Hay cosas en la vida que suelen aparecer juntas. Como cuando uno tiene cerca un embarazo y aparecen embarazadas por todos lados. No es que sea extraordinario, sino que hay una mayor atención.
Pues algo así pareciera que en este tiempo tras el verano ha sucedido a mi alrededor. Parece que mucha gente está lidiando con su vocación. Un par de matrimonios recién casados con toda la vida y el amor por delante, unos chicos que empiezan su vida religiosa con la ilusión y el descubrimiento y el amor de querer entregarse a Dios, una universitaria que recién acaba la carrera y se está peleando por abrirse hueco. Pero también un divorcio, una exclaustración temporal, un fraile que cuelga sus hábitos, un sacerdote que se seculariza, un trabajo que no aparece…
Lo de la vocación no es algo sencillo. No es algo constante, sereno y pacífico. Más bien, como toda historia de amor, es más parecido, al menos durante el tiempo que duran las cuitas y los esfuerzos —es decir, hasta diez minutos después de muerto, según un formador de mis tiempos mozos nos decía a los novicios—, ya digo, más parecido a como un jinete doma a un caballo. A como uno se deja hacer por Dios. A un combate.
Y no siempre hay garantías de éxito. El fracaso, la frustración, el cansancio. Las caídas, los golpes de la vida, los enfados. Las dudas, los miedos, las posibilidades de alternativas. El propio pecado. La culpa. A veces todo eso puede tanto o más que el amor, la esperanza, la ilusión o el sentido.
Quizás toca recordarnos que la vocación no tiene que ver con comodidad, sino con sentido. Que el amor no es solamente bienestar, sino razones para vivir. Nos toca confiar, esperar, rezar y empeñarse. Y no olvidar que Dios siempre cuida de nosotros con amor.







