El cardenal español Francisco Javier Bustillo, obispo en Córcega, ha sido uno de los 133 electores del cónclave que eligió a León XIV
El cardenal Francisco Javier Bustillo, obispo de Ajaccio, en Córcega, ha sido uno de los 133 cardenales electores del cónclave que eligió al papa León XIV, cuyos primeros pasos ha podido seguir muy de cerca. A su paso por España, para participar en las Jornadas Nacionales de Vicarios y Delegados para el Clero, ha atendido a ECCLESIA.
—Ante el cónclave, la mayoría de medios de comunicación lo han intentado leer con lógicas políticas. Es un proceso que sin ser creyente es muy difícil de entender, es humanamente incomprensible. Desde dentro, ¿cómo se vive? ¿Hay algo de cálculo? ¿Cuál es la lógica que impera?
—Es verdad que los medios de comunicación y muchos periodistas lo veían como en la película Cónclave. Es decir, mucha lucha, un grupo contra otro, conservadores contra progresistas… El objetivo de un cónclave no es de estar unos contra otros. Hay diferencias, y es normal, no somos una secta y no somos clones. Esas diferencias son una bendición para la Iglesia. Si fuéramos todos iguales, no habría estímulos para caminar. Pero cuando estás en un cónclave, no estás en una lógica política o táctica. Estás en una lógica de responsabilidad. De responsabilidad y de confianza, así que cuando estás dentro, lo que vives es un momento de responsabilidad. Nosotros somos 133, no es mucho, pero fuera los católicos son 1.400 millones. Eso quiere decir que nosotros tenemos que pensar en ellos. Si nos quedamos entre nosotros, con una lógica de poder, de quién va a ganar, de yo te voto a ti y tú me das un dicasterio o mandas aquí, eso sería una lógica de poder contaminada por el poder político. Nosotros estamos en una lógica de confianza espiritual, porque la primera cosa que hacemos es invocar al Espíritu Santo. Y lo que nos importa a nosotros no es que gane uno u otro, sino que la Iglesia tenga un buen pastor. Y con la invocación del Espíritu, la fecundidad del Espíritu Santo en la Capilla Sixtina, pudimos dar a la Iglesia un buen pastor, el papa León.
—El peso de la historia, que haya 1.400 millones de católicos, y millones más, mirando una chimenea, debe ser una gran responsabilidad…
—Lo extraño es que somos conscientes de la responsabilidad en la Capilla Sixtina, cuando uno está dentro y ve el arte. Es la Capilla Sixtina, no es una capilla cualquiera. Está la creación del mundo, la creación del hombre y el juicio final. Y, entre el principio del mundo y el juicio final, nosotros estamos ahí, 133 cardenales, en mayo de 2025, escribiendo una página de la Historia. Porque la Capilla Sixtina va a dar a luz al nuevo Papa, como ha sucedido de manera ininterrumpida desde el siglo XIX. No elegimos al Papa como se elige al presidente del Senado: estamos en una capilla y existe una realidad litúrgica. Tenemos el hábito coral, invocamos al Espíritu Santo, no hay debates políticos, estamos en un momento litúrgico en el que se vota en conciencia. Antes de descubrir la democracia moderna en el siglo XX, la Iglesia ya la practicaba con el voto secreto desde mucho antes.
—Paradójicamente, ha despertado muchísima expectación en un Occidente cada vez más secularizado, ¿a qué cree que se debe esto?
—En mi opinión, el factor de la película Cónclave, que tuvo dos Oscar, ha tenido su peso. Con los periodistas y en las redes sociales suele haber indiferencia o, a veces, hostilidad. Y esta vez me sorprendió que hubiera curiosidad. Francia es un país más bien secularizado y ver que los periodistas se interesaban, te invitaban a todos los platós… Eso quiere decir que hay un interés. El mundo no va bien, hay una tensión geopolítica que vemos todos los días y en la Iglesia hay una esperanza. El papa Francisco murió, el papa León nació, y ahí el mundo, la sociedad, incluso los que no son cristianos, han esperado algo de una institución que —y a mí me ha hecho gracia verlo—, en el siglo XXI, con la modernidad técnica y tecnológica que tenemos, ha puesto a todo el mundo mirando una chimenea. Esto parte de una tradición que da una estructura, da una seguridad, da una continuidad. Exactamente lo que necesita la sociedad de hoy. Hay mucha diversidad, mucha dispersión y pocas realidades que te estructuran en el interior. Y la Iglesia Católica, pese a su fragilidad, está ahí con sus ritos y tradiciones. Con la elección del papa León había 150.000 personas en la plaza de San Pedro y la vía la Conciliación, y millones más viéndolo en la televisión. Eso quiere decir que había una curiosidad y una esperanza.
