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Cuarta meditación de los Ejercicios Espirituales de la Curia Romana: Dios nos ofrece la vida eterna desde ahora

El predicador ha profundizado en las Escrituras para distinguir entre la primera y segunda muerte: aquellos que han logrado trascender la primera —liberándose del miedo, el egoísmo y la ilusión de control— pueden afrontar la segunda sin terror

Durante la cuarta meditación de los ejercicios espirituales predicados por el padre Roberto Pasolini a la Curia Romana, que el papa Francisco está siguiendo por videoconferencia, el fraile capuchino y biblista ha profundizado en una cuestión fundamental sobre la naturaleza de nuestra existencia: «¿Queremos seguir como huesos secos o dejarnos revivir por la vida verdadera?», según recoge la síntesis publicada por Vatican News.

El predicador de la Casa Pontificia ha planteado este interrogante a partir de la idea bíblica que describe la vida humana como una constante tensión entre la promesa de la vida eterna y la realidad tangible de la muerte. El pueblo de Israel, con sus fluctuaciones entre la fidelidad y la infidelidad, se erige como un ejemplo de esta lucha incesante por alcanzar la tierra prometida. Es en esta línea cuando San Pablo introduce una paradoja existencial al describir al hombre como un «moribundo que vive».

La condición humana de existencia sin vida plena encuentra una poderosa alegoría en la visión del profeta Ezequiel sobre el valle de los huesos secos, imagen de Israel como vasto cementerio al aire libre, desprovisto tanto de vida como de esperanza. La intervención divina se manifiesta cuando Dios ordena al profeta hablar a estos restos inertes, quienes milagrosamente se unen y se revisten de carne; sin embargo, permanecen sin aliento hasta que el Espíritu de Dios los vivifica.

Esta visión trasciende el mero retorno del exilio, ofreciendo una profunda reflexión sobre la condición intrínseca del ser humano: «A menudo, existimos sin vivir realmente». Los huesos secos se convierten en un símbolo de la «primera muerte», una muerte interna caracterizada por el miedo, la apatía y la pérdida de la esperanza. Este estado de desconexión vital es ejemplificado por la experiencia de Adán y Eva tras el pecado, cuyo cuerpo permaneció vivo, pero se encontró separado de la comunión con Dios.

La restauración de esta vida auténtica solo es posible a través de la acción del Espíritu de Dios. Además de esta «primera muerte», se menciona una «segunda muerte», tradicionalmente interpretada como la condenación eterna, pero que también puede entenderse como la finitud biológica. Aquellos que han logrado trascender la «primera muerte» —liberándose del miedo, el egoísmo y la ilusión de control— pueden afrontar la segunda sin experimentar terror. Esta perspectiva se refleja en el Cántico del Hermano Sol, de San Francisco de Asís, donde se alaba a quienes reciben la muerte en Dios.

El libro del Apocalipsis reafirma esta idea al declarar que «el que venza no sufrirá daño de la muerte segunda», pues aquel que vive anclado en la fe y la esperanza tiene la capacidad de atravesarla sin ser doblegado. La visión de Ezequiel nos revela una verdad esencial: «La resurrección comienza ahora». La promesa divina no se limita a un futuro post-mortem, sino que «Dios no espera nuestra muerte para darnos la vida eterna, sino que la ofrece ya en el presente, si acogemos su Espíritu». En última instancia, la pregunta crucial que se nos plantea es la misma que formuló el padre Pasolini: «¿Queremos permanecer como huesos secos o dejarnos reanimar por la vida verdadera?»

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