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José María Soler Plà: El maestro de Revilla de Camargo

Fue discípulo de Cristo y apóstol de la Iglesia; un «maestro de escuela» que concibió la labor educativa como siembra perseverante en la tierra fértil de los niños, adolescentes y jóvenes, labrada con el yugo suave de la paciencia y la carga ligera de la misión diaria

«El hombre contemporáneo escucha más a gusto a los testigos que a los maestros, o si escucha a los maestros, lo hace porque son testigos». Esta frase de san Pablo VI del número 41 de Evangelii nuntiandi (1975) describe al protagonista de esta obra: José María Soler Plà, un cristiano, investido del don de Fortaleza, vivió su fe de modo confesante, con esa valentía libre y esa libertad valiente que llamamos parresía y que caracteriza a los mártires de nuestra Iglesia.

El maestro de Revilla de Camargo, pueblo de Cantabria ennoblecido por quienes siguieron a Cristo hasta entregar la vida, entendía el cristianismo como una realidad con vocación pública y social. En un período marcado por la persecución religiosa, no quiso relegar su fe al ámbito privado, sino ponerla en el candelero de una sociedad en conflicto para que fuera sal entre los sinsabores del enfrentamiento, fermento en la masa de un pueblo dividido y luz entre las tinieblas (cf. Mt 5,16).

Soler Plà fundó y presidió la Asociación de Maestros Católicos de Santander para promover la escuela confesional y defenderla ante quienes buscaban acabar con ella. Tras la supresión de la asignatura de religión en las aulas, impartió catequesis fuera de horario en el atrio de la ermita del Carmen en Revilla. Escribió en la «Sección pedagógica» de El Diario Montañés, cuestionando tanto el laicismo estatal como la pasividad de la sociedad católico-burguesa. A pesar del riesgo, rehusó ocultar sus convicciones: interrogado por las milicias en julio de 1936, atestiguó estar dispuesto a dejar que lo hicieran «pedacitos» por defender su fe, coherencia que mantuvo hasta su martirio en agosto de ese año.

Exhortaba a los educadores a ser «discípulos e imitadores del Maestro» y trabajó por convertir la escuela en un espacio para sembrar el Evangelio, con esa pedagogía que enseña sin imposición y acompaña sin desertar cuando las dificultades arrecian. Orientado al desarrollo moral, espiritual e intelectual de sus alumnos, supo atender a los ritmos de quienes eran tratados en serio y no en serie.

José María Soler fue discípulo de Cristo y apóstol de la Iglesia; un «maestro de escuela» que concibió la labor educativa como siembra perseverante en la tierra fértil de los niños, adolescentes y jóvenes, labrada con el yugo suave de la paciencia y la carga ligera de la misión diaria. Se entregó a los muchachos con celo por el crecimiento de cada uno, infundiendo en sus corazones la paz, la verdad y la nobleza del perdón. Enseñó más con el ejemplo que con sus lecciones y palabras. Se opuso a cualquier modelo educativo mutilado o reducido: sostenía que extirpar la dimensión espiritual del proceso educativo dejaba al niño con una formación «manca» e imperfecta, privada de la base moral necesaria para el desarrollo de la conciencia. Defendió que los niños crecieran como Jesús, en edad, gracia y sabiduría, ante Dios y ante los hombres (cf. Lc 2,52), y trabajó por una formación plena, íntegra e integral.

Armonizó esta visión con la vanguardia pedagógica de su época: en la Escuela Modelo de Revilla de Camargo integró la formación cristiana con metodologías de escuela activa, laboratorios, huertos escolares, mutualismo y un Coto Escolar Apícola, cuyos beneficios se ingresaban en cartillas de ahorro individuales para sus alumnos.

Juan Cerezo Soler, bisnieto de ese maestro mártir, ha escrito esta obra. Y lo ha hecho con la lucidez de un doctor (que lo es, en Filología), con el carisma de un escritor que disfruta redactando, con el corazón de quien lleva en su sangre la herencia creyente de su bisabuelo, y con el alma de un cristiano (felizmente casado y padre de tres niñas) que se sabe llamado a la santidad. Llamada que percibe ahora redoblada, porque pronto verá en los altares a aquel a quien, no habiendo conocido en vida, sí ha podido rendirle un altísimo homenaje en estas páginas que la Biblioteca de Autores Cristianos se precia de publicar, levantando acta de una vida ejemplar. 

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