Queridos hermanos:
Desde que el pasado 7 de octubre Hamas lanzara el brutal y alevoso ataque terrorista contra Israel, se desató un nuevo foco de guerra en el mundo, que ha ido creciendo y complicándose día a día. Han sido numerosas las condenas a la escalada desbocada de la violencia, así como los llamamientos a un alto el fuego desde diversos organismos y organizaciones nacionales e internacionales.
Invocar la paz, hacer declaraciones y pronunciamientos se revela poco eficaz mientras no se llegue a un compromiso de asumir las propias responsabilidades individuales y también colectivas para solucionar los conflictos con el diálogo y el entendimiento. Algo que, hasta el momento, la diplomacia actual no ha logrado.
Mientras la guerra y el recurso a la violencia sean un derecho, la paz no será posible. En nuestra sociedad avanzada, siempre hay otros caminos, otros medios o instituciones antes de llegar a la violencia. La guerra no debería ser justificada como un medio legal para resolver las diferencias entre los pueblos. Ya hace siglos que el derecho de las personas prohibió la ley del talión, el linchamiento y el tomarse cada uno la justicia por su mano. Pero parece que entre las naciones sigue vigente. Los valores que hemos conseguido para humanizar la convivencia entre los individuos no parecen válidos para los grupos de personas de cualquier tipo, que se pueden permitir descaradamente ser egoístas, avariciosos o vengativos. Para defender los derechos e intereses particulares del grupo, se justifica la exclusión, la xenofobia, la discriminación, y hasta la eliminación de los que no son de los nuestros, de nuestra raza, de nuestro pueblo, de nuestra religión, de nuestra lengua, de nuestra edad o de nuestras costumbres y tradiciones.
A veces parece que los derechos de los pueblos se rigen por otros parámetros diferentes, sin tener en cuenta que todos los grupos humanos están compuestos de personas con igual dignidad. También las naciones, las sociedades, los pueblos, los grupos humanos necesitan conversión, desarrollar la conciencia ética.
La paz mundial requiere profetas, hombres de Dios, que indiquen el camino de la conversión, de la renuncia, y den los primeros pasos aun a costa de sus propios intereses. El Papa, en la reciente exhortación apostólica Laudate Deum (4 octubre 2023), dice que, en nuestra casa común, no basta con los equilibrios de poder, sino que es necesario dar respuestas globales a los desafíos globales. Y postula “reconfigurar” el multilateralismo internacional “desde abajo”, de modo que haya organizaciones mundiales con autoridad suficiente para asegurar el bien común mundial, y no solo autoridades personales o élites con excesivo poder.
Pero no será suficiente con que los organismos internacionales se ocupen de la cuestión. Es el sueño de la toda humanidad acabar con el hambre, con la guerra, con la iniquidad… Y este sueño se topa hoy, una vez más, con un “mentís”, con hostilidades que lo alejan y lo hacen parecer inalcanzable.
Cuando suenan tambores de guerra y vemos la pérdida de vidas humanas, la destrucción que provoca y la multiplicación del odio, que durará por generaciones, nos desalentamos todos. Pero no nos podemos quedar en el lamento. Es más necesario que nunca sostener la esperanza en que la paz es posible y contribuir a su consecución. En este sentido, las religiones “ofrecen un aporte valioso para la construcción de la fraternidad” humana a nivel global (Fratelli tutti, 271): son guardianes de valores espirituales y morales inviolables, que no se pueden comprar ni vender con armas, con dinero o con votos. La diferencia entre las convicciones basadas en la fe en Dios y las ideologías de este mundo consiste en el pleno respeto a la dignidad sagrada de la persona humana y a los valores que la protegen: la vida, la verdad, la justicia, el amor, la unidad…. En estos valores innegociables se inspiran y se sostienen los derechos universales, y tantas normas y estructuras que regulan nuestra convivencia. En el momento en que se “mercadea” con estos valores, se convierten en mercancías intercambiables y se profanan. Sin ellos, las normas se convertirían en leyes frías, que perderían su horizonte de humanidad.
La ética religiosa es capaz de promover actitudes como la humildad, la paciencia, la compasión, que son fundamentales para resolver los conflictos, para que el dialogo incluya el perdón y la reconciliación –también entre las naciones– y no solo la ciega y dura justicia.
¿Qué podemos hacer nosotros? El Patriarca latino de Jerusalén promovió una Jornada de ayuno y oración el pasado día 17 de octubre en la que nos unimos en parroquias y asociaciones de nuestra diócesis. Ahora el Santo Padre Francisco ha convocado a las diversas confesiones cristianas y a otras religiones a una nueva Jornada de ayuno, oración y penitencia por la paz en Tierra Santa el próximo día 27 de octubre. Además de lo que se haga en las diferentes parroquias, comunidades religiosas y movimientos, como Iglesia diocesana nos uniremos a las intenciones del Papa con una celebración penitencial ecuménica ese día mismo día 27 en la Parroquia de San Ignacio de Coria a las 18h, y en la ermita de la Paz de Cáceres a las 20h. Todos estamos invitados a pedir y a comprometernos por la paz. Como cristianos no podemos separar el “ora et labora”, el poder de la oración y el empeño cotidiano para sostener la esperanza de la Paz.
Con mi bendición.







