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Comienza la catequesis

En estos días comienzan las catequesis en nuestras comunidades parroquiales. Se trata de una de las acciones centrales de la vida de la Iglesia: anunciar el Evangelio y convocar, en nombre del Señor, a la vida cristiana. Para ello, la Iglesia ofrece un camino: la iniciación cristiana. Y, en este recorrido de aprender a ser cristianos, la catequesis constituye una acción imprescindible.

Veamos quiénes son sus protagonistas. En la iniciación cristiana, el primer protagonista es el Espíritu Santo, que actúa a través de los sacramentos de la Iglesia: el Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. Pero el Espíritu necesita una esposa, alguien que, como María, esté dispuesta a acoger su acción y a engendrar nuevos hijos. Esta esposa es la Iglesia, la comunidad cristiana que, en torno a la pila bautismal, acoge a quienes se acercan buscando la fe, la fraternidad y la vida eterna. Esta misma comunidad acompaña desde la pila bautismal hasta el altar a estas personas —normalmente, entre nosotros, niños y niñas— que van aprendiendo a ser cristianos. Y el Espíritu Santo sella, mediante la crismación de la Confirmación, esta incorporación plena a la comunión del Cuerpo de Cristo.

La comunidad encarga a algunas personas que, en su nombre, realicen esta acción. Son los catequistas, beneméritos miembros de nuestras comunidades, mayoritariamente mujeres entre nosotros, que se entregan generosamente para ayudar a los niños y niñas a aprender a orar, a descubrir los conocimientos fundamentales de la vida cristiana y a comprender la propuesta de vida nueva que ofrece el Evangelio y que ayuda a formar la conciencia. Y, cómo no, los catequistas ayudan también a iniciarse en la celebración de la fe, fundamentalmente en los sacramentos del Perdón y de la Eucaristía.

La familia, primera comunidad cristiana. La familia desempeña un papel importantísimo en lo que llamamos el primer itinerario de iniciación cristiana: aquel que comienza normalmente con el Bautismo de los niños, cuando son pequeños, y culmina con la recepción de la Eucaristía y la celebración del sacramento de la Confirmación. En este itinerario, los padres tienen un protagonismo singular. Desde las parroquias estamos llamados a ofrecerles también espacios de formación y catequesis: catequesis familiar y de adultos, tal como señala una de las prioridades de la Asamblea Eclesial de Ávila que estamos llamados a discernir en nuestra próxima Asamblea Diocesana.

Por eso, queridos padres, vosotros, que libremente presentáis a vuestros hijos al Bautismo y los lleváis a la catequesis para prepararse a la Primera Comunión, tenéis también la responsabilidad de iniciarles, en vuestras propias casas —que son verdaderas iglesias domésticas— en la vida cristiana. Seguramente, también para esto necesitáis la ayuda de la parroquia. ¡Qué bien si el Bautismo, la Primera Comunión y la Confirmación de vuestros hijos fueran una oportunidad para que vosotros mismos renovaseis, refrescaseis o sacaseis de nuevo brillo a vuestra propia vida cristiana!

La Primera Comunión y el Domingo. En este itinerario adquiere una relevancia muy singular, todavía hoy, en nuestras familias y en nuestra sociedad, la celebración de la Primera Comunión. Esta celebración constituye una verdadera iniciación a la Eucaristía del Domingo. Somos el pueblo del Domingo. La celebración de la Pascua dominical es la referencia que se sitúa como una clave fundamental en nuestro caminar como discípulos misioneros. Por eso tiene una importancia muy grande que cuidemos tanto la catequesis como la celebración dominical de la primera Comunión. Vosotros, queridos padres, habéis de ayudar a vuestros hijos a descubrir qué es lo que realmente celebran, reciben y acogen el día de su Primera Comunión. Van a recibir, por primera vez, el Cuerpo de Cristo vivo y resucitado Van a ser acogidos como invitados muy queridos a la celebración de la Eucaristía del Domingo. Van a incorporarse a esta celebración en la que hacemos memoria del sacrificio de Jesucristo en la cruz y de su resurrección de entre los muertos. Es el sacramento de nuestra fe; es el signo de la caridad.

Por eso es muy importante que hagamos celebraciones sencillas, de manera que la forma de celebrar la Primera Comunión no se convierta en un antisigno: un antisigno de la cruz, un antisigno de la caridad y un antisigno de la solidaridad con los demás. Es legítimo que hagamos fiesta, porque la Eucaristía también anticipa el banquete de las bodas del Cordero. Pero, ¡qué bien si fuese una fiesta de la familia y de las familias de la comunidad cristiana! El principal regalo, el regalo más importante que reciben vuestros hijos el día de su Primera Comunión, es recibir a Jesucristo.

Qué pena que, a veces, este regalo quede sepultado bajo otros regalos, bajo una fiesta desmedida, convirtiendo la celebración de nuestras primeras comuniones en una especie de “mini-boda” que puede desvirtuar el significado profundo de lo que estamos celebrando. En realidad, deberíamos preguntarnos: cuando incorporamos a los niños a la Eucaristía del Domingo y les ayudamos a recibir el Cuerpo de Cristo, ¿a qué estamos iniciándolos? ¿A la vida cristiana? ¿A la vida de la Iglesia? ¿A la vida del amor fraterno? ¿O, con nuestra manera de celebrar este Sacramento, quizás estamos iniciándolos solamente en la fiesta, en el consumo y en los regalos? ¿Cómo extrañarnos entonces de que, al domingo siguiente de la celebración de las primeras comuniones, muchas familias y muchos niños ya no aparezcan?

Una responsabilidad de todos. Nos alegramos mucho de que tantas familias quieran presentar a sus hijos a la iniciación cristiana. Pero, amigos, hemos de hacer un esfuerzo entre todos: las familias, las comunidades cristianas, los catequistas y la Diócesis en su conjunto. Hemos de procurar que el significado de la iniciación cristiana y, de una manera especial, de la Primera Comunión, brille en nuestras comunidades parroquiales como un instrumento importante para la renovación de la vida cristiana.

Quiera Dios que nuestra Asamblea Diocesana, en la que también vamos a reflexionar sobre este asunto —la catequesis familiar y de adultos en el seno de la iniciación cristiana—, suponga una oportunidad para dar un paso adelante en nuestra manera de hacer cristianos, de iniciar en la vida de la Iglesia, de iniciar en la caridad y en la fraternidad. Si el Señor así nos lo concede, no cabe duda de que habremos dado un paso para que el porvenir de nuestra Iglesia vaya edificándose ya desde la gestación de nuevos cristianos.

Que María, modelo perfecto de acogida del Espíritu Santo y de colaboración en la gestación de una vida nueva, la vida de Cristo, interceda por nosotros. Que ella nos ayude para que, como Iglesia, sepamos también, con la ayuda del Espíritu Santo y contando con su acción poderosa, gestar nuevos cristianos y acompañarlos en el camino de la fe. Amén.

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