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El Papa, a la comunidad diocesana canaria: «Ustedes ayudan a llevar las cargas de tantos hermanos crucificados por los dramas de la vida»

En la Catedral de Santa Ana, León XIV ha invocado la protección de María, Stella Maris, para que ayude a la comunidad a «“remar mar adentro” y así lleguemos al puerto seguro del encuentro definitivo con su Hijo»

Con el sol atlántico bañando la piedra volcánica de Vegueta, las campanas de la catedral de Santa Ana anunciaban un acontecimiento histórico para las Islas Canarias. Tras una mañana de emoción y fraternidad en el puerto de Arguineguín, el papa León XIV cruzaba el umbral del mayor templo del archipiélago, en Las Palmas, para encontrarse con el corazón de su comunidad eclesial. El aire, impregnado de incienso y salitre, ha vibrado con el recibimiento de cientos de fieles a su «padre y hermano en la fe».

El protocolo ha conferido al encuentro un aire de solemnidad antigua. A su llegada a la plaza de Santa Ana, el Santo Padre ha sido recibido por el obispo de la Diócesis de Canarias, monseñor José Mazuelos Pérez, mientras dos niños le hacían una ofrenda floral, como gesto de pureza y sencillez. Siguiendo la tradición litúrgica, el decano del cabildo catedralicio ha presentado la cruz para que ser besada por el Pontífice, así como el agua bendita para la aspersión de los fieles allí congregados. Antes de ocupar su lugar en el altar, León XIV se ha retirado unos instantes a la Capilla del Santísimo Sacramento para recogerse de manera silenciosa. Sin duda, una pausa necesaria dentro de la frenética agenda de este viaje apostólico por España y como preparación para la intensidad de los testimonios de la comunidad canaria.

Monseñor Mazuelos, así las cosas, ha dibujado el mapa de una Iglesia que se siente vanguardia y puente. «Santo Padre, nuestra diócesis posee una identidad profundamente marcada por su condición insular y fronteriza. Somos una Iglesia situada en medio del Atlántico, encrucijada de caminos entre Europa, África y América», ha afirmado. Mazuelos no ha querido ocultar las cicatrices de su tierra: pese a una «creciente secularización que debilita el sentido de Dios» y de las «heridas afectivas de tantos hogares», ha puesto especial énfasis en el «drama migratorio que toca de manera especial nuestras costas». Y ha concluido pidiendo al Papa que confirme en la fe a su pueblo y lo anime a «no perder nunca la esperanza ni la pasión evangelizadora».

Tras el obispo, la catedral se ha convertido en un confesionario abierto de la vida consagrada y laica. El padre Santiago Cerrato Cáceres, misionero claretano, ha conmovido al auditorio al hablar de la fragilidad del ministerio en tiempos de soledad: «Santidad: usted sabe muy bien que, en ocasiones, en la vida del sacerdote… la soledad pesa, las dudas oscurecen el corazón y el cansancio parece más fuerte que la esperanza». Y ha recordado con emoción la figura del copatrono san Antonio María Claret, citando aquellas palabras que hoy parecen grabadas en el ánimo del Papa: «Estos canarios me han robado el corazón».

La voz del laicado se ha escuchado gracias a Enélida Hernández Monzón, secretaria general de Pastoral, quien ha subrayado la urgencia de una renovación profunda en las estructuras. «Sentimos la llamada a cambiar de paradigma: de una Iglesia centrada en conservar lo existente a una Iglesia en salida», ha afirmado con determinación. Enélida ha apostado por una Iglesia que sea «verdaderamente “comunidad de comunidades”», donde se promueva un «liderazgo compartido» y se camine con ilusión en medio de los desafíos de un tiempo marcado por la disminución de vocaciones.

Finalmente, ha sido el turno de León XIV: «Ustedes, canarios nativos o por adopción, Pueblo de Dios que peregrina en tierras rodeadas por el Atlántico, tienen el privilegio de gozar cada día de la presencia majestuosa del mar», ha comenzado, reconociendo que la imagen del océano permanece grabada «de manera perenne» en las pupilas de los isleños. El Papa ha recurrido a la sabiduría de san Agustín para explicar la travesía de la fe en un mundo turbulento: «Nadie es capaz de pasar el mar de este mundo si no lo lleva la cruz de Cristo».

