El pasado 5 de setiembre de 2025 la madrileña Juana Bellanato Fontecha pasó al Padre: día de santa Teresa de Calcuta a quien tanto admiró en vida, en pleno Año Jubilar. Habría cumplido el once del mismo mes los cien años, el 11S sí, como decía ella. El Consejo General de Colegios Oficiales de Químicos de España le concedió el 30 de mayo su máximo galardón, el Premio a la Excelencia Química, pero ya había recibido otros como la Medalla de Plata del Comité Español de Espectroscopía en 1996; la medalla de la Real Sociedad Española de Química en 2003; la Insignia de Oro y Brillante de la Asociación de Químicos de Madrid en 2007 y finalmente el título Mayor Magnífico de la Comunidad de Madrid en 2013. Aquí en Ecclesia le dedicamos una semblanza en 2015 que fue cuando la conocí personalmente, precisamente en el Año Internacional de la Luz, su herramienta de trabajo científico ya que se dedicó a la espectroscopía. Fue una científica profesional que desarrolló toda su carrera en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Está en la nómina del feminismo progre –¡incluído el de género!- y aparece en todos los listados del 8M, del 11F…etc., etc., etc.
Juana cuenta que “al jubilarse (mejor dicho, al jubilarla, como dice ella) a los 65 años, Juana tuvo tiempo para compaginar con su trabajo como doctora vinculada ad honorem los estudios de la Licenciatura de Teología en la Universidad Comillas Madrid (1993), colaborando hasta la fecha en el Departamento de Bioética de la Facultad de Teología de dicha Universidad”. Juan Francisco Tomás, autor del libro “Javier Gafo: bioética, teología moral y diálogo”, escribe de ella: «cariño de amiga, de madre, mujer creyente que sabe estar a la altura que corresponde al saber científico y bioético”. Recibió hace unos años el premio de Mayor Magnífico de la Comunidad de Madrid.
La vida de Juana destruye varios tópicos del ateísmo progre. Uno de ellos es el de que en la España de la época los padres pobres no quisieran que sus hijas estudiaran: «Siempre quise estudiar. Éramos tres hermanas, y mis padres también querían que lo hiciéramos. Todo el mundo me decía que hiciera Química, porque se me daba bien. Como me dieron Premio Extraordinario de Bachillerato, estudié con becas y además muchas personas me buscaban para dar clases particulares a sus hijos. Mi familia no tenía dinero… Una de ellas hizo Perito Químico, el equivalente a ingeniero químico técnico, también mientras trabajaba. La otra hizo Letras, y ha sido profesora de instituto hasta que se jubiló».
Otro es el de que en la España de la época se vivía un aislacionismo científico fomentado por el catolicismo, que afectaba a las mujeres sobremanera. El caso de Juana funde este tópico. El CSIC le dio una beca para Alemania – el CSIC dio muchas más becas para estudiar en el extranjero que la JAE- para realizar una estancia de perfeccionamiento. Durante su estancia conoció al Premio Nobel Chandrasekhara Raman, descubridor del efecto Raman. Los años 1959-1960 fue becaria del British Council en el Physical Chemistry Laboratory de la Universidad de Oxford, cuyo director fue el premio Nobel de Química (1956) Profesor Sir Cyril Norman Hinshelwood. Con este señor ya había estudiado otra científica muy católica española con anterioridad, de la cual hablamos aquí en Ecclesia: Maria Josefa Molera Mayo
Otro tópico muy en boga es el de que desde el ateísmo se respetaba la vida de las personas, pensasen lo que pensasen, cuando refiriéndose a la Guerra Civil comentó haber vivido de cerca la persecución religiosa por albergar a un cura para protegerlo del asesinato más que seguro por el Ejército del Frente Popular: «Mi padre se quedó en Madrid toda la guerra, con un tío sacerdote que se había refugiado en nuestra casa. Un día que hubo registro y él estaba durmiendo, le salvó que mi padre les enseñó a los milicianos un carnet de maestro que había conseguido. Si no, prefiero no pensar en lo que habría pasado. Los asesinatos eran muy frecuentes».
Han empezado a aparecer réquiems en memoria de esta científica pionera del CSIC, teóloga y católica practicante , como el del Diario de Navarra
También pueden leerse interesantes entrevistas escritas en libre acceso como la de ‘Alfa y Omega’ , la de ‘Mujeres con ciencia’. Dejó dos estupendas entrevistas en ‘Radio María’ que pueden escucharse en las que podemos oir su voz contando parte de lo aquí recogido en el programa ‘Diálogos con la ciencia’ y en el de ‘La verdad nos hace libres’ , así como otras en las que comentó diversos aspectos de su vida como la del Área de Mujer, Óptica y Fotónica de la Sociedad Española de Óptica en 2022 , o la de ’65 y más’ . Incluso se puede disfrutar de un documental sobre su persona. No hace mucho los jesuitas de Maldonado colgaban una semblanza sobre Juana , su colaboradora casi centenaria, en la que se indica: «Aunque ahora ya no participa regularmente en las eucaristías, lo ha hecho durante muchos años, desde que fuera instituida ministro de la eucaristía para la misa de 13,00h en la cuaresma de 1985, siendo párroco el padre Javier Gafo. Participó, como tantos otros, en el servicio de la Palabra, el altar y distribuyendo la comunión. Ya en los últimos años cuando venía su servicio más puntual eran las lecturas. Y siempre una palabra cordial, un gesto amable, un reconocimiento lleno de cariño a la labor de los demás. Juana es de esas mujeres que ha ido abriendo muchos caminos. Doctora en química, licenciada en teología, creyente y científica, investigadora del CSIC que siguió en activo hasta mucho después de su jubilación».
