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Dar esperanza en la tristeza

El día 11 de febrero, festividad de la Virgen de Lourdes, coincidiendo con la Jornada del Enfermo, da comienzo la Campaña del Enfermo 2024 que concluirá el 5 de mayo, con la Pascua del Enfermo. El lema que el Departamento de Pastoral de la Salud de la Conferencia Episcopal Española propone para este año reza así: “Dar esperanza en la tristeza”.

Según el Informe Anual del Sistema Nacional de Salud 2022, España encabeza la lista de países que más ansiolíticos consumen. Esta realidad ha llevado al Departamento a reflexionar sobre las causas y modos de acompañar a estas personas para que puedan ver cumplida la promesa del profeta Jeremías, quien, hablando en nombre de Dios, decía: “Convertiré su tristeza en gozo, los alegraré y aliviaré sus penas” (Jer 31, 13).

La atención a los enfermos fue una preocupación constante y primordial en la vida de Jesús de Nazaret. Siguiendo sus pasos, la Iglesia se preocupa también por la salud integral de las personas, con todos sus componentes físicos, psicológicos, sociales, culturales, éticos y espirituales. Nos iluminan y movilizan también las palabras del Papa Francisco: “Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que tienen que sufrir, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta, pero firme confianza, aun en medio de las peores angustias” (EG 6).

El mismo Papa, con motivo de la Jornada del Enfermo de este año, centra su atención en la tristeza provocada por la soledad. En su carta titulada “No conviene que el hombre esté solo” (Gen 2, 18), nos recuerda que Dios, que es Trinidad, que es amor, creó al ser humano para la comunión, de forma que nuestra vida está llamada a realizarse plenamente en el dinamismo de las relaciones con Dios, con los demás, con la creación y con nosotros mismos. En consecuencia, la experiencia de abandono y de soledad nos asusta y se torna dolorosa para nosotros, volviéndose incluso insoportable cuando aparece una enfermedad grave que pone al descubierto nuestra fragilidad, incertidumbre e inseguridad.

El Santo Padre trae al recuerdo y se une al dolor de aquellos que, durante la pandemia provocada por la Covid-19, vivieron una terrible soledad: los pacientes, sobre todo aquellos que murieron sin sentir la cercanía de la familia, los enfermeros, el personal médico y de apoyo… También recuerda y se une al sufrimiento de aquellos que se encuentran sin apoyo y sin asistencia en zonas teñidas de sangre por la guerra, “la más terrible de las enfermedades sociales”. Incluso a aquellas otras que, en países que gozan de paz y que cuentan con mayores recursos, en su etapa de vejez y de enfermedad, viven la soledad, e incluso el abandono, fruto de una cultura del individualismo, de la eficiencia, del descarte. Donde reina esta cultura, la persona deja de ser un valor primario al que hay que respetar y amparar, sobre todo si es pobre y está discapacitada, si no es útil porque no ha nacido, o no sirve por ser anciana (cf. FT 18).

En este contexto, nos hace bien escuchar y dejar que resuene en nuestro interior la frase bíblica: “¡No conviene que el hombre esté solo!”. De esta manera nos desvela el modo de ideal de vida humana y, al mismo tiempo, denuncia la herida mortal que provoca el pecado al enfrentarnos a Dios, a los hermanos, a la naturaleza y a nosotros mismos. De esta fractura he hablado precisamente en el Plan pastoral diocesano 2023-2028. Para curarla, Cristo dio la vida por nosotros y nos ha regalado el sacramento de la reconciliación. Responsabilidad nuestra es colaborar con el Señor mostrando su rostro a los heridos por la soledad y llevándolos del aislamiento a la comunión de la Iglesia.

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