Se dedica al decreto Unitatis redintegratio y a las declaraciones Dignitatis humanae y Nostra aetate
Que el Concilio Vaticano II no ha de quedar reducido a sus coordenadas de espacio y de tiempo —Ciudad del Vaticano, 1962-1965— es algo que puede verse, casi palparse, con un simple vistazo atento a la vida de la Iglesia en cualquiera de sus ámbitos. Tal acontecimiento no ha quedado atrapado en el momento puntual de su celebración, sino que lo ha trascendido, tanto que, aun hoy, a punto de cumplir sesenta años de su clausura, sigue dando de sí y trayendo para la Iglesia actual —e incluso para toda la sociedad— frutos enormes, variados e imposibles de prever en su momento.
Es lo que permite a Rafael Vázquez Jiménez, director del Secretariado para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española, hablar de «componente de eternidad» (p. 19) para introducir este Comentario teológico a los documentos del Concilio Vaticano II (vol. 2), que él mismo coordina y que publica la BAC en el marco del LX aniversario de la clausura del Concilio.
Se dedica este segundo volumen al decreto Unitatis redintegratio y a las declaraciones Dignitatis humanae y Nostra aetate, los tres documentos que vieron nacer en el seno de la Iglesia —no sin dificultades y, por momentos, con verdaderos dolores de parto— el principio del diálogo ecuménico e interreligioso. Tal asunto, de gran urgencia para la sociedad en el contexto del Concilio, era peliagudo y no podía tratarse de puntillas: lo que allí se decidiera, y cómo se trasladase, marcaría el futuro de la Iglesia durante varias generaciones. Hicieron falta muchas y muy tensas sesiones, acalorados encuentros, que se resolvieron merced a la intervención del Espíritu Santo, que hizo nacer la comunión entre posturas en principio irreconciliables, en lo que aun hoy se recuerda como un ejercicio admirable de humildad, amor por la verdad y, en definitiva, sinodalidad auténtica.
Tanto Rafael Vázquez Jiménez como el profesor Gerardo del Pozo Abejón, autores de este segundo volumen, se encargan de dirigir sus comentarios incidiendo en la trascendencia que tienen tales documentos para el presente de la Iglesia. Traen, para ello, la «memoria» del Concilio, pero no en un sentido puramente cronológico, siquiera historiográfico, sino litúrgico: para ellos, hacer memoria del Concilio Vaticano II es hacer anámnesis del Concilio, es decir, observar el pasado como clave para entender el presente y, también, para tomarle el pulso al porvenir. Y así abordan cada uno de sus comentarios, cuya estructura es compartida: de la introducción general, como mandan los cánones, se va a la historia de la redacción del documento, de ahí al comentario teológico —cuyos aparatos bibliográficos buscan ser todo lo completos y actualizados que se pueda— para, finalmente, desembocar en una reflexión pastoral sobre la recepción que vivió cada uno de los documentos en cuestión. Pasado, presente y futuro del Concilio condensados, como se ve, en estos comentarios, que nacen al público con vocación de ser completos, diríamos más, casi definitivos.
Viene, en definitiva, este segundo volumen a continuar la serie que ya abriera hace un año el llorado profesor Santiago Madrigal y que marcha, con buen paso, hacia el próximo Jubileo de 2025. Viene, también, a remozar el interés del pueblo de Dios por el Concilio Vaticano II, no nos cansamos de recordarlo, acaso el acontecimiento eclesial más relevante de los últimos siglos. Y viene, por último, a recordar lo que, en medio de un clima de pasión por la verdad y absoluta honestidad intelectual, concluyeron aquellos padres conciliares: que para que el diálogo fuese real, había que reconocer en el otro un interlocutor plenamente digno. Reconocerlo no atentaba contra las bases de la fe, como finalmente supieron ver todos lo que, de una u otra forma, intervinieron en las sesiones del Concilio; sino que constituía el siguiente capítulo de la historia de salvación que Dios realiza con el mundo a través de su Iglesia. Una historia de salvación que es gradual, que va in crescendo, desvelando constantemente nuevas etapas conforme a una pedagogía hermosa, delicada y muy concreta, y que tanto afecta a cada ser humano de forma íntima y particular como al destino de toda la humanidad.