—El hecho de que haya sido el cónclave más numeroso, con más cardenales electores y además de procedencias muy distintas… ¿diría que ha enriquecido el proceso? Por ejemplo, usted viene de una isla del Mediterráneo, con sus características particulares…
—Fuimos 133, más de los 120 que estaban previstos. 133 de sitios muy distintos: Mongolia, Timor, Córcega… Los periodistas decían: «No se conocen bien» , «vienen de sitios muy distintos», «será largo porque tienen que conocerse, pensar estrategias». Al final, en menos de 24 horas hicimos al Papa, dimos a luz, porque para mí la Capilla Sixtina es como una sala de parto. Lo hicimos bastante rápido y eso quiere decir que el Espíritu Santo actuaba, que no había por nuestra parte peligros de táctica y estrategia política, sino una disponibilidad. El objetivo no somos nosotros; nosotros tenemos la responsabilidad, pero es el bien del Pueblo de Dios que espera un guía.
Hoy en día, hay mucha gente que busca coach: para peinarse, para comer, para el deporte, para hablar en público, para vestirse… para un montón de cosas. Yo creo que la humanidad necesita también un guía. Cuando vemos la situación política, la tensión entre Rusia y Ucrania, la tensión en el Medio Oriente, vemos que hay inquietudes y miedos. Una autoridad espiritual, moral y ética puede dar una esperanza, una orientación. No va a estar en la gestión de conflictos locales, sino que va a tener una visión para ofrecer a la humanidad algo bueno.
—¿Cómo funciona el proceso en sí de la votación? ¿Qué quiere decir, por ejemplo, que el cardenal Pietro Parolin se retirase en un determinado momento del cónclave?
—Es un proceso natural, donde uno vota en conciencia y por el bien de la Iglesia. Y lo que me parece importante también es que cuando tú votas, con tu responsabilidad, hay factores que no son interesantes ni importantes. Algunos periodistas querían saber enseguida quién tuvo cuántos votos y demás. Hacen su trabajo, es normal, pero nosotros tenemos que cumplir también nuestro deber y conservar el misterio, porque el misterio descansa también en la confianza. Estos 1.400 millones de personas que estaban afuera cuando salió el Papa, le cantaron «¡Leone!, ¡Leone!». Es decir, ese Pueblo de Dios, sin conocer al Papa, le brindó su confianza. Cuando digo misterio, no me refiero a esconder nada, lógicamente, todos sabían lo que íbamos a hacer. Hay mucho más misterio en el Pentágono, en el Kremlin o en la Ciudad Prohibida de Pekín. En cuanto a quién iba a ganar o por cuántos votos, es algo secundario. Lo que nos interesaba es que el Papa saliese, y el Papa salió.
—¿Qué sucede desde que, en este caso el cardenal Prevost, alguien tiene la mayoría suficiente, dice «sí» y se hace público? ¿Lo celebran de alguna forma?
—Cuando dijo que «sí», yo personalmente tuve dos sentimientos: admiración y compasión. Admiración, porque aceptó. Y todos sabemos que, igual que en una familia con cuatro hijos hay problemas, los hay en una familia con 1400 millones de personas. Dijo que «sí»: admiración, porque aceptó con sencillez y con confianza. Y compasión, porque va a guiar la Iglesia católica, una institución que está en todo el mundo, tiene muchos retos, con la Curia Romana, las periferias… No es sencillo. Su responsabilidad no es fácil, pero ahí está.
Luego tiene que vestirse de Papa y pasar por la capilla de Las Lágrimas; depués hay un momento en el que todos los cardenales vamos a brindarle nuestro apoyo y confianza. Una vez que acepta, ya, delante nosotros, revela su nuevo nombre y salimos al balcón. Ese momento para mí fue impresionante, por ver con qué rapidez —algo que vimos después, porque nosotros no teníamos ni móvil— la gente corría para ir a San Pedro. Eso quiere decir que había una esperanza, un movimiento de entusiasmo en la sociedad y en la ciudad de Roma. Cuando sales al balcón, de repente encuentras ante toda la gente que esperaba a un pastor, con entusiasmo y confianza. Y dices: «¡Qué bonito!». Y qué bonito también para el Papa tomar conciencia de la responsabilidad de su nuevo ministerio y saber que ese pueblo le apoya, le sostiene y le brinda su confianza. Fue un momento muy emocionante.
—¿Conocía al cardenal Prevost? ¿Cómo es en las distancias cortas?
—Nos hicieron cardenales el mismo día, también con José Cobo y con el cardenal Artime. Es un hombre discreto, pero que sabe a dónde va. Conoce el mundo: viene de América del Norte, conoce América del Sur, Perú… Fue general de los agustinos, por lo que conoce 50 países. Desde hace unos años, estaba en el Dicasterio de los Obispos, así que conoce también la Curia. Luego, ha tenido la responsabilidad de los obispos, así que tiene una visión también universal y global. Y es un hombre que va a poder dar respuestas ad intra y ad extra. Yo creo que con sencillez, con discreción, pero con claridad y fuerza, va a orientar a la Iglesia hacia un nuevo camino. En su persona hay continuidad con Francisco, y habrá discontinuidad por su personalidad, porque llega con lo que es. No es una fotocopia de Francisco ni un antiFrancisco. Es una personalidad nueva. Francisco lo llamó al episcopado, lo creó cardenal y le llamó al Dicasterio de los Obispos, y en este sentido, habrá una continuidad. Pero luego es su persona: religioso agustino, conoce América del Norte, América del Sur. Va a dar lo que es, lo que sabe y lo que crea oportuno para la Iglesia.
