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Fernando Redondo: «En prisión no hace falta impresionar a nadie. Hace falta ser verdadero»

Fernando Redondo Benito, voluntario de la Pastoral Penitenciaria de Toledo y mayordomo de finados de la Cofradía de la Santa Caridad, recibe este 24 de septiembre en Ocaña la Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario

Fernando Redondo Benito recibe este jueves, 24 de septiembre, la Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario, la distinción con la que Instituciones Penitenciarias reconoce a quienes han contribuido de forma relevante a mejorar la actividad penitenciaria. Miembro del equipo de la Pastoral Penitenciaria de la Archidiócesis de Toledo y mayordomo de finados de la Antigua, Ilustre y Real Cofradía de la Santa Caridad, lleva años entrando cada semana en el Centro Penitenciario Ocaña I. Allí ha impulsado iniciativas de acompañamiento y cultura como «Luz entre Muros», que acerca grandes obras de la historia del arte a los internos y ha tendido puentes con el Museo del Prado, y ha llevado a su cofradía a celebrar la Semana Santa dentro de la prisión. En esta entrevista con ECCLESIA habla de lo que ocurre tras esas puertas, del día en que alguien sale en libertad y de por qué siente que el reconocimiento no le pertenece.

— Usted lleva años entrando cada semana en el Centro Penitenciario Ocaña I como voluntario de la Pastoral Penitenciaria de la Archidiócesis de Toledo. Para quien nunca ha pisado una cárcel, ¿qué es exactamente lo que hace usted allí dentro?
— Hay una respuesta muy sencilla y quizá sea la más verdadera: voy a encontrarme con personas. Después están los proyectos, las celebraciones, las reuniones, el arte, la música, las actividades que vamos preparando. Todo eso importa. Pero si un día olvidara que detrás de cada actividad hay un hombre concreto, con una historia que merece respeto, habría perdido el sentido de lo que hago allí.

Entro como voluntario de la Pastoral Penitenciaria de la Archidiócesis de Toledo. Para mí esto no es un matiz. No voy por libre ni porque un día decidiera ocupar mi tiempo haciendo algo socialmente valioso. Hay una pertenencia eclesial detrás. Hay una comunidad cristiana que me sostiene.

Lo que hago allí cambia mucho de una semana a otra. A veces uno llega con muchas cosas preparadas y termina dedicando buena parte de la mañana a escuchar algo que no estaba previsto. He aprendido a no enfadarme con esos cambios de planes. Al contrario. Seguramente ahí empieza el servicio de verdad: cuando la agenda deja espacio para la persona.

También procuro entrar con mucho respeto. No necesito preguntar qué hizo alguien para saber cómo tratarlo. Hay cuestiones que pertenecen a su historia, a la Justicia o a su intimidad. A mí me corresponde otra cosa. Me corresponde sentarme delante de él sin miedo, sin superioridad y sin esa curiosidad que puede llegar a herir.

Hay mañanas extraordinarias y otras absolutamente normales. Cada vez valoro más estas últimas. Tomar un café. Preguntar por la familia. Escuchar una broma. Darse cuenta de que alguien ese día tiene pocas ganas de hablar y respetarlo. Recordar el nombre de un hijo del que te habló hace semanas. Son cosas pequeñas, pero nuestra fe nació también alrededor de una mesa, de caminos recorridos con otros, de conversaciones y de personas a las que Jesús llamaba por su nombre.

— ¿Qué recuerda del primer día que cruzó esa puerta? ¿Con qué se encontró?
— Creo que aquel día llevaba conmigo más prejuicios de los que habría estado dispuesto a reconocer. No necesariamente prejuicios hostiles. A veces son mucho más sutiles. Uno imagina cómo será una prisión, cómo serán quienes viven en ella e incluso cómo debe comportarse al entrar. Y luego la realidad tiene la mala costumbre de desmontar nuestras construcciones.

Recuerdo perfectamente las puertas. Hay algo en el sonido de una puerta penitenciaria que no se parece al de ninguna otra. Cuando se cerró la primera detrás de mí fui consciente de algo muy elemental: yo iba a salir unas horas después. Quienes estaban allí no. Esa diferencia me impresionó mucho.

Después comenzaron a aparecer personas. Y aquello fue lo que verdaderamente cambió el día. Funcionarios que me saludaban, profesionales que iban de un lado a otro, educadores atendiendo asuntos, internos hablando entre ellos. De pronto la palabra «cárcel», que es enorme y abstracta, comenzó a llenarse de rostros.

También recuerdo mi propia torpeza. No sabía muy bien qué decir. Con el tiempo he agradecido aquella sensación porque me enseñó algo que sigo necesitando recordar: en prisión no hace falta impresionar a nadie. Hace falta ser verdadero. Ocaña I me ha enseñado también a desconfiar de quien habla de la cárcel con demasiadas certezas, empezando por mí mismo.

— Mucha gente imagina al voluntario de prisiones como alguien que va a dar catequesis o a repartir consuelo. Usted dice que la Pastoral Penitenciaria no consiste en «llevar algo desde fuera». ¿Qué ocurre, entonces, en esas horas de visita?
— Me costaría mucho entrar pensando que soy quien tiene algo que dar y que enfrente hay alguien esperando recibirlo. Esa división se rompe enseguida.

