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Santa Catalina Tekakwitha: la primera piel roja americana canonizada

Tras haber recibido el Bautismo en su pueblo natal, y posteriormente la Eucaristía, pidió a su director hacer voto de perpetua virginidad al Señor

Fue un 17 de abril cuando Catalina Tekakwitha, con solo 24 años, murió consumida por las altas fiebres. A tan corta edad, no era la primera batalla a la que se enfrentaba esta piel roja en su vida, marcada por pérdidas, persecuciones y huidas. Poco antes de expirar no se acordó de todo esto, sino de lo que había sido la razón de su vivir: «Jesús, te amo» fueron sus últimas palabras. 

Kateri —como se la conocía— se enfrentó a los 4 años a la muerte de sus padres y de su hermano menor víctimas de la viruela. La enfermedad no se la llevó entonces, pero sí marcó su cara con cicatrices para siempre. Su madre formaba parte de la tribu algonquina, que en 1656 habitaba en Auriesville, el actual estado de Nueva York. Su padre, jefe tribal Mohawk, liberó a la tribu materna que había sido capturada por iroqueses.

Pero el Señor no abandona nunca a sus hijos y Kateri conoció pronto, con 11 años, otros padres. Eran misioneros jesuitas, a quienes la joven no dudó en seguir cuando le enseñaron la fe cristiana. Sin embargo, la vida de seguidora de Cristo no era fácil: su familia le negaba alimentos por no trabajar los domingos y los jefes de la tribu le obligaron a casarse con un joven de la misma.

Pero Kateri no vaciló y, siguiendo el consejo de su padre jesuita, huyó a la misión de San Francisco Javier, frente a Montreal. Allí llevaba una vida muy sencilla que empezaba cada día en la capilla a las cuatro de la mañana. El resto de la jornada lo repartía entre la oración y la visita al Santísimo, y el cuidado de las personas más necesitadas de la aldea.

Tras haber recibido el Bautismo en su pueblo natal, y posteriormente la Eucaristía, pidió a su director hacer voto de perpetua virginidad al Señor. Se convirtió así en la primera india de Norteamérica en hacerlo.

En el momento de mayor comprensión y experiencia de la fe, con una vida realmente plena y agradecida, la joven Kateri se enfrentó a la prueba definitiva que ponía el Señor en su camino: una grave y larga enfermedad que le causó un gran sufrimiento y culminó, el Miércoles Santo de 1680, en su encuentro definitivo con el Padre. Aunque no estaba en sus planes, aceptó con sencillez la voluntad de Dios, y acogió la muerte con serenidad.

Cuentan quienes presenciaron su dulce final que a los pocos minutos de expirar, las cicatrices de su rostro desaparecieron. Es el primero de muchos milagros de sanación que se le atribuyen a esta santa, la primera piel roja americana en ser canonizada.

Actualmente, es venerada en la catedral de Nueva York, que alberga una estatua en su honor. Ante ellas, miles de vecinos dejan flores a la «flor más hermosa que jamás haya florecido entre los pieles rojas», tal y como dicta su epitafio.  

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