El cardenal Semeraro ha presidido en la catedral la ceremonia en representación del papa León XIV, en una jornada donde el obispo monseñor Arturo Ros ha instado a los fieles a ser sembradores de reconciliación
La diócesis de Santander ha vivido este sábado una jornada de profunda trascendencia eclesial e histórica con la beatificación de 80 mártires de la persecución religiosa del siglo XX en España. La solemne ceremonia, que ha completado el aforo de la catedral de la Asunción con la asistencia de numerosos familiares de los mártires, ha sido presidida por el prefecto del Dicasterio para las Causas de los Santos, el cardenal Marcello Semeraro, configurándose como un acto centrado en la memoria agradecida y la paz.
En esta causa se han agrupado 80 siervos de Dios vinculados por su procedencia, ejercicio de su ministerio o fallecimiento en distintas zonas de la actual diócesis de Santander. El grupo, íntegramente masculino, reúne a 67 sacerdotes diocesanos, 3 religiosos carmelitas, 3 seminaristas diocesanos y 7 fieles laicos. Dado que la diócesis ya había introducido con anterioridad otras causas super martyrio de personas ya beatificadas que sufrieron idénticas circunstancias históricas en la década de 1930, las investigaciones previas han servido de base y luz para la culminación de este proceso.
Primer juez español beatificado
La documentación de la causa refleja el impacto de la persecución en la sociedad civil y en el ámbito familiar. Entre los laicos elevados hoy a los altares citamos la figura de Luis Mosquera Caramelo, quien ejerció en Santoña y se convierte en el primer juez de primera instancia de España en ser beatificado. Junto a él, se ha reconocido la fidelidad del maestro valenciano José María Soler Plà, comprometido con la educación católica, y se ha rememorado el testimonio de los hermanos Susilla Bustamante. José, seminarista de 21 años, se encontraba de vacaciones en Reinosa cuando fue arrestado junto a su hermano Adalberto, un laico de 19 años. Ambos compartieron el cautiverio antes de ser martirizados juntos en las aguas de la bahía de Santander.
Durante su homilía, el cardenal Semeraro ha destacado que el sufrimiento de los nuevos beatos no derivó en rencor, subrayando que «el mal no tiene poder para extinguir la misericordia de Dios, porque su amor es más fuerte». Asimismo, ha señalado que estas figuras no pertenecen únicamente al pasado, sino que se presentan como referentes actuales de coherencia cristiana y guías para la edificación de la paz social.
Por su parte, el obispo de Santander, monseñor Arturo Ros, ha expresado su agradecimiento al papa León XIV por lo que ha calificado como «un hermoso regalo para toda nuestra Iglesia local». Monseñor Ros ha recordado que los mártires «eran hombres muy queridos por la gente del pueblo, no tenían enemigos y murieron perdonando», e ha invitado a la comunidad a mirar al futuro con esperanza: «Pidamos a nuestros mártires que intercedan por nosotros para que seamos sembradores de semillas del reino, de concordia, de reconciliación y de paz».
El papa León XIV esta misma semana, antes de emprender su viaje apostólico a Sudamérica, dedicó palabras de gratitud a estos testigos de la fe, describiéndolos como una «nueva pieza» de la multitud de amigos del Señor y enmarcando sus vidas en la llamada universal a la santidad a través de los gestos ordinarios.
La ceremonia ha contado con una notable representación del episcopado español. Entre otros prelados, ha destacado la presencia del cardenal Ricardo Blázquez Pérez, arzobispo emérito de Valladolid, y de monseñor Jesús Sanz Montes, arzobispo de Oviedo. De manera especialmente significativa, la jornada ha estado arropada por los tres obispos eméritos de la propia diócesis de Santander: monseñor José Vilaplana Blasco —bajo cuyo pontificado se abrió la fase diocesana de la causa—, monseñor Vicente Jiménez Zamora y monseñor Manuel Sánchez Monge, quienes han sucedido el encargo pastoral a lo largo de los años hasta ver culminado este proceso en los altares.
No hay mejor forma de concluir esta crónica de fe que con los versos que el seminarista José Susilla Bustamante compuso apenas unas jornadas antes de ser martirizado el 2 de marzo de 1937, con 21 años. Aquellas estrofas consiguieron plasmar, con una honda sensibilidad lírica y singular belleza, la madurez de su unión con Dios y su serena disposición ante el martirio. Es un testamento espiritual preñado de eternidad que bien habrían podido firmar los miles de testigos que regaron con su fe la persecución religiosa del siglo XX en España. Su oración, hecha poesía, dice así:
Pronto, Señor, nos veremos en tu casa Solariega.
Contadas tienes mis horas y los pasos de mis sendas.
Contadas mis pulsaciones y las gotas de mis venas.
Los soles que han de lucirme y las noches que me esperan.
Los inviernos que me aguardan y estíos y primaveras…
Tú, escrita, Señor, la tienes mi jornada postrimera.
Yo sé que se está llegando, yo sé que la tengo cerca,
yo las veo, yo las toco: de mi vida las fronteras.
¡Oh muerte, que serás vida, vida que serás eterna!
Pronto, Señor, nos veremos en tu casa Solariega.
Veo en tus manos las llaves que abriránme aquellas puertas
y siempre, Señor, contigo en tus moradas eternas;
sin temores de perderte, sin las zozobras terrenas,
sin aquel ¡ay! en el alma, sin nublados ni tinieblas,
sin los febriles ardores de ambición no satisfecha.
No son sueños ni ficciones, no es ilusión, no es quimera.
Pronto, Señor, nos veremos y nos veremos de cerca,
y serán tus heredades mi patrimonio y herencia,
Tu gloria será mi gloria, tu cielo mi recompensa.
Pronto, Señor, nos veremos en tu casa Solariega.
¡Qué casa, Señor, la tuya! ¡Qué praderas, tus praderas!
¡Qué lumbre la de tus soles! ¡Qué paz la de tus estrellas!
¡Qué manar el de tus fuentes! ¡Qué frescor el de tus selvas!
¡Qué cantar el de tus auras! ¡Qué bonanza en tus riberas!
Pronto, Señor, nos veremos en tu casa Solariega.





