ECCLESIA reúne a varios expertos para responder a algunas de las preguntas que se formularán en la cumbre sobre la familia convocada por el papa León XIV desde este miércoles, día 7, hasta el 14 de octubre, con motivo del décimo aniversario de la Amoris laetitia del papa Francisco
A las heridas silenciosas y equilibrios milagrosos de siempre, las familias de hoy suman en su mochila las tensiones propias de nuestro tiempo: los afanes apresurados, la luz azulada de la realidad paralela de las pantallas, el murmullo de las notificaciones. En la encrucijada desde siempre, la institución humana se ve actualmente sometida a presiones económicas e ideológicas nuevas —algunas ni siquiera existían cuando Francisco publicó Amoris laetitia hace ya diez años— para seguir siendo ese refugio primario y primordial donde la persona es amada, ama y aprende lo que significa ser un hombre.
En vísperas del encuentro convocado por León XIV —del 7 al 14 de octubre en Roma, con motivo del décimo aniversario de la mencionada exhortación apostólica— con los presidentes de las conferencias episcopales y los jefes de las Iglesias orientales católicas, la Iglesia universal se dispone a reflexionar y orar sobre la situación actual de las familias y el futuro de la institución en relación con el mundo. Trascendiendo el simple ejercicio estadístico y sociológico, la iniciativa del Papa quiere constituirse como itinerario sinodal de escucha y discernimiento, evaluando el impacto real de la doctrina cristiana en los hogares, descifrando las transformaciones culturales de la última década y respondiendo a una pregunta acuciante: cómo anunciar el Evangelio del matrimonio en una sociedad que parece haber perdido la fe en la supervivencia del amor.
El espejismo de la desvinculación y la tiranía del emotivismo
Para abordar unos objetivos tan ambiciosos, resulta imprescindible analizar y comprender el zeitgeist de nuestra época. Las estructuras socioeconómicas de este primer cuarto del siglo XXI —marcadas por la precariedad laboral, el difícil acceso a la vivienda y la aceleración general de la vida— han generado un escenario de «fecundidad frustrada —cuando no rechazada—» e «invierno demográfico». Cabe preguntarse, llegados a este punto que cualquier persona de hoy podría fácilmente reconocer, por las profundas causas de un repliegue familiar que, más allá de lo material, toca lo existencial y la cultura.
Fernando Vidal, sociólogo, profesor y director de la Cátedra Amoris Laetitia en la Universidad Pontificia Comillas, apunta a la raíz estructural del fenómeno: «El hipercapitalismo es la fuerza que está dando forma a los vínculos humanos en toda la tierra. Una familia consumista se consume a sí misma. La inmensa mayoría de la humanidad está intoxicada de hipercapitalismo, y esto es algo que empeora la calidad de nuestros vínculos: nos inyecta individualismo, soledad, relativización y nihilismo, mala salud mental, una utilitarización condicional de las relaciones y una cosificación de las personas».
Sin embargo, el profesor añade que, en medio de este escenario y «pese a las dificultades y desorientaciones de esta sociedad en la que tan difícil es tener casa y hogar, las parejas y familias persisten en su búsqueda del amor, porque es el más profundo deseo de la condición humana».
Pero esta búsqueda tropieza a menudo con la fragilidad afectiva del emotivismo. La jurista y especialista en acompañamiento familiar María Álvarez de las Asturias, juez en el Tribunal Eclesiástico de Madrid, aporta una mirada directa sobre la juventud: «Como signos de esperanza, yo veo que los jóvenes tienen innumerables preguntas sobre el amor, las relaciones, el matrimonio, la familia… Hay una inquietud y una sed de encontrar respuestas, y los jóvenes no se conforman con parches; cuando hacen una pregunta, quieren una respuesta que de verdad les convenza».
A su juicio, el principal obstáculo en la distorsión del criterio de verdad es claramente identificable: «El punto crítico es el emotivismo, es decir, el criterio de la verdad ha pasado a ser “si yo lo siento”. Y como las emociones y sentimientos son muy cambiantes, se encuentran ellos mismos en un caos, porque hoy sienten una cosa y mañana sienten otra. No se consideran capaces de un amor verdadero, resultando en una desconfianza hacia su propia capacidad de amar».
