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El Papa concluye su viaje a Mongolia: «El verdadero progreso de las naciones no se mide por la riqueza económica ni por la inversión en armamento»

El papa Francisco ha concluido su viaje con la inauguración de la Casa de la Misericordia de Ulán Bator, una ocasión que ha aprovechado para recordar que «el verdadero progreso de las naciones no se mide por la riqueza económica, ni mucho menos por lo que invierten en el ilusorio poder de los armamentos». Para el Pontífice, el progreso tiene que ver con la capacidad para «atender la salud, la educación y el crecimiento integral de la población», recoge Vatican News.

El edificio es nuevo, pero el proyecto lleva en marcha desde 2019. Por las nuevas instalaciones pasarán niños y jóvenes con problemas, a personas sin hogar, víctimas de la violencia doméstica, migrantes y personas con discapacidad. En este sentido, Francisco ha dado las gracias a todos aquellos que ofrecen su servicio gratuito y desinteresado por los más necesitados y lo hacen «por puro amor al prójimo».

«En efecto, la gratuidad aligera el alma, cura las heridas del corazón, acerca a Dios, descubre la fuente de la alegría y mantiene joven por dentro. En este país lleno de jóvenes, dedicarse al voluntariado puede ser un camino decisivo para el crecimiento personal y social», ha agregado.

En este sentido, ha reivindicado la labor del tercer sector y entidades caritativas, pues, incluso en sociedades con un alto nivel de vida, «el sistema de seguridad social no basta por sí solo para prestar todos los servicios a los ciudadanos». Son necesarios, pues, «grupos de voluntarios que comprometen su tiempo, sus capacidades y sus recursos por a amor a los demás».

También ha dicho que no solo las personas en buena posición social pueden dedicarse al voluntariado: «No es necesario ser rico para hacer el bien, al contrario, casi siempre es la gente corriente la que dedica tiempo, conocimiento y corazón a preocuparse por los demás. Y ha recordado que la Iglesia no hace promoción social por proselitismo, «como si preocuparse por los demás fuera una forma de persuasión para atraerlos al propio bando».

«No, los cristianos reconocen a los necesitados y hacen lo que pueden para aliviar su sufrimiento, porque allí ven a Jesús, el hijo de Dios, y en él la dignidad de toda persona, llamada a ser hijo o hija de Dios. Me gusta imaginar esta Casa de la Misericordia como el lugar donde personas de diferentes credos, e incluso no creyentes, aúnan esfuerzos con los católicos locales para ayudar compasivamente a tantos hermanos y hermanas en la humanidad», ha agregado.

Finalmente, ha subrayado que la caridad no solo es cuestión de dinero, como si la única manera de ocuparse de los demás fuera emplear personal e invertir en grandes estructuras. «La caridad requiere profesionalidad, pero las iniciativas caritativas no deben convertirse en negocios, sino conservar la frescura de las obras de caridad, donde los necesitados encuentran personas capaces de escucha y compasión, más allá de cualquier compensación. […] Lo que es indispensable es un corazón bueno, decidido a buscar lo mejor para el otro», ha terminado.

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