María José Castejón Giner, de la Conferencia Española de Institutos Seculares y el Instituto Secular Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote, firma la ponencia del tercer itinerario del Congreso Nacional de Vocaciones 2025
La ponencia correspondiente al itinerario de «Sujeto», el tercero de este Congreso Nacional de Vocaciones 2025, la ha firmado María José Castejón Giner, de la Conferencia Española de Institutos Seculares y el Instituto Secular Siervas Seglares de Jesucristo Sacerdote.
En su reflexión, «se pone de manifiesto la importancia de ir formando personas que descubren su vocación como algo que configura su identidad personal». Según ha destacado, «deseamos suscitar la pregunta “¿Para quién soy?” frente a una cultura que promueve la idea del hombre sin vocación» y, para ello, resulta «fundamental el tema del discernimiento, la formación y el acompañamiento». En el itinerario de Castejón Giner la guía ha sido la constitución Lumen gentium.
La vocación: un camino de encuentro y comunión. La reflexión sobre la vocación comienza con la afirmación de que «Al principio ya existía la Palabra». En opinión de la autora, este principio nos invita a explorar tres dimensiones fundamentales del sujeto de toda vocación: el yo, el tú y el nosotros. Cada una de estas dimensiones nos ayuda a profundizar en nuestra identidad, nuestra relación con Jesucristo y nuestra pertenencia a la comunidad de creyentes.
El yo: la relación con uno mismo. La primera dimensión, el yo, nos invita a mirar hacia dentro y reconocer que cada uno de nosotros es un sujeto de vocación, estamos «abiertos a la trascendencia». La dignidad humana y la vocación cristiana son resaltadas en la constitución Lumen gentium, que nos recuerda que «hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios». Esta conciencia de ser criaturas nos conecta con nuestra propia vulnerabilidad y, al mismo tiempo, con la sed de infinitud que nos impulsa a buscar a Dios.
El tú: encuentro con Jesucristo. La segunda dimensión, el tú, se centra en la relación íntima con el Verbo. En fase más avanzada, este encuentro personal con Dios Trinitario nos invita a la conversión y a querer avanzar más en su conocimiento. De esta forma, «en el encuentro con el Tú amoroso de Dios» reconocemos nuestra identidad como hijos y hermanos, llamados a seguir las huellas de Cristo y a participar en su misión. Este encuentro transforma nuestra vida y nos convierte en testigos del amor y la misericordia de Dios.
El nosotros: comunión en la comunidad de creyentes. Como colofón,la dimensión del nosotros nos lleva a entender finalmente que nuestra relación con el tú nos conduce a una comunidad. «No estamos solos en nuestro camino espiritual; somos parte de un cuerpo más grande, el Cuerpo de Cristo», ha indicado. Esta comunión nos llama a vivir en solidaridad y amor mutuo, reflejando el amor de Dios en nuestras relaciones cotidianas. Del mismo modo, la fe en Jesucristo nos impulsa a generar relaciones nuevas basadas en el amor y la misericordia.
La vocación como respuesta a una llamada. Participar en la vida de la Iglesia es una respuesta a la llamada a ser «apóstoles de las vocaciones». Esta invitación nos desafía a ser generadores de una cultura vocacional, donde cada uno de nosotros es mediador de vocación para otros. En este proceso, la provocación es esencial, ya que genera reacciones y preguntas que nos llevan a un encuentro con Cristo. De manera inevitable, «la experiencia personal de Dios» es fundamental asimismo, combinada con la experiencia comunitaria que nos invita a caminar junto a otros en la fe.
Acompañamiento y discernimiento vocacional. El acompañamiento y el discernimiento son temas centrales en la vida de la Iglesia, en tanto proceso que debe ser personalizado y, a la vez, comunitario, ofreciendo apoyo a cada persona en su camino como discípulo. La «humildad», en opinión de la autora, es clave en este acompañamiento, que se basa en una escucha activa y atenta, permitiéndonos ser testigos de lo que Dios obra en cada persona.
La vocación y las diversas formas de vida. En atención a la vida laical, matrimonial y consagrada, cada vocación emerge como un signo de la trascendencia de Dios y comunica la realidad del amor divino. La vocación laical se vive en medio del mundo, transformando estructuras y llevando el Evangelio a todos los ambientes. La vocación matrimonial es un signo del misterio de la Trinidad, mientras que la vida consagrada se presenta como una forma de vida alternativa marcada por el espíritu de las Bienaventuranzas.








