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‘Ecce Homo’ de Caravaggio: una obra para contemplar


Descubierta en 2021 en Madrid, estará en el Museo del Prado hasta finales de febrero. Ahora se encuentra en Roma, en uno de los eventos culturales del Jubileo

Tras su paso por Madrid, el Ecce Homo de Caravaggio se puede seguir admirando en Roma, en la exposición monográfica dedicada al maestro del claroscuro, como uno de los eventos culturales que la Santa Sede organiza con motivo del año jubilar. La exposición permanecerá abierta hasta el 6 de julio y tendrá como sede el Palacio Barberini.

El Ecce Homo fue expuesto en el Museo del Padro hasta finales de febrero en un espacio privilegiado: una habitación sin más cuadros y en semipenumbra, subrayando de esta forma el valor de este lienzo descubierto en Madrid hace casi cuatro años. Apareció en el catálogo de una casa de subastas, atribuido a un discípulo no identificado de José de Ribera. En 24 horas, el Ecce Homo salió del proceso de subasta y expertos del museo lo identificaron inmediatamente como una obra del gran pintor italiano. Después de un profundo proceso de restauración, se expone por primera vez al público en la pinacoteca madrileña.

Caravaggio lo pintó cuando tenía entre 36 y 39 años, en circunstancias nada fáciles. Tras herir de muerte en 1606 a un hombre llamado Tomassoni, tuvo que abandonar Roma, donde había triunfado como pintor. Para evitar la pena capital, se fue a Nápoles, a la espera de recibir noticias de un posible indulto. En estos turbulentos años pintó este Ecce Homo.

Cristo, durante el cruel proceso de su Pasión, sufrió torturas a manos de los soldados romanos. Según san Juan (19, 2-5), Poncio Pilatos, tras mandarlo flagelar, lo presentó ante la multitud llevando una corona de espinas, una caña y un manto púrpura que le habían colocado sus torturadores para ridiculizarlo, por haber afirmado que era el rey de los judíos. Con las palabras «Aquí está el hombre» (Ecce Homo), Pilatos presentó al pueblo a este que «desfigurado, no parecía hombre», mostrando así su enorme sufrimiento. 

Las tres figuras que aparecen en el lienzo, ponen de manifiesto, con sus gestos, tres estados de ánimo, diferentes y complementarios a la vez.

Cristo, doliente y resignado, queda en el centro de la composición, ocupa el plano en diagonal, replicada por el cetro de caña. Queda iluminado con numerosos contrastes, peculiar característica del estilo de Caravaggio, donde las gotas de sangre se deslizan por su pálida carne. En el cuadro, se aprecia la dolorosa sumisión de Cristo, con un cuerpo desnudo, torturado por las marcas de los latigazos, que las pinceladas de Caravaggio representan con un gran realismo. 

Detrás de Cristo, la figura de un jovencísimo soldado, a quien Caravaggio retrata gritando. Acaso esté diciendo: «¡Crucifícalo!». Un chico de nariz y boca pequeñas. La frente está dibujada por un casco de color castaño, con un «corte tazón». Está pintado en la penumbra, de la que emergen los ojos, como dos lagos profundos y oscuros, donde brilla esa luz que provoca un toque de blanco, que Caravaggio añade. Los toques blancos de sus ojos expresan diversas emociones, que no nos queda claro si de odio, pánico, lástima, o, tal vez, algo rayando el pavor. 

Pilatos es la figura más cercana al espectador. Aparece involucrando directamente en la condena de Jesús a la implícita multitud y al espectador, aunque parece abrumado por la indecisión. Sin encontrar pruebas con las que condenarlo, el prefecto romano pone el veredicto en manos de la gente, que pide su crucifixión. Pilatos, gobernador romano, con su penetrante mirada, entabla un diálogo con el espectador, que se encuentra junto a un pueblo que, enardecido, grita: «¡Crucifícalo!». 

Es imposible hacerle cambiar de idea. La mirada, algo atemorizada, posee una cierta expresión mezquina, como dando a entender que también él es víctima de esta situación, como si, incrédulo ante el griterío del pueblo, estuviese a punto de pronunciar esas palabras que quieren probar la injusticia de la condena: «No encuentro en él culpa alguna» (Jn 18, 38; 19, 6). Caravaggio, en este Ecce Homo, otorga a Pilatos un papel protagonista y hace que transiten por su rostro y sus ojos todos los titubeos y resistencias, que culminarán en la condena del inocente.

En el lienzo se pueden apreciar las características propias de Caravaggio, especialmente en el peculiar ropaje de Pilatos. El pintor italiano es el único en presentar al procurador romano vestido de negro. Se trata de unas vestimentas que no son propias del mundo romano ni del mundo oriental. En realidad, son vestiduras de los rabinos judíos. Tal vez el pintor consideró que, por ser procurador de Judea, Pilatos debía vestir como la mayoría de la población. 

Estamos ante una obra con una fuerza expresiva única, capaz de envolver al espectador, de implicarlo, de interpelarlo. Una obra para admirar… pero, sobre todo, para contemplar. 

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