Madre de familia numerosa, cuenta en Cuando conocí al Dios amor cómo pasó de una vida de seguridades a dedicar sus redes sociales al anuncio del Señor
A finales de 2021, Ana Finat tenía todo lo que una mujer de su edad podría, en apariencia, desear: casada, madre de cuatro hijos y una carrera como influencer que no paraba de acelerar. Sin embargo, un encuentro personal con Jesús de Nazaret iba a poner del revés todas sus seguridades. «Recuerdo que mi marido me arrastró a un Seminario de Vida en el Espíritu. Yo no quería ir, no quería perder un fin de semana de mi vida rezando. Él se empeñó y allí nos presentamos, de mala gana. Aquello cambió mi vida. Salí transformada, ciega de amor… Cosa que no les pasó ni a mi marido ni a la otra pareja que nos acompañó. Tuve una conversión súbita. Recuerdo que no podía hablar de otra cosa, volví a ir a Misa, rezaba… Mi familia se asustó: mi marido decía que si me había metido en una secta y mis hijas mayores me preguntaban si me había hecho monja», explica, en entrevista con ECCLESIA. Ha recogido su testimonio en un libro, Cuando conocí al Dios Amor: «Un día, una persona de la editorial Almuzara me escribió y me dijo que las librerías estaban llenas de libros de autoayuda, que ponen el foco en el yo, y que querrían publicar un libro que contara cómo es Dios el que ayuda».
Convertir a Cristo en su único tema de conversación —«como hacen los enamorados»— tenía para ella una inquietante segunda derivada: su perfil oficial de Instagram. «Como yo no podía hablar de otra cosa y Jesús se había convertido en mi mundo, esas reflexiones y sentimientos se colaban cada dos por tres en mi canal. No es que quisiera evitarlo u ocultarlo, por supuesto, pero había algo que a mí sí me incomodaba: hablaba allí de lo que había transformado y dado sentido a mi vida, y al rato tenía que hacer una publicidad de ropa, bisutería o una colonia. Me hacía sentir mal hablar de lo maravilloso que es Dios y después estar vendiendo cosas», reconoce.
En un primer momento, pensó en cerrar las redes, pero se dio un tiempo para discernir aquella decisión. «Entonces, decidí mantener el canal y dejar de hacer publicidad. Sería un canal de contenido religioso, dedicado al Señor. Temía que los miles de seguidores que tanto me había costado conseguir se fueran con aquel cambio tan drástico. Pero le dije a Dios: “Mira, ya no son mis redes, sino las tuyas. Si se quedan tres y son tres almas que están más cerca de la conversión, bienvenido sea”», afirma. Para sorpresa suya, el número de usuarios no solo no se redujo, sino que aumentó de manera considerable.
Está convencida de que las redes sociales pueden y deben ser una herramienta para la nueva evangelización, pero también es muy consciente de las tentaciones para el creador de contenido: «Si te despistas, puedes caer en el egocentrismo y la vanagloria. Al final, tienes miles de personas detrás diciéndote que eres maravillosa a cada comentario que haces, o qué bien esto y lo otro. Si estás centrado y sabes que todo es gracia de Dios, puedes explotarlo, pero el riesgo de que algo así te devore es alto y siempre está ahí».
Precisamente, Ana llegó al mundo de las redes sociales de la mano de su hermana melliza Casilda, conocida por su empresa de joyas —muy en boga en estos momentos—, que de vez en cuando la sacaba en su propio canal de Instagram. «No sé por qué, pero la gente decía que era muy divertida, que les encantaba y se reían conmigo, así que mi hermana no dudó en abrirme mi propio perfil», revela. Ambas, pertenecientes a una familia noble de Toledo «que tenía iglesia en nuestra propia finca, a la que venía un cura a dar Misa», han sido uña y carne toda su vida, habiendo adoptado Casilda el rol de madre responsable durante las etapas en que Ana se despistó especialmente. «Tuve una adolescencia muy rebelde. De niñas, nos habían educado en la fe, pero a mí la Misa y la religión me parecían cosas muy aburridas. Pronto empecé a confesar y a ir a la Eucaristía haciendo un paripé. Cuando nos vinimos a estudiar a Madrid, aquello ya se salió de madre. Me quedé embarazada con 20 años del que hoy es mi marido y, aunque hubo gente que me lo sugirió, jamás pensé en abortar: siempre he tenido muy claro que mi hijo no iba a pagar por mis errores», explica.
Se casó y fue madre. Tuvo cuatro hijos, pero estaba «en una situación de punto muerto. Me dedicaba a mis cosas y mi matrimonio no iba. Tenía todo, pero me sentía vacía», reconoce. Hasta su encuentro cara a cara con Jesús, aquel fin de semana en Toledo.
Seminarios de Vida en el Espíritu
Después surgió el Proyecto Anawim, una asociación privada de fieles la archidiócesis de Toledo donde personas con recursos sufragan estos Seminarios de Vida en el Espíritu a personas que no pueden permitírselo. Juntos forman una gran familia que vive adorando y alabando a Dios, y compartiendo la vida con los más necesitados. «Recuerdo que llegué tan enfadada al retiro, que reté a Dios: “Muy bien, si existes —que yo ya, incluso, había llegado a dudarlo—, arregla mi matrimonio”, le dije. Y así fue, no solo me mostró su amor, sino que me hizo mejor esposa y madre, y las cosas han mejorado mucho», señala.
En todo ello ha tenido mucho que ver su director espiritual, el padre Santiago Arellano —que firma el prólogo de su libro—, a quien conoció en un fin de semana en Toledo «de decir hola y adiós». Tiempo después, se lo encontró en Fátima. «Llevaba tiempo con la inquietud de encontrar un director espiritual y me salió pedirle confesión. Ahí vi claro que tenía que ser él. Estoy seguro de que fue un regalo de la Virgen de Fátima. Ha sido fundamental y me ha ayudado en mi matrimonio y en las prioridades de mi vida», indica. Hoy, el perfil de Ana Finat en Instagram (@anifinat), dedicado por entero a Cristo, tiene casi 30.000 followers.