La especialista advierte del abandono a su suerte y de la falta de formación en estas facultades superiores de la persona: «Como no les hablamos de razón y voluntad, ellos permanecen inmersos en el emotivismo. Además, desde nuestro lado nos encontramos con que no hablamos el lenguaje de los jóvenes. Creo que vamos con mucho retraso, respondiendo a preguntas que se han hecho hace tiempo y con materiales anticuados. Hay que hacer un esfuerzo enorme en comunicación».
Miguel Garrigós, director de la Subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española, define esta corriente como una «cultura de la desvinculación», donde «el individualismo posesivo pretende que la familia deje de ser un espacio de donación para convertirse en un “lugar de paso”». Según aprecia, la «cultura de lo provisorio» convierte el afecto en una emoción líquida que desaparece con el sentimiento, alimentando el miedo al compromiso permanente.
De la convención social al catecumenado: acompañar la vocación
Frente a las limitaciones de los tradicionales cursillos matrimoniales, breves y administrativos, la Iglesia está promoviendo una reestructuración profunda, como la propuesta, ya desde Francisco, del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida para implantar los Itinerarios catecumenales para la vida matrimonial, garantizando de este modo un acompañamiento progresivo y dilatado en el tiempo.
El sacerdote Antonio Alcaraz López, profesor del Pontificio Instituto Teológico Juan Pablo II para las Ciencias del Matrimonio y la Familia Sección Extraurbana de Madrid y vicerrector de Extensión Universitaria de la UCAM, subraya y avala la urgencia de este cambio metodológico: «Con este encuentro convocado por el Santo Padre, la Iglesia está llamada a avanzar desde una pastoral de eventos hacia una pastoral de procesos». En su opinión, resulta esencial superar la barrera de lo abstracto: «Los jóvenes no buscan discursos perfectos; responden ante la autenticidad de historias reales que muestran la belleza del amor, pero también la madurez del perdón y la reconciliación». En este contexto, la vocación al matrimonio debería presentarse como «el proyecto creativo por excelencia».
En esta necesidad de acompañar desde antes coincide Álvarez de las Asturias: «La opción que más me gusta es la de un buen itinerario de formación afectivo-sexual en la adolescencia y, a partir de ahí, poner en práctica los Itinerarios catecumenales para la vida matrimonial que publicó el papa Francisco». Desde su despacho de acompañamiento familiar y con varios libros publicados sobre la nulidad, así como el noviazgo y el matrimonio, la experta está «pensando y trabajando sobre acompañar a parejas que están empezando a salir y empezando a conocerse, es decir, mucho antes de un curso de preparación al matrimonio, para ayudarles a que puedan hacer un buen discernimiento».
En esta superación de la abstracción, Garrigós destaca iniciativas de la Iglesia en España como la Semana del Matrimonio, el uso de herramientas populares como los escape rooms, las rutas románticas, las catas de vino con catequesis, la aplicación «MatrimONio» y los videojuegos educativos.
Sobre la educación afectivo-sexual, el escritor y divulgador Pep Borrell —odontólogo de profesión— destaca que esta «se trabaja en la familia con naturalidad y lenguaje claro», añadiendo que «no podemos separar la afectividad de la sexualidad». Y subraya que el testimonio primario es el cariño visible en el hogar: «Que los padres se quieran y se note en casa es el principal ejemplo. Que nuestros hijos puedan decir: “Yo quiero ser como mis padres”, “yo quiero amar así”… Eso no se improvisa, ¡eso se vive!».
La travesía del primer trienio: de la familia aislada a la «familia de familias»
Como todos los proyectos, los inicios conyugales suponen un período crítico. La llegada de los hijos, la crianza, las hipotecas o alquileres y las exigencias profesionales suelen generar desgaste, noches de insomnio, irritabilidad, egoísmos y enfados. «En el acompañamiento en los primeros años de matrimonio, creo que ayuda mucho tener cerca un grupo de parejas de la misma edad y de la misma etapa vital con las que se puedan compartir las preocupaciones, lo que te está pasando, lo que te preocupa y lo que te alegra», afirma Álvarez de las Asturias. Y recalca la conveniencia de la atención temprana: «Es muy importante poder recurrir con facilidad al consejo profesional en las dudas o cuando algo se te atasca, porque cuando se encuentran con algo que se les hace bola, ahí empiezan los problemas».
