La Fundación Pablo VI acoge la presentación de No hay amor más grande, una biografía escrita por Alfonso Calavia sobre el joven seminarista fallecido a los 23 años y que ejerció como «padre espiritual» de muchos que le rodeaban
El lunes 23 de febrero de 2015, la iglesia de la Bonanova, en Barcelona, se convirtió en el epicentro de un fenómeno que desafiaba la lógica de los tiempos. Cientos de personas —llegadas desde Castellón, Madrid, Italia o Inglaterra— se agolpaban en los bancos y el claustro del templo para despedir a un joven de 23 años que apenas diez días antes había ingresado en el seminario conciliar. Marcos Pou Gallo no era una celebridad, ni un activista de renombre; era un graduado en Física que acababa de fallecer en un accidente de moto, pero cuya vida, según cuentan quienes lo conocieron, adquirió una densidad que hacía rozar lo cotidiano con lo heroico.
Este miércoles, la Fundación Pablo VI de Madrid acoge la presentación de No hay amor más grande. La vida de Marcos Pou (Encuentro), una biografía escrita por Alfonso Calavia que intenta desentrañar el misterio de una huella tan profunda. El acto contará con la participación destacada de la Asociación de Amigos de Marcos Pou, así como del obispo de Getafe, monseñor Ginés García Beltrán, en un acto que coincide con un interés creciente por la figura de este joven barcelonés cuyo testimonio parece ir cobrando vida tras su trágica muerte.
Yara García Ramos, miembro de la asociación y una de las amigas más cercanas de Marcos, recuerda que su magnetismo no residía en una perfección abstracta, sino en una humanidad vibrante: «Marcos es un chico normal, la verdad, pero un chico con un corazón súper despierto». Según detalla a ECCLESIA, Marcos vivía en una constante búsqueda de sentido: «Tenía esta sed de entender, de saberse preferido, querido, que yo creo que fue lo que le hizo identificar que la respuesta a la pregunta de la vida era vivir todo en relación con el Señor».
Nacido en 1991 en una familia de seis hermanos, la vida de Marcos estuvo marcada por los contrastes: desde su infancia en Los Ángeles hasta su regreso a Barcelona, donde moldeó su fe bajo la influencia de los profesores del movimiento Comunión y Liberación. En la facultad de Física de la Universidad de Barcelona, Marcos no veía una contradicción entre las leyes del universo y su fe; al contrario, veía en las estrellas las huellas del Creador. Para Yara, lo que definía a Marcos era una lealtad absoluta a la realidad: «Muy leal a lo que se le iba poniendo delante, a la relación con los amigos, muy leal en el estudio, muy leal en la relación con el Señor».
Esa lealtad se traducía en una disponibilidad que hoy, mirando atrás, sus amigos califican de «misteriosa». «Al fallecer nos dimos cuenta de la cantidad de personas a las que acompañaba», relatan. «Dices: “Madre mía, ¿de dónde sacaba el tiempo?”. Pues era una persona que siempre estaba disponible a otros». Esta entrega no era solemne ni rígida. Marcos era el amigo que apagaba la moto de otro en un semáforo por pura broma, o el que se interesaba genuinamente por el último en llegar a una cena, haciéndole sentir la persona más importante de la sala.
La biografía de Calavia que se presenta esta semana permite asomarse, a través de cartas y diarios inéditos, a la intimidad de un joven que libraba batallas cotidianas contra su propio ego. «En sus diarios se percibe claramente el deseo de que sea el Señor quien hable… que el atractivo no venga de él mismo», observa Yara. Incluso los momentos más banales, como una ducha de agua fría en el seminario tras haberse quedado dormido, se convertían para Marcos en una «ocasión de preguntarse por qué estaba allí y de acordarse del Señor».
El viaje de Marcos a Calcuta en 2011 para colaborar con las Misioneras de la Caridad fue un punto de inflexión en su sensibilidad hacia el dolor ajeno, pues el sufrimiento de los enfermos de tuberculosis y lepra le «sacudió verdaderamente el alma». Esa capacidad de hacer suyo el sufrimiento del otro es, según sus amigos, parte del legado que ahora recoge la Asociación de Amigos de Marcos Pou, constituida en 2022 para difundir su historia.
La muerte de Marcos, apenas diez días después de entrar en el seminario, el día de la Virgen de Lourdes, podría parecer una historia truncada. Sin embargo, para Yara y para muchos otros que no llegaron a conocerle en vida, su presencia se ha vuelto más nítida. «Marcos no es un recuerdo, es un amigo vivo… está en la habitación de al lado», afirma con una convicción que recuerda a los grandes místicos, pero aterrizada en la Barcelona del siglo XXI.
El libro que se presenta hoy no es solo una crónica de una vida joven, sino el retrato de lo que Yara define como una «paternidad» espiritual: «Refleja muy bien todo el punto de la paternidad, del deseo que tenía él de cuidar, de acompañar». Al final, la historia de Marcos Pou no trata sobre un accidente trágico, sino sobre cómo una vida ordinaria puede volverse «heroica» simplemente por la intensidad con la que se vive cada diálogo con lo trascendente. Como dice Yara, «la vida de Marcos es precisamente una vida, y ahora más una vida eterna».








