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El grito de León XIV desde el puerto de Arguineguín: «La dignidad humana no tiene pasaporte»

El Papa pide desde el que fue el muelle de la vergüenza «vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes y procesos serios de acogida e integración»

En 2020, en plena pandemia, las imágenes del puerto de Arguineguín dieron la vuelta al mundo. Miles de migrantes hacinados en unos cientos de metros cuadrados, algunos obligados a dormir al raso, convirtieron este lugar en el puerto de la vergüenza, en almacén de seres humanos, según los calificativos que se pudieron leer y escuchar aquellas semanas.

Seis años después, la visita del papa León XIV —el primero en visitar las islas— ha vuelto a poner en el foco mundial a este enclave olvidado, signo de esta ruta atlántica, una de las más mortíferas del mundo. Según la ONG Caminando Fronteras, solo en 2025 se perdieron 1.906 personas, entre fallecidos y desaparecidos; 5.000 en los últimos diez años.

«Su presencia aquí, Santo Padre, no es un gesto más. Es una luz. Es un recordatorio de que nadie es invisible, de que cada vida cuenta, y de que la indiferencia no puede ser nunca la respuesta», ha dicho el obispo de Canarias, José Mazuelos, en su mensaje de bienvenida.

Un día antes de la entrada en vigor del Pacto de Asilo y Migración de la Unión Europea, el Papa se ha dirigido a autoridades civiles, parlamentos, gobiernos y organizaciones para recordar que en materia migratoria «no basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar las muertes cuando ya han ocurrido».

«Cada barca que llega —ha continuado— no trae solo migrantes; trae consigo una pregunta: ¿qué mundo hemos construido, si tantos hermanos tienen que arriesgar la muerte para buscar la vida?».

La pregunta encuentra su respuesta en la necesidad de implementar, como exigencia de la dignidad humana, «vías legales y seguras, rescate y asistencia, cooperación real contra los traficantes y procesos serios de acogida e integración».

Pero junto a estas políticas, el Papa ha subrayado, como ya ha hecho en otras ocasiones, la existencia de «un derecho a no tener que migrar», que significa permanecer en la propia tierra «sin hambre, sin guerra, sin persecución, sin violencia, sin que la tierra se vuelva inhabitable, sin que la corrupción robe el pan de los pobres, sin que las armas destruyan el futuro de los niños».

Al mismo tiempo, ha pedido un examen de conciencia a las naciones de origen, que deben «crear condiciones de paz, justicia y desarrollo»; a las naciones de tránsito, «llamadas a proteger y a no dejar a los débiles en manos de redes criminales»; y a Europa, «que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo y el Atlántico sean cementerios sin lápidas; para la comunidad internacional, llamada a una cooperación eficaz y perseverante».

En este punto, ha lanzado un grito que se asemeja mucho a las denuncias de su predecesor, el papa Francisco, a la globalización de la indiferencia. «No podemos acostumbrarnos a contar muertos —ha sentenciado León—. La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar a la frontera».

La Iglesia no puede pasar de largo

Con el mensaje a los responsables políticos y a la sociedad civil, León XIV ha apelado a la propia Iglesia, pues «la acogida del migrante no puede ser algo secundario ni delegada únicamente a algunos voluntarios».

Así, ha vinculado el sacramento de la Eucaristía, donde se recibe la motivación para vivir la caridad, con la respuesta a esta gran desafío actual. La consecuencia es que «no podemos luego pasar de largo ante los cayucos y las pateras, pues de la oración brota todo servicio y a ella vuelve todo compromiso».

Igual que el Papa no puede desentenderse de estos muelles y de este drama, ha concluido, «la Iglesia no puede desentenderse de estas aguas ni de ningún lugar donde el hambre, la sed, la violencia, el miedo o el exilio sigan hiriendo la dignidad humanad». Los discípulos de Jesús no pueden considerar ajeno el clamor de quienes gritan desde la noche.

Mafias: monstruos que acechan los mares

Y junto a estas llamadas, León XIV ha hecho una fuerte critica a las mafias y tratantes, «monstruos que acechan estos mares, que trafican con la desesperación y que esclavizan mujeres y niños ante «la indiferencia de muchos que permiten que los pobres sean tragados por la explotación y el olvido».

A los migrantes les ha pedido que no escuchen las promesas de estas mafias, que ofrecen paraísos a cambio del propio cuerpo, de dinero, de silencio o de su libertad. «Son cantos de sirena, industrias de muerte».

Una mujer, cuyo testimonio fue leído ante el Papa por otras personas para salvaguardar su identidad, cayó en estas redes. Ella quería buscar una vida digna para sus hijas y encontró un cautiverio de seis meses hasta que tuvo la oportunidad de cruzar.

Al borde del mar, vio como los migrantes que viajaban en otra patera fallecieron ahogados. Y tuvo que decidir de nuevo: «Vivir sufriendo o cruzar y jugármela. Morir intentándolo, o quedarse y no tener nada. Elegí cruzar». En el camino, bajo la tutela de una mafia, se quedó embarazada y al llegar a puerto fue obligada a prostituirse.

Volvió a recuperar su vida cuando la Policía detuvo a los que la esclavizaban y fue acogida por entidades de Iglesia: «He aprendido a creer en mí misma de nuevo. He aprendido que puedo lograrlo».

El Papa, tras escucharla con atención, ha recogido la historia y, dirigiéndose a ella por su nombre, le ha dicho: «Tu vida no es de quienes te dañaron; tu cuerpo no es de quienes se aprovecharon de ti; tus días no pertenecen a quienes quisieron encadenarlos al miedo. Tu vida pertenece a Dios y conserva una dignidad que no pueden arrancarte. Y nosotros queremos caminar contigo hasta que esa verdad vuelva a sentirse más fuerte que el dolor».

«No son números»

Consciente de que cada persona es tierra sagrada, León XIV quiso, con la palabra, inclinarse ante su dignidad, porque «no son números ni expedientes». Y sí personas con una familia y una casa dejada atrás, con sueños que nadie tiene derecho a despreciar.

León XIV también ha respondido a Tito, capitán de Salvamento Marítimo, que le había contado las lágrimas derramadas en los rescates al ver a niños en la máxima vulnerabilidad, entre muertos y heridos.

«No se trata de resolverlo todo —le ha dicho el Papa—, sino de ponerlo todo en manos de Dios y de estar presentes allí donde el ser humano sufre, donde los recursos no bastan y no hay un idioma común, pero donde pueden hablar los textos». Así, ha agradecido a los que se suman a los rescates, a la acogida, al acompañamiento, dando testimonio de que la misericordia concreta puede salvar y cambiar vidas.

La idea del Papa ha coincidido con la expresada por la voluntaria de Cáritas: el modo de atender a las personas que llegan pasa por escuchar ofrecer gestos de cercanía o ayudar a conseguir la documentación. Pequeños gestos que «pueden transmitir esperanza».

León XIV ha cerrado su discurso apelando a la historia, a cómo nos recordará cuando pasen las décadas, los siglos: «Que no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras cosas. Porque hoy, aquí, junto al mar, cada vida que llega nos pregunta qué queda de nuestra humanidad. Tarde o temprano se sabrá si supimos custodiarla o si dejamos que la indiferencia hablara por nosotros».

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