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Emmanuel Lwamba, Premio de Ensayo Teológico Joven PPC: «La pantalla debilita el deseo de vivir las cosas en carne propia»

Emmanuel Lwamba Bilonda, rector de un seminario en el Congo, ha ganado por unanimidad el VII Premio de Ensayo Teológico Joven PPC por un ensayo sobre Jesucristo como ‘influencer’

Emmanuel Lwamba Bilonda tiene 33 años. No es nativo digital pero casi. Aunque no ha crecido entre pantallas, le llegaron en una juventud muy temprana, por lo que entiende muy bien a los jóvenes que acompaña. En este ensayo, Jesús en las redes sociales, ganador del Premio de Ensayo Teológico Joven PPC, muestra su preocupación por la transmisión del Evangelio en un mundo virtual. «Las redes sociales son un primer contacto, pero necesitamos la realidad» señala. En ECCLESIA le hemos preguntado por ello.

Empiezas la obra con esta pregunta: «de haber pasado su vida terrena entre nosotros en esta época, ¿tendría Jesús un perfil en Instagram, Facebook, Twitter?» ¿Tú qué respondes?

A mi modo de ver las cosas, puedo afirmar que Jesús tendría un perfil en las redes sociales y si no lo tuviera, la gente se lo crearía en forma de fanpage y publicaría sus enfrentamientos (discusiones o diálogos) con los fariseos, escribas, herodianos. Se publicarían también sus enseñanzas públicas o privadas a sus discípulos en parábola o no, etc. ¿Por qué lo digo? Porque al hombre moderno le gusta todo lo que llama la atención: el buzz. Con razón, el criterio de las redes sociales es la notoriedad. La historia de Jesús llama la atención. Haría de él en esta época una estrella y un influencer. No sería estrella a la manera del mundo, es decir, buscando fama y dinero. Lo sería sui generis, porque su finalidad seguirá siendo: «anunciar a los pobres la Buena Nueva, proclamar la liberación a los cautivos y devolver la vista a los ciegos, dar libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor» (cf. Lc 4,18-19). Tener un perfil en las redes sociales tendría una consecuencia, quizás negativa, para el hombre moderno. Me explico. De un Jesús online, a pesar de tener una cuenta verificada, algunos esperarían que tuviera una doble personalidad: una offline y otra online, lo cual es común hoy día. Así, podría ser visto como un impostor, porque las redes sociales están llenas de estafadores. Dicho esto, es imposible tener un perfil de Jesús en las redes sociales, según se entiende hoy día. Sin embargo, el perfil de Jesús que se tiene en las redes sociales offline, las cuales son humanas, es decir, en la vida ordinaria, es el de uno que entra en relación con nosotros y nos salva para que seamos todos siervos del Señor, amigos y hermanos de Jesús.

¿Debemos los cristianos hacer misión en redes sociales y utilizar los nuevos lenguajes y narrativas para llegar a la sociedad de hoy?

Sabiendo que no existe vocación sin misión, los cristianos tienen que ser misioneros incluso en las redes sociales. De hecho, se dice que para evangelizar hay que estar donde está la gente. Para evangelizar a los jóvenes, hay que estar donde están los jóvenes. Actualmente, están en las redes sociales porque los lugares físicos de encuentro como la escuela y la parroquia que ofrecían actividades de ocio y formación están desapareciendo o han desaparecido y solo ofrecen actividades formales tales como son respectivamente las clases y la misa (los sacramentos). Esta realidad indica con certeza la urgencia para evangelizar en las redes sociales. Hay que hacerse misioneros digitales. Pero, para hacerlo, hay que tener en cuenta que lo que se publica en las redes sociales no es visto por todo el mundo. La razón es simple y hace parte de lo que llamo la antropología de las redes sociales.

Uno de los criterios de esta antropología de las redes sociales es la personalización de la vida. Lo que pasa es que al crear una cuenta, se le pide al »futuro» usuario que ponga sus datos y gustos, que dé »libremente informaciones propias». Con esta información proporcionada (llamada data), le ponen en una comunidad de gente que tiene los mismos intereses que él. El Papa Francisco describe este fenómeno en el número 89 de la Christus vivit: «El funcionamiento de muchas plataformas a menudo acaba por favorecer el encuentro entre personas que piensan del mismo modo, obstaculizando la confrontación entre las diferencias. Estos circuitos cerrados facilitan la difusión del [mismo tipo de] informaciones». Si un joven al inscribirse está puesto en la comunidad de deporte, cine y política, no verá las publicaciones de la página de la parroquia. Por eso, la realidad virtual tiene que ser la que ayuda a mejorar y prolongar la experiencia vivida offline y considerada válida. Se puede sugerir a los jóvenes que den like a la página de la parroquia para que puedan ver los contenidos publicados. A pesar de todo, las páginas religiosas deben existir y tener informaciones adaptadas al lenguaje virtual del momento que no se refiere necesariamente al vocabulario, sino al modo de publicar. Se ha de tener en cuenta la brevedad y calidad de los contenidos: vídeos y textos. Por ejemplo, los buenos y breves comentarios al Evangelio son y serán siempre una riqueza.

