Los chascarrillos son una de las señas de identidad del papa Francisco. Recuerdo uno que pasó algo desapercibido y que se ha convertido en mi favorito. En unas vísperas con consagrados, sacerdotes y seminaristas en 2015 en La Habana, al hablar de la pobreza, dijo: «Cuando una congregación religiosa empieza a juntar plata y a ahorrar, Dios es tan bueno que le manda un ecónomo desastroso que la lleva a la quiebra. Son de las mejores bendiciones de Dios a su Iglesia […], la hacen libre, la hacen pobre». Lo que para mí fueron unas palabras proféticas, a muchos les parecieron exageradas. ¿Puede haber gestos proféticos que no sean exagerados?
No es que Dios desee malos gestores, pero lo que sí desea son personas que gestionen sus vidas según los criterios de Cristo. Unos criterios que contrastan claramente con la lógica del rendimiento económico mundano. Como religiosos creo que tenemos que estar muy en alerta. Nuestra consagración no excluye ninguna dimensión de nuestra vida, menos aún la económica.
La razón de ser de la vida religiosa es mostrar el derroche de la gracia inmerecida de Dios con el ser humano. Lo que puede parecer necio, desastroso, ineficiente o inútil desde un criterio de productividad, nosotros sabemos que es expresión del poder de Dios.
Nuestra razón de ser no se juega en la rentabilidad, sino en la gratuidad. Una gratuidad que se expresa en: el desprendimiento; el amor casto y desinteresado; la fidelidad y obediencia desganadas, la generosidad y preocupación hacia trabajadores y empobrecidos; o el esmero y la belleza de la celebración litúrgica.
¿Habremos cuidado demasiado lo útil o productivo, y poco lo inútil o lo que no cuenta? ¿Tendríamos que centrarnos más en ser expertos de lo inútil? Hay quien piensa que rentabilidad y gratuidad no tienen que estar reñidas, pero ¿y si sí? Si hubiera que elegir, yo preferiría ser un desastre en rentabilidad antes que perder gratuidad.







