En la audiencia general, el Papa invitó a los cristianos a no ser espectadores desinteresados de la historia, sino a escuchar con el corazón las alegrías y los sufrimientos de la humanidad, especialmente de los pobres.
El Papa León XIV dedicó la catequesis de la audiencia general de este miércoles a inaugurar una nueva etapa de su ciclo sobre los documentos del Concilio Vaticano II. Tras recorrer otros textos conciliares, el Pontífice comenzó a comentar la Constitución pastoral Gaudium et spes.
El Papa recordó que con esta Constitución el Concilio quiso explorar un tema fundamental: la relación entre la Iglesia y el mundo contemporáneo. Evocó el discurso inaugural de san Juan XXIII, del 11 de octubre de 1962, en el que el Papa se distanciaba de los «profetas de calamidades» que consideran que los tiempos actuales son enteramente peores que los pasados. Frente a esa mirada, subrayó, la Gaudium et spes no propone «un optimismo ingenuo», sino una renovada fidelidad al misterio de Cristo, que al encarnarse quiso compartir nuestra vida. De ahí que la Iglesia haga suyos «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren».
Contra la pasividad y la indiferencia
El eje de la catequesis fue precisamente esa llamada a compartir la suerte de la humanidad. Se trata, dijo León XIV, de «salir de toda pasividad e indiferencia» ante los acontecimientos y la vida de las personas, sobre todo frente a los cambios rápidos y profundos de la época. «No es posible quedarse como espectadores desinteresados», advirtió; al contrario, hay que «escuchar con el corazón, dejarse interpelar y dejarse involucrar». Los creyentes, añadió, están llamados a cargar con las dificultades de sus hermanos, en especial de quienes se ven aplastados por la injusticia, la discriminación y la violencia.
Esa cercanía, explicó el Papa, permite comprender mejor los acontecimientos y la propia revelación, y responde al deber de la Iglesia de «escrutar los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio». Una Iglesia que —recordó citando el texto conciliar— no se mueve por «ninguna ambición terrena», sino que busca «servir y no ser servida», prolongando la obra de Cristo.
No se trata, insistió, de un mero imperativo moral. León XIV recuperó las palabras del Papa Francisco en Evangelii gaudium según las cuales «la opción por los pobres es una categoría teológica antes que cultural, sociológica, política o filosófica», y recordó que los pobres piden ser escuchados y acompañados como amigos.
Una Iglesia al servicio de la persona
La solidaridad cristiana, prosiguió el Papa, obliga también a desenmascarar las contradiccione» del mundo actual, un progreso científico y tecnológico que ofrece nuevas posibilidades, pero solo a algunos; una mayor disponibilidad de riquezas y poder económico que, sin embargo, deja a una gran parte de los habitantes del mundo atormentada por el hambre y la miseria; y la incapacidad de renunciar al consumo egoísta y a «la ilusión de que la guerra es una vía eficaz para construir la paz».
En un tiempo marcado por profundos cambios y preocupantes desequilibrios, concluyó, la Iglesia está llamada a servir al ser humano, acogiendo los interrogantes y los anhelos más hondos de su corazón e indicando en Cristo «la clave, el centro y el fin de toda la historia humana». León XIV pidió que la alegría y la esperanza —gaudium et spes— sean «los rasgos distintivos de una Iglesia que anuncia y da testimonio del Evangelio, acercándose a las mujeres y a los hombres de nuestro tiempo».






