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Católicos y científicos: Javier García de Jalón

Se trata de un ejemplo más, demostrativo de la conciliación ciencia-fe en la Iglesia católica española contemporánea y más en concreto en una de sus realidades eclesiales, el Opus Dei, que no deja de alumbrar personas como Javier García de Jalón y de la Fuente ( Zaragoza 1949- Madrid 2025) que por sí solas inactivan la leyenda de que el catolicismo y la ciencia son incompatibles.

Con ese apellido no podía ser otra cosa que maño. Aragón ha dado muchísimo a la ciencia española: el pasado año sin ir más lejos conmemoramos el 85.º aniversario del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), mayor organismo científico de la historia de España, en cuyo quinteto fundacional —fervientes católicos todos ellos— hubo nada menos que cuatro maños. Nos dejó el pasado 31 de enero a causa de la enfermedad de ELA que le diagnosticaron a finales de 2016.

Hijo de un prestigioso fotógrafo de la capital aragonesa, fue el segundo de cinco hermanos varones. Tras estudiar allí el Bachillerato y el curso preuniversitario, en el colegio de El Salvador de los jesuitas, se trasladó a San Sebastián, a la Escuela de Ingenieros de la Universidad de Navarra, que estaba dando los primeros pasos.

Al terminar los estudios universitarios, en 1971, fue uno de los accésits del Premio Nacional Fin de Carrera. Catedrático de Matemática Aplicada y de Ingeniería Mecánica, desarrolló una amplia labor docente e investigadora en San Sebastián y en Madrid. En 1977, obtuvo el título de doctor y, en los años 1980 y 1982, las cátedras de Matemática Aplicada y de Ingeniería Mecánica. Además, fue subdirector del Centro de Cálculo (CEIT), director del departamento de Ingeniería Mecánica Aplicada y subdirector de la citada escuela de San Sebastián.

En el año 2000, se trasladó a Madrid, a la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de la Universidad Politécnica. Además de la docente, realizó una intensa labor científica que produjo más de cien artículos en revistas científicas —algunos en colaboración—, la participación en numerosos congresos y la dirección de veinticinco tesis doctorales, recibiendo en 2011 los premios internacionales D’Alembert, de la American Society of Mechanical Engineers, y el IFToMMAward of Merit, concedido por la International Federation for the Promotion of Mechanism and Machine Science, por su investigación en el área de los métodos numéricos aplicados a la simulación dinámica de máquinas y mecanismos.

A finales de 2016, se le diagnosticó Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA) y se jubiló en 2017, porque ya no podía seguir dando clases. En 2019, recibió el reconocimiento, por parte de la Real Academia de Ingeniería, como Ingeniero Lauredo.

Pertenecía al Opus Dei desde su juventud y se puede afirmar que, a lo largo de su vida, ha vivido ejemplarmente el mensaje de san Josemaría Escrivá de Balaguer: santificar el trabajo, santificarse con el trabajo y santificar con el trabajo. Su intensa religiosidad no le impidió desarrollar una más que meritoria carrera científico-docente. Es otro hecho concreto más a favor de la conciliación ciencia-fe.

Quienes han vivido de cerca la enfermedad de Javier no dudan en afirmar que la afrontó como había vivido hasta entonces, con serenidad, abandono en Dios, amor a la cruz. No perdió las ganas de vivir y puso los medios para afrontar la situación, aunque sabía perfectamente lo que suponía aquel diagnóstico. Él mismo diseñó algunos de los instrumentos necesarios para su atención y ha hecho un gran bien con los mensajes que enviaba periódicamente a sus amigos y a muchos conocidos e incluso a otros pacientes de ELA, y con la atención a las numerosas visitas que ha recibido, de colegas suyos, de antiguos alumnos, etc.

«Se nos ha ido Javier directo al cielo. Ha sido un maestro, un amigo, un santo. Un gran docente e investigador como se ve tanto en los premios internacionales de investigación como en el reconocimiento por parte de los estudiantes que le consideraban un profesor cercano y brillante», ha recordado Raúl Antón, actual director de la Escuela de Ingeniería de la Universidad de Navarra.

«Javier era una persona que quería a la gente y por ello sacaba lo mejor de los estudiantes y colegas que tenía alrededor a los que animaba a pensar a lo grande. Me consta que en estos casi 10 años que ha estado con ELA todos los días tenía visitas de amigos y no dejaba de rezar por Tecnun —Escuela de Ingeniería de la UNAV en San Sebastián— y por sus amigos, que éramos muchos», ha destacado.

En 2015, perdió parte de la vista, como consecuencia de un glaucoma. Al año siguiente, había sido diagnosticado de ELA.Durante su enfermedad, fue un activo defensor de los cuidados paliativos frente a políticas eutanásicas. Precisamente al respecto dejó dicho en una entrevista: «La solución no es la eutanasia, sino fortalecer las ayudas. A mí ya me han regalado vida de más… Me siento un privilegiado. Me ha tocado una vida fantástica. He disfrutado mucho con lo que me ha tocado vivir… Tengo la cabeza muy bien, serenidad, puedo hablar, tengo una vida plena y buen humor… No creo que nadie que se sienta querido tenga ganas de pedir la eutanasia. No es la solución y sí lo es reformar la ayuda a la dependencia, acelerar las soluciones económicas para que el enfermo y su familia reposen tranquilos… El dolor físico se puede tratar con cuidados paliativos. Me parece mucho más importante abordar la soledad y los problemas económicos para las personas que estamos en esta situación…».

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