La Iglesia dedica la jornada del 2 de febrero a rezar ya recordar aquella parte de la Iglesia que vive su seguimiento de Cristo consagrándose a Él. Lo hace en la fiesta de la Presentación del Señor recordando las figuras de Simeón, aquel hombre justo y piadoso, y de Ana, aquella mujer que nunca se movía del templo y daba culto a Dios día y noche con ayunos y plegarias. La Jornada Mundial de la Vida Consagrada nos acerca, pues, a esta porción del pueblo de Dios, que no es ni la mejor ni la peor de la Iglesia, pero que sigue la llamada de Dios y dedica su vida al servicio de Cristo y de la Iglesia, sea a través de la vida contemplativa o sea a través de la vida activa, centrándose siempre, en un caso y en el otro, en un caso y en el otro.
«¿Para quién eres?» es el lema que la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada nos propone este año para esta jornada, y la respuesta que da quien sigue a Cristo, sea viviendo el carisma que sea, es que “somos para Dios”. Topa esta opción con la dinámica de una parte de nuestra sociedad, donde los intereses personales o particulares se sobreponen a los comunitarios. Afortunadamente no es una actitud hegemónica en el conjunto de la sociedad, ni en el de la Iglesia, pero sí a menudo aparece como una tentación cuando no como una tendencia.
La relación con Dios, la relación de todo creyente con Dios y por tanto también la de quien se consagra a Dios, es una relación de amor, no de sumisión o de dominio. Entregándonos a Dios no renunciamos a nosotros mismos, nos reafirmamos en el mejor sentido del término. Como nos dice san Pablo, el amor es mayor que cualquier otra cosa (Cf. 1Co 13,13); somos para Dios y Dios es amor. Entonces podemos decir también que Dios es para nosotros, para todos; hay que evitar la autorreferencia, la visión centrífuga, la centralidad en nosotros mismos; porque si somos para Dios, necesariamente somos también para los demás. No es desapego, es amor: aquel que todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. (Cf. 1Co 13,7).
La vida consagrada, como la fe de cualquier creyente (ya que consagrarse es una forma concreta de vivir la fe) no puede ser vivida desde una visión exclusivamente de introversión personal; es buscar a Dios, salir de nosotros mismos para descubrir a Cristo en el rostro de los demás. La vida consagrada ha ido adquiriendo a lo largo de los siglos múltiples facetas, la han conformado muchos rostros y los carismas se han ido sumando, más que sucediendo. Pero sea consagrándose a la oración, haciéndolo al servicio de los niños o de los ancianos, oa la atención a quienes más necesidad tienen de ser atendidos, le da igual, porque detrás de cada rostro está Dios, la causa que vale la pena servir, la causa por la que vale la pena vivir la fe.







