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Amistad

Mi maestro de novicios nos insistió mucho en un detalle que en aquellos años de comenzar la vida religiosa no me pareció especialmente importante, pero que con el tiempo y los reveses naturales de la vida se ha ido haciendo cada vez más fundamental, y que indicaba una sabiduría y una perspicacia extraordinaria: que los religiosos tengamos amigos. 

Nos insistía en que tuviésemos amigos dentro y fuera de la Orden. Amigos dentro de la comunidad, de la congregación, de los campos de misión y pastoral, pero también de fuera del estricto ámbito eclesial: los amigos de toda la vida, los amigos nuevos que llegan, o los viejos que vuelven.

Santo Tomás de Aquino en una cita ya célebre de la Suma Teológica dice que existen cinco remedios naturales cuando llega la melancolía al corazón del ser humano: dormir y darse un buen baño; tratar de mirar las cosas con objetividad buscando la verdad de las situaciones; el llanto; concederse algún pequeño placer… y, desde luego, estar con amigos. 

Los amigos son un bálsamo para los momentos alicaídos. Son con quienes simplemente uno puede ser sin más, porque ya lo saben todo de ti y aun así te quieren. Son con quienes pensar en voz alta, con quien contrastar ideas, con quien llorar o con quien darse ese pequeño placer que ayude a aliviar la tristeza. Son quienes te pueden regañar con afecto y de quien se suele aceptar hasta lo que no nos gusta. Son con quien compartir y compartirte sin más. Son con quien reencender la esperanza.

Dicho de otro modo, son un enorme regalo del buen Padre Dios. La forma en la que él mismo aparece tantas veces en nuestra vida y es que cada amistad verdadera no es sino reflejo de la amistad de Dios por cada uno de nosotros. 

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