indagar, a cuestionar, y esa es la grieta por la que Dios se cuela. No somos nosotros, es Él quien no pierde la oportunidad de acercarse. Nosotros solo ponemos las condiciones para que se dé el encuentro. El tiempo, los procesos, el cómo será eso, que pregunta María al arcángel, eso es cosa de Dios.
—¿Qué artistas o propuestas de esta edición cree que han expresado mejor esa intuición?
—La verdad es que ha sido una edición con mucho nivel en los talleres: un Premio Nacional de Fotografía, una bailarina solista de la Compañía Nacional de Música, un actor premiado con un Goya, un exdirector del Centro Dramático Nacional, un premio Lustiger de la Academia Francesa, un premio Adonais… Sin embargo, lo mejor es que en el Observatorio lo que vemos es a José Manuel, Elisabet, Lluis y Luis, a Fabrice, a Daniel, a Carlos, a Matilde, a Javier y a Maider y a Ignacio. Hombres y mujeres que vienen a dar gratis lo que han recibido gratis: sus talentos. Y se preocupan por sus alumnos artística y humanamente, y están abiertos a guiarlos y a aconsejarlos. Es una convivencia intensa, una semana de comer, aprender, rezar y crear juntos. Por eso se crean vínculos que perduran más allá de las paredes del monasterio. Lo más importante es lo que sucede después: exposiciones, libros, proyectos de los observadores de lo invisible que nos volverán a convocar a lo largo del año. De esta manera, hacemos real la invitación del Papa a entablar un diálogo con la cultura contemporánea.
—Después de organizar algo así durante tantos años, ¿qué les sigue sorprendiendo de Dios?
—Que no suelta de la mano este proyecto, que su Espíritu sigue actuando y alentando a los artistas, que nos impulsa a pesar de las dificultades y que nos permite seguir soñando que, algún día, el Observatorio tendrá una sede y será una escuela que no abra sus puertas solo una vez al año. Una escuela que responda a esa llamada a los obispos del Sacrosanctum Concilium a cuidar que los artistas sean instruidos en el espíritu del arte sacro y de la sagrada liturgia, para lo que les recomendaba la fundación de escuelas o academias de arte sacro.
—¿Qué han aprendido ustedes mismos gracias al Observatorio?
—Yo llegué con un centenar de poemas al primer Observatorio y ahora he publicado dos libros con un sacerdote, Vicente Esplugues, sobre el Credo y el Padrenuestro y un poemario en solitario, Río Oculto. Sin el impulso del Observatorio, sin Antonio Barnes, Jesús Cotta, Jesús Montiel, Izara Batres o José Mateos esos poemas no hubieran salido del cajón o del archivo del ordenador. Todos ellos han pulido mis versos, me han enseñado muchas cosas, pero sobre todo me han enseñado a mirar la vida con una profundidad y una plenitud, con una alegría nuevas. Dios nos entrega talentos, pero necesitamos maestros que nos descubran que no son para guardarlos bajo el celemín, sino para alumbrar a otros.
—Si alguien nunca ha oído hablar del Observatorio, ¿por qué debería plantearse venir al menos una vez en la vida?
—Porque es un espacio de creación, de reflexión y de encuentro únicos, donde el arte y la espiritualidad se dan la mano. No hay nada parecido en España. Si eres artista o te gusta el arte y tienes inquietudes espirituales, este es un lugar perfecto para vivir en plenitud lo que eres.
—Cuando una iniciativa crece y adquiere prestigio, también corre el riesgo de institucionalizarse. ¿Cómo se evita que el Observatorio pierda precisamente esa capacidad de sorprender que lo hizo nacer?
—Abriéndonos al Espíritu y también a las reflexiones de los alumnos que nos nutren de ideas. Del Observatorio y de sus alumnos han brotado muchos proyectos que hacen que la Fundación Vía del Arte que impulsa el Observatorio de lo invisible sea algo vivo. Un alumno, el compositor Luis Meseguer, propuso en la segunda edición hacer una revista de arte sacro contemporáneo, que ahora está en el mercado y se llama Transfiguración, una obra de arte para hablar de arte. Otra alumna, la artista plástica Valentina Matter, propuso que hubiera formación a lo largo del año y tenemos las «Bellezas de Cristo», conferencias en el taller de Javier Viver, los viernes, para hablar con artistas y de arte, así como un curso de formación de Arteología presencial y online para indagar en los porqués de la fe y el arte. El Observatorio es algo vivo, basta ver sus frutos.
—¿Habéis detectado algún cambio en el perfil de los asistentes respecto a las primeras ediciones?
—Hacemos grandes esfuerzos para conseguir becas de universidades, otras fundaciones o mecenas para que la matrícula no sea un problema para acceder al Observatorio. Y seguimos abiertos a que otras instituciones quieran colaborar con nosotros patrocinando talleres, ofreciendo becas o con donaciones, para que nadie se quede fuera por motivos económicos. De esta manera, podemos llegar a los más jóvenes, que tienen menos recursos. Creo que es muy interesante el diálogo intergeneracional que se establece en el Observatorio. Hay artistas consolidados que vienen como alumnos y entablan diálogos con jóvenes universitarios que están buscando su forma de expresarse. La frescura de la artista joven y la serenidad del artista maduro confluyen en el OI para enriquecerse mutuamente. Es algo que los alumnos nos subrayan y nos agradecen. Buscamos deliberadamente esa diversidad de pensamiento, de edades, porque hacen más valiosa y rica cada edición del Observatorio.








