“No maltratarás ni oprimirás al emigrante… No explotarás a viudas ni a huérfanos… Si prestas dinero, no seas usurero”. He ahí tres preceptos negativos que parecen traducir a acciones concretas los grandes ideales que se encontraban en el Decálogo.
Junto a esas prohibiciones, hay un mandato positivo: “Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, devuélveselo antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo”. Estos consejos tienen un buen motivo: porque Dios es compasivo (Ex 22,20-26).
Con el salmo responorial nos dirigimos a Dios confiadamente: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza: Señor, mi roca, mi alcázar, mi librtador” (Sal 17)
En cuatro actitudes resume San Pablo el espíritu de la nueva ley: abandonar a los ídolos, volverse a Dios, servirle y vivir aguardando la vuelta de su Hijo Jesús. Tambien estas exhortaciones apelan a un motivo supremo: creer que Jesucrito ha resucitado de entre los muertos y nos libra del castigo futuro (1 Tes 1,5-10).
NO UN MANDATO, SINO DOS
En el evangelio del domingo pasado leíamos que los fariseos y los herodianos dirigían a Jesús una pregunta sobre el tributo que imponía Roma. En el evangelio de hoy leemos otra pregunta que un fariseo y doctor de la ley le dirige a Jesús. También él lo reconoce como Maestro y quiere saber su opinión sobre el mandamiento principal de la Ley (Mt 22,34-40).
• Jesús le dice que el primer mandamiento se encuentra en el libro del Deuteronomio: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu ser”. Frente al temor a los dioses, que atenazaba a los paganos y recome a muchas personas en nuestro tiempo, es posible amar a Dios, sabiendo que él nos ha amado primero.
• Jesús dice, además, que hay un segundo mandamiento que se encuentra en el libro del Levítico: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Esa ha sido la regla de oro de todas las culturas. El respeto, la estima y el amor que uno desea recibir es la norma de vida más clara para medir la atención que debe prestar a los demás.
ADORACIÓN Y FRATERNIDAD
Los estudiosos de la Ley de Moisés se preguntaban cuál sería el gancho del que se podrían colgar todos sus preceptos. El texto pone en boca de Jesús una conclusión que responde a esa cuestión: “En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los profetas”.
• Tanto la Ley de Moisés como la nueva vida que Jesús anuncia son incomprensibles si no se apoyan en la fuerza de la fe que motiva el amor. Reconocer y adorar a Dios como el único dios exige amar de todo corazón al que nos ha amado desde siempre. Ese amor impregna la orientación religiosa de toda la vida.
• Tanto la Ley de Moisés como el seguimiento de Jesucristo piden a los creyentes que salgan de su individualismo y reconozcan a los demás como hijos del mismo Dios. Amar al prójimo como a uno mismo es el sello de la solidaridad. Pero amarlo como hijo del mismo Padre es la garantía y la promesa de la fraternidad.
– Señor Jesús, tú eres el Maestro que nos orienta hacia el bien. Con tu palabra nos has recordado el doble mandato del amor. Y con tu compasión y tu muerte nos has revelado el modo de amar a Dios nuestro Padre y a todos nuestros hermanos. Gracias, Señor.