Para evitar el aislamiento, Alcaraz propone la transición hacia la «familia de familias», pequeñas comunidades de fe y vida en las parroquias donde compartir la oración y los retos de la conciliación y la crianza. En paralelo, Borrell anima a los veteranos a asumir un papel activo: «Debemos tener siempre el “radar” puesto e interesarnos por todos los matrimonios jóvenes de nuestra parroquia. Cuando detectemos algún matrimonio “nuevo” en la comunidad, debemos acercarnos a ellos y entablar amistad».
Las heridas del camino: juicio moral, verdad y reconciliación
Por último, ningún diagnóstico riguroso de la familia puede ignorar el sufrimiento derivado de las rupturas, el abandono y los divorcios. La perspectiva trazada por Amoris laetitia a este respecto impulsa una pastoral de la esperanza y el acompañamiento misericordioso.
En el ámbito de la acogida parroquial, Álvarez de las Asturias distingue una exigencia fundamental: «Es importantísimo conocer las diferencias entre separación, divorcio y declaración de nulidad de matrimonio». A ella suma una advertencia: «Por otro lado, es importantísimo evitar el juicio moral que hacemos en cuanto vemos a una persona en una situación que nos descoloca, porque no sabemos la realidad de esa situación. Juzgamos por apariencias y no sabemos lo que hay detrás, ni conocemos cuáles son las consecuencias morales de estas situaciones».
De este modo, los Centros de Orientación Familiar (COF) y los tribunales eclesiásticos están llamados a actuar como espacios de acogida integral. A este respecto, Garrigós señala la necesidad de «conjugar adecuadamente la verdad y la caridad», abriendo la puerta a la restauración matrimonial o, cuando proceda, a la valoración de la nulidad. Alcaraz agrega que la Iglesia «no es un tribunal que evalúa la perfección, sino un hogar y un taller de restauración donde se acompaña a cada persona desde el punto exacto en el que se encuentra su vida».
Por su parte, Vidal valora el recorrido de estos diez años, señalando que, si bien en el ámbito del derecho canónico se han registrado grandes avances, la reorientación general de la pastoral ha sufrido frenos debido a una «fuerte presión ideológica, política e institucional», así como a «la irrupción de métodos de corte pentecostalista que han confundido el camino». Por ello, concluye, «la Iglesia universal ha interiorizado solo a medias Amoris laetitia».
Proponer la belleza sin ponerse a la defensiva
A las puertas de la cumbre en el Vaticano, la postura de la Iglesia se orienta cada vez más hacia una propuesta positiva de la verdad sobre el amor humano. Álvarez de las Asturias sintetiza este enfoque pedagógico y testimonial: «Más que ir respondiendo a aquellos puntos en los que encontramos que se pone en duda o se ataca la doctrina de la Iglesia, que eso sería ir tapando fuegos, creo que sería muchísimo mejor hacer un planteamiento de la belleza del plan de Dios sobre el amor humano sin defenderse de nada». La jurista subraya el valor de esta vía: «Nosotros tenemos un mensaje que es la verdad y la belleza. Vamos a proponer este mensaje sobre el amor humano, porque de la belleza del plan de Dios sobre el amor humano se llega al encuentro con el amor de Dios».
Las familias cristianas se confirman, así, como sujetos activos y no meros receptores de la misión eclesial. Cayendo de Amoris laetitia a la encíclica Humanae vitae, el itinerario sinodal recuerda que «los mismos esposos se convierten en guía de otros esposos». Como resume Borrell, «el mundo cambiará si nosotros vivimos de verdad nuestra fe. No debemos olvidar que “Mírales cómo se aman” era la consigna que convenció a los primeros cristianos».