—Como franciscano y buen conocedor de la vida religiosa, ¿cómo cree que puede influir en la labor del Papa el hecho de ser religioso agustino?
—Por el hecho de ser religiosos, tenemos naturalmente el vínculo con una comunidad, con otros hermanos. Y un religioso va a ser un actor de fraternidad, algo que, sabemos, no es fácil. En un mundo complejo, como hemos dicho, donde hay guerras, tensiones políticas, tensiones militares, tensiones económicas, tensiones raciales, tensiones religiosas… Un hombre que ha vivido en comunidad y conoce la fraternidad sabe que esta no es automática, pero que tampoco es un mito o un ideal, sino que hay que trabajar para que sea una experiencia. Y eso se construye poco a poco. Yo creo que él, dentro de la Iglesia y fuera de la Iglesia, va a trabajar para dar a la humanidad signos de esperanza, unidad y entusiasmo.
—¿Por qué cree que un hombre así es el adecuado para este momento histórico concreto?
—La primera homilía que hizo fue muy cristocéntrica. En nuestro mundo, sobre todo en Occidente, se conoce un poco la Iglesia, pero no se conoce mucho a Jesucristo. Sobre todo los más jóvenes, nacidos de padres posteriores a mayo del 68. Muchos jóvenes, por ejemplo en Francia, no conocen a Jesucristo. Lo que hizo, lo que dijo, lo que fue. Tienen una visión no muy clara de Él. Los jóvenes no conocen a Jesús. Y el hecho que el Papa dijese y empezase a hablar de Jesucristo quiere decir que en nuestra sociedad, que tiene sed de espiritualidad, se puede descubrir a Jesucristo, un hombre que nos dejó el Evangelio, que es una revolución en la vida relacional y en el ideal de vivir juntos. Y descubrir también lo que hizo, por qué dio la vida, por qué perdonó y amó. Jesucristo, en definitiva, no es muy conocido y puede ser descubierto poco a poco por los jóvenes. Este Papa va a orientar, sobre todo a los occidentales y a los que están lejos de la Iglesia, a centrarse en la figura y en el Evangelio de Jesús.
—En ese sentido, ¿cree que estamos en un momento de oportunidad para dar a conocer el significado de la Iglesia?
—Tenemos que aprovechar todas las oportunidades. Algunos dicen «los jóvenes no conocen», «no saben nada», «qué tristeza». Pero la realidad es que estamos ante una gran oportunidad para evangelizar. Una oportunidad para una nueva catequesis, con los que están lejos y con los que buscan. Si hace unos años había, como he dicho antes, hostilidad hacia la Iglesia, por lo menos en algunos países, hoy en día, ya que la Iglesia se ha quedado aparte, hay más curiosidad. Y la hay porque, no obstante las dificultades —hay pocas vocaciones, la gente no va mucho a Misa, los jóvenes no están presentes, etcétera—, la gente se interesa por la Iglesia. Eso quiere decir que el mensaje de Jesús está ahí, que tiene sentido, que no es anacrónico, que no está superado, que puede dar un gusto y un sentido a la vida de muchos jóvenes. Cuando en el Evangelio lees: «Amaos los unos a los otros, perdonaos, no juzguéis, no condenéis», y entras en las redes sociales y ves que todos juzgan y todos condenan, sabes que tienes una alternativa. Tienes un mensaje que es positivo y constructivo. No estás juzgando, condenando a la gente, sino que el mensaje del Evangelio te invita a apoyar. Y estamos en el tiempo Pascual y lo típico del mensaje de Pascua es de alzar, levantar, que la gente que pasa momentos de dificultad pueda levantarse y vivir de pie.
—A nivel geopolítico, estamos en un momento especialmente difícil de guerras, de desconfianza, tensión. La Iglesia y el Papa, como cabeza de la Iglesia, ¿siguen siendo un agente decisivo de diplomacia?
—Yo creo que, efectivamente, cuando vemos la geopolítica, cada uno piensa en su país y en sus aliados. En los amigos y enemigos, en un sistema de alianzas que es bastante natural en la vida política, en la vida militar y en la vida diplomática. Pero el mundo necesita una autoridad que no sea política, sino sea moral, ética y espiritual, que sea capaz de crear puntos de encuentro con la gente, con uno mismo, con el mundo, para buscar ese objetivo común que es la paz. Sin ella, no habrá prosperidad. Con esa base, León XIV favorecerá la paz para que haya fraternidad y prosperidad entre los pueblos.









