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Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe

Con su resurrección, Cristo ha anulado las fronteras limitadoras de este mundo y se hace contemporáneo de todo hombre

Hace tiempo, un amigo me contó que, colaborando en tareas de voluntariado con migrantes africanos, después de haber trabado una cierta relación personal con uno de ellos de origen musulmán, un día este chico, mirándole fijamente a los ojos, le preguntó: «Pero, ¿tú realmente crees que Jesús ha resucitado?». Esta pregunta fue como un taladro horadando hacia dentro y, tras unos segundos de bloqueo, ante la seriedad de tal cuestión, mi amigo, sin saber muy bien por qué, le afirmó con total rotundidad: «Sí, lo creo». Y, después de esta confesión de fe, la pregunta y la respuesta no le dejaron en paz hasta el punto de empujarle a darse una explicación a sí mismo iniciando un recorrido de vida cristiana. 

Esta es la clave del cristianismo: la certeza de que Jesús de Nazaret está vivo. Pablo lo aseguraba ante el gobernador Festo, de tal modo que, al explicar este al rey Agripa las razones por las que estaba encarcelado, hace esta afirmación genial: «Solamente tenían contra él unas discusiones sobre su propia religión y un tal Jesús, ya muerto, de quien Pablo afirma que vive» (Hch 25, 19). 

Si «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una persona» (Benedicto XVI, Deus caritas est, 1), y si el cristianismo supone una novedad tal que no puede ser tan siquiera interpretado como un fenómeno religioso más —es decir, una expresión, entre otras, de la búsqueda trascendente del hombre—, porque se trata de la relación que nace del encuentro con Jesús y el atractivo que despiertan sus gestos, sus palabras, su mirada, su perdón, su modo nuevo de hablarnos del amor de Dios Padre, como decían de él los guardias enviados por los fariseos para apresarlo —«jamás un hombre ha hablado como habla ese hombre» (Jn 7,46)—, entonces es absolutamente necesario para poder ser hoy cristiano poder encontrarnos con Cristo. Vivir esta experiencia real y concreta de su presencia y cercanía, tener cada uno de nosotros un día y un momento concreto donde nos cruzamos con Él y se cuela en nuestra vida, nuestra «hora décima» (cf. Jn 1,39). Por eso, la gran pregunta que debemos plantearnos es: ¿puedo hoy encontrarme con Cristo? Y, justamente, para llegar a responder a esta pregunta, es necesario hacer Pascua con Jesús.

La encarnación ha acontecido bajo las condiciones limitadoras del espacio y el tiempo. Jesús, tan Dios como hombre, asume lo humano con todas sus consecuencias. Habita un espacio concreto de este mundo y vive durante un tiempo restringido, inmerso en una cultura concreta, teniendo su palabra, su mensaje, su doctrina, un radio concreto de irradiación. Jesús de Nazaret, en definitiva, más tarde o más temprano, tenía que morir, podía haber tenido una vida más larga o una muerte más honrosa… pero era propio de su condición humana morir. Ahora bien, el modo como Jesús ha vivido el misterio del ser humano: la vida y la muerte, la muerte y la vida, es justamente lo que hace de él y de la celebración de la Pascua —concentración del sentido de su existencia en los tres días de su pasión, muerte y resurrección— el camino y la oportunidad de encuentro con cada hombre y mujer de cada tiempo, contigo y conmigo. 

Su pasión hasta la cruz es la expresión última de su misión redentora, de ese dinamismo de compasión hacia la humanidad, asumiendo el pecado, el sufrimiento, todo el sinsentido de la historia y de cada vida, que había marcado toda su existencia. Su muerte es más que un gesto de compasión, es la posibilidad de esperanza de una nueva vida para el hombre, porque allí donde tocamos el límite y la nada, donde todo está perdido para el ser humano, Jesucristo, por su presencia, al visitar nuestro infierno, abre en la muerte espacio al amor infinito de Dios, venciéndola de raíz. Además, por su resurrección, Cristo ha anulado, asumiéndolas hasta el extremo, las fronteras limitadoras de este mundo y se hace así contemporáneo a todo hombre y mujer: «Yo estoy contigo todos los días, y en todas las circunstancias de tu vida, hasta el fin del mundo» (cf. Mt 28,20). 

Él ha querido permanecer con nosotros y, por eso, ha tenido que marchar —«es necesario que yo me vaya» (Jn 16,7)—, vivir su Pascua, «la hora de pasar de este mundo al Padre» (cf. Jn 13,1), haciéndonos así partícipes de su vida eterna a través de la efusión de su Espíritu, el don pascual por excelencia, que prolonga el misterio de la encarnación en la vida de la Iglesia, «ella es su cuerpo» (Ef 5,29). Decía san León Magno que, por el misterio de la Pascua, «lo visible del Salvador ha pasado a los misterios» (Serm 74,2). Por lo tanto, puedo encontrarme hoy con Cristo, escuchar su Palabra, tocar su carne y, aún más, puedo vivir de ella, participar en la comunión más profunda que podemos desear: «Uno en el otro» (cf. Jn 6, 52-58) por los sacramentos, por la Eucaristía, memoria y actualización cotidiana de la Pascua.

El deseo de Jesús —«ardientemente he deseado celebrar la Pascua con vosotros antes de padecer» (Lc 22,15)— es una invitación personal a cada uno de nosotros para participar del misterio pascual y pasar así de una fe alimentada por el recuerdo, las ideas, la nostalgia de Jesús, el que caminaba por Galilea y curaba y nos sorprendía con su palabra y la belleza de su enseñanza, pero que queda tan lejos de nosotros, como un bonito sueño… para, en cambio, entrar en una experiencia de fe viva, real, actual, hasta poder decir también nosotros, como los apóstoles, «hemos comido y bebido con Él» (Hch 10,41). 

Nos queda por recorrer un particular camino de Emaús para que nuestra vida cristiana no sea sencillamente heredada, fundada en lo que otros nos han dicho o han enseñado o, incluso, una esperanza frustrada, sino una fe viva, pascual. Que el Señor nos conceda la gracia de ser encontrados por él y reconocerle vivo ante el sepulcro vacío, al partir el pan, en la comunidad, hacia Emaús… o mientras pescamos en el mar de Galilea. 

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