El presidente de la Conferencia Episcopal Española ha pronunciado su primer discurso en una Asamblea Plenaria ordinaria tras su elección el pasado mes de marzo
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Sabemos, con pensadores antiguos y modernos, que los verdaderos problemas humanos no tienen solución, sino historia, en la manera de aparecer, afrontarlos y reaparecer. El mito del progreso pretende solucionarlos hoy con las nuevas máquinas que nos abren a un mundo poshumano. Los peregrinos de esperanza sabemos que esos grandes asuntos humanos —el mal, el sufrimiento, la muerte, el amor, el sentido…— no son problemas que ciencias o ideologías puedan solucionar, sino misterio, a los que el misterio innombrable y ahora nombrado: «Jesús, Cristo, Señor», puede iluminar y sanar. Esta experiencia es la que la Iglesia quiere vivir y compartir con los compañeros de andadura.
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Ha calado en nuestra sociedad un mensaje: «tener niños no es buena idea». Los argumentos que envuelven esta propuesta están, a veces, centrados en la economía, «tener hijos es muy caro» o en la ideología de género, «los hijos son un lastre para la plena realización de la mujer»; en ocasiones se ha llegado a poner como excusa el cambio climático, «los niños son malos para el planeta porque consumen muchos recursos»; y de forma más implícita, pero muy decisiva, en lo que tiene que ver con el estilo de vida, el ocio y el negocio, «de lunes a viernes tener hijos limita tus posibilidades de promoción laboral y profesional y en el fin de semana, tus oportunidades de viajar y salir de fiesta».
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La problemática familiar no solo no es abordada, sino que desde el Estado se promueven medidas y legislaciones que agravan dichos problemas. España es el farolillo rojo en políticas familiares de protección de la familia y promoción de la natalidad. Como consecuencia, cada vez hay más personas aisladas, muchas en soledad no deseada y menos familias estables. Las familias son cada vez más pequeñas y muchas ya no tienen hijos. España se encuentra en una auténtica quiebra demográfica. Todo el sistema social, económico y, consecuentemente político, se enfrenta a un panorama de crisis global a medio plazo. El «invierno demográfico» no es algo privativo de España, aunque nuestro país destaca como alumno aventajado de ese Occidente posmoderno.
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Hay un estilo de vida y unas expectativas en nuestra sociedad, especialmente entre los candidatos más jóvenes al empleo, que hace que se rechacen muchos puestos de trabajo. Incluso surge un movimiento de entender la propia manera de vivir, la autonomía, la libertad de moverse de acá para allá, junto el elogio desmedido de la autorrealización personal, que anima a personas a rechazar la contribución al bien común asumiendo tareas y trabajos. Quizá forme parte del movimiento de la «gran renuncia» que surge a raíz de la covid en Estados Unidos y se extiende por otros lugares.
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La Iglesia anima a abordar las causas que obligan a salir de la propia tierra, afirmando el derecho a no emigrar, a combatir a las organizaciones que trafican con los emigrantes y su necesidad imperiosa de cruzar los mares o atravesar desiertos; también a las organizaciones que, en los países de llegada, aprovechan la necesidad de sobrevivir o de realizar diversas gestiones; el precio entonces es diverso: prostitución, tráficos clandestinos o préstamos usurarios. La Iglesia reconoce el derecho de los Estados de regular los flujos migratorios, pero, sobre todo, desde sus fuentes evangélicas que afirman la dignidad y la fraternidad, está comprometida en «acoger, proteger, promover e integrar» a los que llegan al lado de nuestra casa.
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Solo en este ambiente global y globalizado podemos entender lo que ocurre en España que, es cierto, tiene características propias que podemos resumir en dos coordenadas que articulan la andadura de un pueblo: el tiempo, a los españoles nos cuesta reconciliarnos con nuestra historia y, ahora, la lectura «democrática» de la historia es instrumento de polarización (mantenimiento artificial de «las dos Españas») al servicio de la conquista o mantenimiento del poder; el espacio, nuestro territorio patrio está habitado por «las Españas» que comparten una larga trayectoria de vida social y política expresada en diversos sones; hoy, de nuevo resuenan las dificultades para armonizar una nación política «de nacionalidades y regiones».
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La acogida del don recibido, ejercitado en un proyecto de bien común, en medio de los desafíos de un mundo en guerras sangrientas e híbridas, ha de hacernos superar populismo y polarización. Claro que esta doble acción precisa, por una parte, renunciar a la posverdad que legitima la mentira como instrumento político y, por otra, dar la vuelta a la tortilla de una cultura que favorece el individualismo del «derecho a tener derechos» y la desvinculación como proyecto liberador de individuos, identidades y agrupaciones sociales de todo tipo.
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Ni el Estado ni el mercado pueden salvarnos, aunque en el último tramo del tiempo moderno se hayan presentado como salvadores que pueden cumplir lo que prometen. Reducidos a consumidores y votantes, mercado y Estado nos proponen una salvación, ¡el progreso!, que no basta. Pero, la tragedia ha vuelto a despertar un alma común y fraterna, un deseo de compartir y ayudar, un don que no es comercio y un compromiso que no es voto. El Estado y el mercado necesitan del don para regenerarse y abandonar toda pretensión mesiánica.
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El valor de una crisis, como nos enseña Hannah Arendt, está en obligarnos a volver a las preguntas, hace surgir toda la exigencia de significado de nuestro yo. Permítanme proponer de manera sumaria la necesidad de preguntarnos de nuevo, en el mundo en cambio, sobre el mercado, el Estado, el progreso y en definitiva sobre el hombre, espléndido, vulnerable y mortal, y el sentido de su vida.
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El Sínodo nos otorga a los obispos, con nosotros a presbíteros y diáconos, una singular responsabilidad al servicio de la armonía y de la comunión del pueblo de Dios. Hemos de subrayar nuestra colegialidad en provincias eclesiásticas y en esta Conferencia Episcopal. Han de crecer entre nosotros los diálogos que contribuyan al discernimiento eclesial para la misión que hemos de realizar en nuestras diócesis junto con la porción del pueblo de Dios que se nos ha encomendado.
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Además de su indudable importancia eclesial, promover la vida como vocación es un asunto de importancia política en la sociedad en la que vivimos que entroniza los derechos, la libertad y postula la autonomía radical. Se echan de menos hombres y mujeres, que, además de enarbolar banderas de valores, estén dispuestos a empeñar su propia vida en aquello que proclaman. Es de una importancia política de primer grado que no solamente promovamos los derechos humanos, sino que promovamos los deberes humanos. Y quién sino la Iglesia puede generar un ambiente de deber de amor como respuesta al amor de Dios y al prójimo.
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¡El momento que estamos viviendo puede llegar a ser una gran ocasión! Lo será si nuestros ojos iluminados descubren el paso del Señor por la historia y nuestro corazón fortalecido se entrega al amor más grande caminando por sus huellas en un pueblo. ¡Juntos!








