La Iglesia en oración, sexta entrega de los Apuntes, profundiza en el camino espiritual de cada hombre, que solo puede darse en la intimidad de los esposos, con Cristo como dote nupcial y mediante el don de la liturgia
La sexta entrega de los Apuntes sobre la Oración llega con una sorprendente novedad en cuanto a su autoría. Ni un cardenal, ni obispo, ni un teólogo. Como no podía ser de otra manera, La Iglesia en oración se compone como una obra coral a cargo de los monjes cartujos, representantes, en este caso, de la vida consagrada como reserva espiritual y fuente de luz de la Esposa de Cristo, y que, como tal, tampoco está libre de los embates y desgastes del mundo
Proféticamente, los firmantes de este ensayo apelan en sus inicios a un texto del Concilio Vaticano II con ánimo de hacernos entrever que «la oración es un misterio, ya que tiene su origen y sus raíces en el mismo corazón de Dios, en el himno de alabanza que es cantado eternamente en la sede de los cielos, que resuena eternamente en el mismo misterio de Dios y que solo conoce él, el Dios trino». Por este motivo, «solo él puede cantarlo y enseñárnoslo».
Así, en la medida en que Jesús, como Hijo, nos ha enseñado a decir ¡Abba! Y nos ha movido a ello por el Espíritu Santo, nuestra oración y la de toda la Iglesia es, siguiendo el Catecismo, «unión con la oración de Cristo en la medida en que ella nos hace participar de su misterio». Esto es, esto somos, la Iglesia. Porque nada de lo que nos pueda suceder en la vida, como escribía un monje, «nos podrá afectar más profundamente que estas palabras: “Padre mío”». No es, por tanto, cosa menor la de la vida de oración, que es pura y abundante vida. «A partir de entonces, cada oración solo puede ser auténtica si se une a la de Jesús en la cruz, y con él grita: “Abba, Padre, en tus manos encomiendo tu espíritu”».
Liturgia que brota del corazón
En sus páginas, el sexto volumen de estos Apuntes sobre la Oración se detiene en la liturgia que brota del corazón como una sed irrefrenable del amor de Dios, transita junto a la Iglesia que peregrina, clama y reza en el desierto como en las sequedades de cada uno de sus fieles. Y, muy especialmente, en el canto de la Esposa, pues la posibilidad del hombre de unirse esencialmente con Dios solo puede darse en la intimidad de los esposos, con Cristo como dote nupcial y mediante el don recibido a través de la liturgia, «participación en la oración de Cristo, dirigida al Padre en el Espíritu Santo».
En la liturgia «toda oración cristiana encuentra su fuente y su término», también la más íntima y secreta, la que solo puede escuchar el Padre «que está en lo secreto». La oración, según nos muestra la madre y maestra, «es un don, porque, con su encarnación, Cristo entregó a su Iglesia y, por medio de la Iglesia, a cada hora, este “cántico de alabanza”, “Abba-Padre”». Resulta evidente que este don no es ni puede ser entendido como el deseo divino de ser adorado, alabado y servido, sino «simplemente el deseo de “estar con nosotros”, de poder cantar con nosotros, como si casi tuviera “necesidad” de nosotros, de nuestra voz, para que su cántico al Padre sea completo y perfecto».
El presente volumen, más extenso que los precedentes, combina el viaje interior de cada lector con la peripecia caritativa y la necesidad de ser comunidad. Repasa, con claridad y sabiduría, las distintas formas de ser Iglesia y cómo nuestra madre debe ser también maestra de oración. La síntesis de todo el camino espiritual de cada hombre, concluye, «es dejarse alcanzar por quien nos busca, dejarse tocar por la mano del Padre que plasma en nosotros a su hijo único», dejarse construir uno mismo como «casa de Dios». No en vano, lo sabemos, somos templo del Espíritu Santo.