El 8 de octubre de 2025 se celebró un funeral por su eterno descanso en la Iglesia del Espíritu Santo de Madrid, fundada al crearse el CSIC para que los científicos pudieran ir a misa antes de entrar en el laboratorio. Presidió la Eucaristía D. Juan Antonio Santamaría Lancho Pbro. Fue una gran suerte que lo hiciera, pues además de conducir la liturgia con humildad, dejó una homilía verdaderamente provechosa. La madre de don Juan Antonio, Maruja Lancho, trabajó en el CSIC con Juana como ayudante de investigación. Juana siempre me habló de su religiosidad y su valía personal, y de cómo yo debía en algún momento de rendirle homenaje por haberse dedicado al cuidado de sus hijitos, volviendo a incorporarse al CSIC tras el mismo. Aprovecho el momento para rendir este pequeño tributo de una ayudante de investigación, sin las cuales la ciencia no sale adelante. La homilía pronunciada, de la que presento un extracto, me pareció una joya de conciliación ciencia-fe:
Queridos hermanos, hoy nos despedimos de Juana Bellanato, una mujer admirable que unió en sí misma ciencia, fe y amistad … Todos conocemos la capacidad que tenía Juana para empatizar, y cómo se sumaba a la vida de las personas, haciéndose amiga y amiga entre amigas… Como científica, se dedicó a la espectroscopía, esa disciplina que siempre se sirve de la luz para comprender mejor lo muy pequeño y lo muy grande. La luz será la idea que nos ayude a vivir este momento difícil en la vida de los que ahora la queríamos como tía o amiga. La luz, en su manifestación natural, nos resulta muy útil… nos abre al mundo, nos regala el color y las formas. La luz, las ondas electromagnéticas, también nos es muy útil, pues en sus frecuencias más bajas, las de radio, nos trae la voz de los lejanos. Sus frecuencias más altas nos ayudan a curar ciertas enfermedades. Pero la ciencia nos descubre que la luz es también muy misteriosa. Encierra constantes universales y su naturaleza onda-corpúsculo pone en apuros nuestra inteligencia y nuestra comprensión del tiempo y del espacio…En el trasfondo de la existencia hay una luz, misteriosa… En la filosofía se habla de la luz de la razón. Con esta luz se busca lo que ennoblece al hombre: la verdad, la bondad, la belleza. En la teología se habla de la luz de la fe. Nos ayuda a reconocer el origen de todo lo bueno, lo verdadero, lo bello, a Dios. El Dios de la fe es el que mide lo pequeño y lo grande, la historia de la humanidad y de cada historia personal… Juana siempre tuvo noticias de esta luz y fue lo que le llevó, tras su jubilación, a volver sus capacidades intelectuales al estudio de esta luz misteriosa y prometedora…Hizo la carrera de Teología porque comprendía que para conocernos de verdad no bastaba la teología. Hay que dejarse iluminar por esa luz que no se deja tomar, que ilumina lo humano y abre a lo eterno. Juana buscó en Cristo esa luz que nos muestra el sentido último de la existencia…La luz de Dios manifestada en Cristo nos ayuda a descubrir el inmenso valor de cada ser humano…La luz se hizo carne. Se hizo lo que tú y yo somos… Su luz empezó a acompañar a cada uno de los que vienen a este mundo, como se lee en el Evangelio de San Juan. Esta luz dio nueva perspectiva a nuestra historia, sobre todo porque era capaz de iluminar nuestras densas tinieblas…Su amor lo puede iluminar todo, sanar todas las heridas. Esta densa luz de su carne nos prometió que nada de lo nuestro se perderá: ni la inteligencia, ni la memoria, ni el amor, ni el cuerpo. Porque su luz, llena de vida nueva nuestra carne, es luz poderosa, de amor más fuerte que la muerte. En estos últimos años, Juana siempre me recordaba que se acercaba la hora de que se iba a la muerte y que ahí no podía faltar Cristo. Me lo decía como amigo, y por supuesto, como sacerdote … al final perdió la visión…no dejó de ver más allá de esta oscuridad. Cristo estaba presente, y lo veía con la luz de la fe, que le permitía mirar a través de la densa oscuridad de la muerte y ver luz y vida. Hasta el mal, que nos parece más que insuperable a la muerte, por él que resucitó con vida nueva, pierde su gravedad. Todo será transformado en carne luminosa, por la luz más bella y más valiosa, la luz apacible del amor de Dios. Queridos hermanos, hoy este sacerdote quiere dar testimonio de la búsqueda que llevó más lejos a nuestra amiga Juana. La búsqueda de la luz apacible. Quisiera que esa luz brillase en todos nosotros, para los que la echamos de menos, para que los que sentimos el vacío de su ausencia, no nos resignemos al imperio de los sentidos, y miremos más allá a la luz que viene de lo alto… Hemos nacido de amor y para el amor, y este no pasa, como hemos escuchado en la carta del apóstol San Pablo. Hoy se nos invita a confiar que Juanita, y por eso rezamos, vive en esa luz donde no hay olvido. Que también nosotros, recordándola, nos ayudemos unos a otros, a encontrar el amor más grande, a Cristo, para que un día, podamos ver con ella, la luz sin ocaso.








