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Francisco ha enviado un mensaje a esta reunión de líderes globales centrado en la inteligencia artificial
El papa Francisco se ha dirigido este jueves a los líderes que participan en el Foro Económico Mundial, más conocido como Foro de Davos, que se celebra hasta este viernes sobre el tema Colaboración en la Era Inteligente.
En un discurso muy centrado en la inteligencia artificial, el Pontífice ha afirmado que la IA debe ser ordenada a la persona humana y formar parte de los esfuerzos para lograr «una mayor justicia, una fraternidad más extendida y un orden más humano de las relaciones sociales».
Y ha añadido: «El progreso marcado por el nacimiento de la IA exige un redescubrimiento de la importancia de la comunidad y un renovado compromiso para cuidar de la casa común que nos ha sido confiada por Dios. Para gestionar las complejidades de la IA, los gobiernos y las empresas deben ejercer la debida diligencia y vigilancia».
Texto completo del mensaje del papa Francisco
El tema del encuentro de este año del Foro Económico Mundial, Colaboración para la Era Inteligente, ofrece una buena oportunidad para reflexionar sobre la Inteligencia Artificial como instrumento no solo de cooperación, sino también para hacer que los pueblos se reúnan.
La tradición cristiana considera el don de la inteligencia como un aspecto fundamental de la persona humana creada «a imagen de Dios». Al mismo tiempo, la Iglesia católica siempre ha sido protagonista y defensora del progreso de la ciencia, la tecnología, las artes y otras formas de empresa humana, considerándolos ámbitos de «colaboración del hombre y la mujer con Dios para llevar a la perfección la creación visible» (Catecismo de la Iglesia Católica, 378).
La IA está concebida para imitar la inteligencia humana que la diseñó, suscitando así una serie única de interrogantes y desafíos. A diferencia de muchas otras invenciones humanas, la IA es entrenada sobre los resultados de la creatividad humana, lo que le permite generar nuevos artefactos con un grado de habilidad y una velocidad que a menudo emulan o superan las capacidades humanas, suscitando importantes preocupaciones sobre su impacto en el papel de la humanidad en el mundo. Además, los resultados que la IA es capaz de conseguir son casi indistinguibles de los de los seres humanos, planteando preguntas sobre su efecto en la creciente crisis de verdad en el foro público. Igualmente, esta tecnología está diseñada para aprender y tomar ciertas decisiones de forma autónoma, adaptándose a nuevas situaciones y proporcionando respuestas no previstas por sus programadores, planteando así importantes interrogantes relativos a la responsabilidad ética, la seguridad humana y las implicaciones más amplias de tales desarrollos para la sociedad.
Mientras que la IA es un logro tecnológico extraordinario capaz de imitar ciertos resultados asociados a la inteligencia humana, esta tecnología hace «una elección técnica entre varias posibilidades y se basa o en criterios bien definidos o en inferencias estadísticas. El ser humano, en cambio, no solo elige, sino que en su corazón es capaz de decidir» (Discurso en la Sesión del G7 sobre Inteligencia Artificial, Borgo Egnazia [Puglia], 14 de junio de 2024). De hecho, el uso mismo de la palabra «inteligencia» conectado a la IA es inapropiado, ya que la IA no es una forma artificial de inteligencia humana, sino un producto suyo. Si se usa correctamente, la IA ayuda a la persona humana a realizar su vocación, en libertad y responsabilidad.
Como cualquier otra actividad humana y cualquier desarrollo tecnológico, la IA debe ser ordenada a la persona humana y formar parte de los esfuerzos para lograr «una mayor justicia, una fraternidad más extendida y un orden más humano de las relaciones sociales», que tienen «más valor que los progresos en el campo técnico» (Gaudium et spes, n. 35; cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 2293).
Existe, sin embargo, el peligro de que la IA se utilice para promover el «paradigma tecnocrático», según el cual todos los problemas del mundo pueden resolverse únicamente con medios tecnológicos. En este paradigma, la dignidad y la fraternidad humana a menudo se subordinan a la búsqueda de la eficiencia, como si la realidad, la bondad y la verdad emanaran intrínsecamente del poder tecnológico y económico. Sin embargo, la dignidad humana nunca debe ser violada en favor de la eficiencia. Los desarrollos tecnológicos que no mejoran la vida de todos, sino que crean o aumentan las desigualdades y los conflictos, no pueden ser definidos como un verdadero progreso. Por lo tanto, la IA debe ponerse al servicio de un desarrollo más sano, más humano, más social e integral.
El progreso marcado por el nacimiento de la IA exige un redescubrimiento de la importancia de la comunidad y un renovado compromiso para cuidar de la casa común que nos ha sido confiada por Dios. Para gestionar las complejidades de la IA, los gobiernos y las empresas deben ejercer la debida diligencia y vigilancia. Deben evaluar críticamente las aplicaciones individuales de la IA en contextos particulares con el fin de determinar si su uso promueve la dignidad humana, la vocación de la persona humana y el bien común. Como ocurre con muchas tecnologías, los efectos de los diferentes usos de la IA pueden no ser siempre previsibles desde el principio. A medida que la aplicación de la IA y su impacto social se hacen más evidentes con el tiempo, es necesario adoptar respuestas adecuadas en todos los niveles de la sociedad, según el principio de subsidiariedad, con usuarios individuales, familias, sociedad civil, empresas, instituciones, gobiernos y organizaciones internacionales que se esfuercen a su propio nivel para asegurar que la IA esté dirigida al bien de todos. Hoy existen importantes desafíos y oportunidades donde la IA se sitúa en un marco de inteligencia relacional, donde cada uno comparte la responsabilidad del bienestar integral de los demás.
Con estos sentimientos ofrezco mis mejores votos orantes para las deliberaciones del Foro e invoco con gusto sobre todos los participantes una abundancia de bendiciones divinas.








