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Asombro y escándalo. Domingo 14º del Tiempo Ordinario. B

“Te hagan caso o no te hagan caso (pues son un pueblo rebelde), sabrán que hubo un profeta en medio de ellos” (Ez 2,5). Con esas palabras el Espíritu de Dios envía a Ezequiel para que se dirija a los israelitas, que se muestran rebeldes y rechazan la voluntad de Dios. 

El profeta está decidido a aceptar la misión que se le confía y a transmitir a su pueblo lo que el Señor le ha comunicado. Es verdad que su pueblo tiene un corazón duro, pero el profeta cree que la palabra de Dios es un tesoro que no puede guardar.

Nosotros no somos muy dóciles para escuchar el mensaje de los profetas. Pero hoy el salmo nos ayuda a mostrar nuestra confianza en la palabra de Dios. “Nuestros ojos están en el Señor, esperando su misericordia” (Sal 122).

Como a San Pablo, también a nosotros el Señor nos promete su asistencia y nos dice: “Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad” (2 Cor 12,9)

SABIDURÍA Y MILAGROS

El evangelio según san Marcos recuerda una visita que Jesús realizó a su ciudad de Nazaret (Mc 6,1-6). El sábado fue invitado a hablar en la sinagoga. Las gentes quedaron asombradas al oírle. O más bien se escandalizaron, como se puede percibir por las preguntas que se hacían.

• “¿De dónde saca todo eso?” Habían convivido siempre con Jesús y creían conocerlo bien. No entendían cómo un artesano de su aldea podía exponer una doctrina que les resultaba nueva e interpelante. En realidad querían permanecer aferrados a sus costumbres. 

• “¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada?” Es evidente que las gentes de Nazaret estaban orgullosas de la sabiduría que les había sido transmitida. No estaban dispuestos a revisar sus conocimientos y sus actitudes.

• “¿Y esos milagros que realizan sus manos?” Seguramente estaban admirados de los  milagros que Jesús realizaba. Pero no podían imaginar que aquel vecino suyo contara con el poder de Dios para realizarlos. 

ANUNCIO Y DENUNCIA

Si las gentes de Nazaret se asombraban de la sabiduría de Jesús, él se asombraba de la actitud de ellos. Se consideraban creyentes, pero se limitaban a creer lo de siempre y a vivir como siempre. Eso le llevó a Jesús a citar un proverbio popular:

• “No desprecian a un profeta más que en su tierra”. Esta frase encierra una experiencia universal. Con demasiada frecuencia catalogamos a los vecinos por un gesto o por una acción concreta. No esperamos de ellos un mensaje de sabiduría.     

• “No desprecian a un profeta más que en su tierra”. El profeta no lo es solo por prever el futuro. El profeta está llamado a anunciar unas virtudes y a denunciar los vicios opuestos. Pero eso se rechaza en una cultura marcada por el relativismo. 

• “No desprecian a un profeta más que en su tierra”.  Claro que para poder “anunciar” con verdad y “denunciar” con credibilidad, el profeta ha de “renunciar” a sus intereses y comodidades. Pero las gentes rechazan a quien se empeña en remar “contra corriente”. – Señor Jesús, nosotros buscamos la comodidad. No nos gusta el sacrificio. Por eso nos “asombran” los que saben hablar bien, pero nos “escandalizan” los profetas que cuestionan nuestras ideas y nos exhortan a cambiar nuestra conducta. Que tu Espíritu nos ayude a aceptar tu palabra y llevarla a la vida de cada dia. Amén.

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