Al vislumbrar la luz de la Salvamar por la bocana del puerto, el silencio se apoderó de todo. Solo el ruido del motor aproximándose se atrevía a desafiar la calma tensa que reinaba entre los presentes. Una espera que ya se hacía eterna, como un Adviento prolongado. Anhelando la llegada a la tierra prometida. Siete días de navegación guiados por las estrellas, al igual que hicieron unos sabios de oriente hace más de dos mil años, siguiendo su estela para adorar al Rey que acababa de nacer.
A bordo, cerca de 90 personas exhaustas, al límite, pero aún con la suficiente fuerza para estallar de júbilo al saberse salvados. Las sonrisas iluminaban sus rostros y las lágrimas, de tristeza y alegría a partes iguales, dibujaban cercos al descender por la piel ensalitrada y cuarteada por el sol. Como a los pastores de Belén, que se turnaban por la noche para cuidar sus rebaños, al llegar al puerto la gloria del Señor los envolvió con su luz y sintieron gran temor.
Detrás de cada una de las personas que descendía de aquella embarcación había un nombre, una historia, sueños e ilusiones por construir, añoranza por los seres queridos y la vida que dejaron atrás. En el rostro de cada una de ellas, un pequeño resplandor de la gloria de Dios. Y algo de lo que nadie les podrá privar, la dignidad que les confiere ser hijos suyos. Esta escena, cotidiana ya en los muelles de Canarias, nos recuerda que Dios sigue naciendo y debemos estar atentos para reconocerlo en la pequeñez. En la sociedad actual, mientras algunos tenemos la suerte de celebrar estos días en familia y conmemorar el nacimiento de Jesús con los nuestros, muchas personas siguen encontrando que no hay hueco para ellos en la posada. Las guerras, el hambre, la persecución o las catástrofes naturales empujan a muchas personas a huir de sus países, como tuvo que hacerlo la Sagrada Familia, porque Herodes buscaba al niño para matarlo.
El Evangelio de Navidad de este año litúrgico (Jn 1, 1-18) nos relata que «Al principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios […] Vino a los suyos, y los suyos no la recibieron». Desde el Secretariado de Migraciones de la Diócesis de Canarias, nos disponemos a recibirla y a ofrendar a nuestros hermanos migrantes, como hicieron los Reyes Magos, con nuestros mejores tesoros: tiempo, alegría y también esperanza. Celebraremos un acto en el que ellos tomarán la palabra, y lo harán en la Tienda del Encuentro, ni más ni menos que ante la Palabra. Un evento en el que los protagonistas serán quienes han llegado a nuestras costas sin otra brújula que alcanzar una vida mejor para ellos y sus familias.
No serán días de grandes fiestas y bullicio. Al contrario, viviremos una Navidad sencilla, interreligiosa quizás, pero llena de verdadero sentido evangélico. Porque Dios sigue naciendo en un cayuco.