Dos razones pueden ser evocadas. La primera hay gente que ya sigue las páginas religiosas para prolongar la experiencia vivida presencialmente en la parroquia. La segunda, porque la página será siempre un primer contacto y una mediación para aquellos que buscan a Dios o a la Iglesia, sea por curiosidad, sea porque tienen alguna inquietud.

En un mundo virtual, ¿qué importancia tiene la realidad? Lo que se puede ver y tocar

La realidad es la vida misma. Las redes sociales o la tecnología en general han cambiado el modo de ver el mundo. Antes era la persona que veía el mundo directamente. Actualmente, es la persona que pasa por la pantalla como mediación para ver el mundo. Esta mediación cambia la manera de vivir y de percibir el mundo. Cambia la manera de vivir las experiencias. Eso permite distinguir el nativo digital del inmigrante digital. El nativo es aquel cuya experiencia incluye la pantalla, la mediación. Desafortunadamente, es la única experiencia que conoce. Cuando publica una foto por Instagram, por ejemplo, son los demás los que le tienen que decir si es bonita o no. Si los comentarios son negativos y no tiene likes, la cancela. Son los demás quienes le dicen lo que vale porque mientras está viviendo una experiencia la está compartiendo en las redes sociales.

El inmigrante, en cambio, es aquel que conoce dos experiencias: una sin mediación de la pantalla, la más profunda y original, y otra con mediación. Sabe deshacerse de la pantalla para vivir intensamente sus experiencias. El inmigrante vive una experiencia y después la puede poner en las redes sociales cuando la ha considerado válida. Este aspecto entra en el ámbito de la transmisión. Uno transmite lo que ha hecho vida en él. Por eso, existen tradiciones milenarias como la Iglesia que transmite lo que ha recibido de Cristo y de los apóstoles, quedando abierta a la acción del Espíritu Santo. Así, se puede pensar en las expresiones como Aggiornamento in chiesa, Ecclesia semper reformanda est, Iglesia en camino.

Sin embargo, las redes sociales permiten transmitir con tal de informar. Por eso, lo transmitido caduca una vez que los lives terminan. La memoria actual dura 24h según duren las stories. Por esta razón la realidad se tiene que vivir sin mediación, ya que la mediación digital (hiperconectividad) no permite momentos de silencio, de soledad para gozar de la propia compañía, de aburrimiento creativo, de interioridad, de autoconocimiento, de descubrimiento del límite y de la propia fragilidad, de socialización y de alteridad, de preguntas existenciales, de privacidad, de novedad y de asombro, etc. La gente que va, por ejemplo, a un concierto en vez de disfrutar del evento están con el teléfono en la mano como mediación: ellos – el teléfono – el artista. El mundo digital, cuando se sabe usar, es algo muy positivo, cuando no se sabe usar es destructivo y vicioso. La realidad que propone el mundo digital es una realidad de sustitución. Es un ersatz como lo llaman los alemanes. Es fruto de la globalización que es un vector de la posmodernidad junto con el espíritu crítico y el individualismo.

Desde un punto de vista del conocimiento y de la información, la pantalla ayuda mucho. Pero, desde un punto de vista de la experiencia, debilita el deseo de vivir las cosas en carne propia. Me explico con un ejemplo dado por Byung-Chul Han, un filósofo coreano: »Con el mundo digital se viaja a cualquier parte del mundo sin necesidad de estar ahí presencialmente. Se presencia todo virtualmente sin llegar nunca al conocimiento real. Se pueden acumular informaciones y datos sin llegar a saber. Se anhela experiencias vividas y emociones excitantes en las que, sin embargo, se permanece igual. Se acumulan amigos y seguidores sin conocer al otro» (cf. Byung Chul Han, L’espulsione dell’altro, 9-10). Desafortunadamente, la gente vive o quiere vivir así su espiritualidad, preguntándose: ¿por qué ir a misa si se puede ver la retransmisión en vivo? Lo que era una ayuda durante la pandemia, se ha vuelto para algunos algo permanente. La realidad es importante porque solo ella permite la relación con Jesús y un verdadero discipulado, ya que Jesús llama para estar con Él e invita a hacer una experiencia personal como cuando les dijo a los discípulos del Bautista que querían saber dónde vive: venid y veréis (cf. Jn 1, 35-39).

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