Con la autoridad de quien guía un navío en plena tempestad, el Pontífice ha trazado sus «pautas de navegación». «La primera “pauta de navegación”, por tanto, es abrazar la cruz de Cristo; y ustedes lo hacen cotidianamente, por ejemplo, como cireneos, acompañando y ayudando a llevar las cargas de tantos hermanos y hermanas crucificados por los dramas de la vida». A este respecto, León XIV ha agradecido explícitamente esa labor de caridad y misericordia que en Canarias se vuelve pan cotidiano frente a la desesperación de quienes llegan a sus orillas buscando futuro.

El Santo Padre ha demostrado asimismo conocer la mística local, al citar la tradición de la «lluvia de pétalos de flores ante el Santísimo Sacramento» que se realiza cada día de la Ascensión en esa misma catedral. Para él, este gesto no es solo devoción estética, sino un signo de los «bienes espirituales y celestiales» que el Señor derrama sobre su pueblo. «Cultivar una espiritualidad eucarística es ahondar en una espiritualidad de la unidad eclesial en el amor», ha destacado, exhortando a la Iglesia canaria a trabajar para «que todos sean uno… para que el mundo crea».

A continuación, ha vinculado la santidad con la geografía humana de las islas, mencionando al venerable Antonio Vicente González, el «buen pastor canario», como ejemplo de vida transfigurada por la gracia divina. Con su ejemplo, ha animado a los presentes a ser «testigos fieles del Evangelio en este nuevo tiempo de la historia, no exento de turbulencias y contradicciones». Para el Papa, la fe canaria debe ser como una luz de posición en la noche del océano, firme, orientadora y siempre encendida.

La caridad, eje central de su discurso, ha sido descrita como un amor que «se hace alimento en la acogida, en la escucha, en la cercanía y en el cuidado de los más frágiles». El Pontífice ha recordado las palabras del Evangelio sobre el forastero y el hambriento que, en el contexto de la crisis migratoria actual, cobran una relevancia punzante en el archipiélago. Su mensaje ha sido, de hecho, un envío misionero: «Les animo a seguir adelante fuertemente arraigados en Él, para seguir navegando con valentía en este nuevo tiempo de la historia».

El Papa se ha detenido también en la importancia de la sinodalidad, que Enélida había introducido previamente. Para León XIV, construir la Iglesia significa «edificar en el bien, armonizar nuestras diferencias y trabajar unidos en favor de todos». Ha insistido en que cada miembro del Pueblo de Dios ha recibido dones diversos no para el brillo personal, sino para la «edificación del cuerpo de Cristo», convirtiéndose así en «arquitectos sabios» de la civilización del amor.

En la penumbra fresca de las naves laterales, los sacerdotes y religiosos han escuchado cómo el Papa validaba sus fatigas. «Los santos experimentaron la nostalgia de Dios y, al tener que afrontar las tempestades de la existencia, supieron llevar a Jesús en sus barcas», les ha recordado, asegurando que solo así se pueden calmar «las olas de la incertidumbre y el temor». Estas palabras han caído como un bálsamo para aquellos que, como el padre Santiago, habían confesado el peso de la soledad en el servicio diario.

Casi al finalizar, León XIV ha pedido al Espíritu Santo la gracia de vivir unidos bajo la guía de «tres estrellas que brillan en el cielo de nuestra vida espiritual»: la fe, la esperanza y la caridad. Así, invocando la protección de la Bienaventurada Virgen María, Stella Maris, le ha pedido que ayude a la comunidad a «“remar mar adentro” y así lleguemos al puerto seguro del encuentro definitivo con su Hijo». Ha sido un final desde este leitmotiv náutico para un pueblo que sabe que su destino, al igual que su fe, está escrito en el agua.

El acto ha concluido con un intercambio de dones que sella la comunión entre Roma y Canarias. El Papa ha entregado a monseñor Mazuelos un medallón conmemorativo de su pontificado y un cáliz de plata, símbolos del sacrificio eucarístico y la unidad. Al salir, León XIV ha recorrido nuevamente las naves de la catedral, cuyas columnas fasciculadas imitan con asombrosa precisión la forma de las palmeras canarias.

Mientras el séquito papal se ha dirigido a la Casa Episcopal para un almuerzo privado, en el ambiente queda la sensación de que, como bien había vaticinado el padre Santiago, estos canarios también le han robado el corazón al Sucesor de Pedro en su paso por la encrucijada del Atlántico.

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