Por supuesto que compartimos la fe. Rezamos. Celebramos la Eucaristía. Leemos el Evangelio. Hablamos de Dios cuando la conversación nos lleva hasta ahí. No tenemos ninguna necesidad de esconder que somos Iglesia. Pero he ido descubriendo que la fe se reconoce también en cosas muy sencillas: escuchar sin mirar el reloj, guardar una confidencia, tener paciencia, volver a preguntar por aquello que a alguien le preocupaba la semana anterior.

Puede ser un hombre hablando de su madre. Otro preocupado porque hace tiempo que no sabe de su hijo. Alguien que se siente incapaz de recomponer una relación. Otro que reconoce con una crudeza enorme determinados momentos de su pasado. En esos instantes no puedes sacar una respuesta de un manual. Solo puedes intentar estar a la altura de la confianza que te están entregando.

Y tampoco siempre sé estarlo. Para mí es importante reconocerlo. Algunas veces vuelvo a casa pensando que podía haber escuchado mejor, que quizá hablé demasiado, que no entendí algo o que estuve torpe. La pastoral no nos convierte automáticamente en buenos acompañantes. Hay que aprender. Y seguramente no se termina nunca.

En ese aprendizaje han sido importantes personas como Jacinto y Tomás. Son educadores, conocen el centro y conocen a los internos desde una experiencia que no se aprende leyendo. He hablado mucho con ellos y muchas veces me han ayudado a comprender que querer a una persona no significa evitarle la verdad ni tratarla como si fuera incapaz de asumir responsabilidades. Eso también pertenece al Evangelio.

Jesús mira con ternura, pero nunca infantiliza. Acoge, pero también pregunta. Perdona, pero coloca a la persona ante la posibilidad y la responsabilidad de vivir de otra manera.

Por eso no quiero ser para nadie en Ocaña I «el voluntario que viene a ayudar». Prefiero ser Fernando. Alguien que llega algunos días, se sienta un rato, comparte lo que es, también sus límites, y procura tratar a cada persona como le gustaría ser tratado si un día la vida le colocara al otro lado.

— Uno de sus proyectos, «Luz entre Muros», lleva grandes obras de la historia del arte a los internos de Ocaña I y ha llegado a tender puentes con el Museo del Prado. ¿Cómo se le ocurrió y qué pasa cuando un hombre que cumple una condena larga se queda delante de un cuadro?
— «Luz entre Muros» nació casi de una intuición. Me preguntaba qué ocurriría si llevábamos dentro algo que aparentemente no tenía ninguna relación con una prisión. Un cuadro. Una historia pintada hace siglos. Un rostro de Rembrandt. Un Cristo de Velázquez. Un personaje de Murillo. Y decidimos probar. Lo que ocurrió me desbordó bastante.

Preparo las sesiones porque me parece una cuestión de respeto. No puedes presentarte delante de un grupo con cualquier cosa, improvisar cuatro datos y pensar que es suficiente porque estás en una cárcel. Precisamente allí quiero trabajar con más rigor. Les explico quién pintó la obra, cuándo, qué podemos observar, por qué determinados elementos están ahí. Pero siempre llega un momento que no puedo preparar. Es cuando alguien ve algo que yo no había visto. Eso sigue fascinándome.

Un interno se fija en unas manos que yo había pasado por alto. Otro pregunta por qué un personaje no mira al resto. Otro relaciona una escena con algo de su familia. Y de repente ya no estamos hablando únicamente de pintura.

Ahí he descubierto algo importante: mirar juntos nos sitúa en un terreno distinto. Yo puedo haber preparado la sesión durante horas y, sin embargo, un hombre que contempla ese cuadro por primera vez puede hacer una observación que nos deje a todos pensando.

La relación que se ha ido creando con el Museo del Prado tiene para mí precisamente ese sentido. No se trata de decir que llevamos «alta cultura» a prisión. Esa expresión me incomoda. El Prado también es suyo. Velázquez también es suyo. El Greco también es suyo. Nuestro patrimonio pertenece a todos, también a quienes durante un tiempo no pueden cruzar físicamente las puertas de un museo.

Y hay otra cosa más íntima. A veces, mientras los veo detenidos ante una obra, pienso que durante ese rato hemos conseguido que el número de módulo, el expediente o la condena ocupen un poco menos de espacio. Durante ese tiempo hay simplemente un grupo de hombres delante de un cuadro. Y yo soy uno de ellos.

— Usted pertenece a la Cofradía de la Santa Caridad de Toledo, una hermandad de siglos nacida para atender a los más desamparados, y ha conseguido que entre en Ocaña I. ¿Qué ocurre cuando los cofrades y los internos celebran juntos una Semana Santa dentro de la cárcel?
— A mí me toca especialmente porque la Santa Caridad forma parte de mi vida. Quiero profundamente a mi Cofradía, su historia, lo que representa en Toledo y todo lo que he recibido de ella. Precisamente por eso siento también una responsabilidad grande.

Una institución que tiene tantos siglos puede caer en la tentación de mirar demasiado hacia su propio pasado. Y nuestro pasado es extraordinario, pero no nos pertenece para exhibirlo. Nos obliga.

Cuando la Cofradía entra en Ocaña I siento que algunas cosas recuperan su sentido original. La caridad deja de ser una palabra y pasa a tener delante un rostro.

Y cuando celebramos allí la Semana Santa las lecturas que conocemos desde niños adquieren una resonancia distinta. Pedro tiene miedo. Judas se pierde. Cristo es juzgado. Hay una madre contemplando el sufrimiento de su hijo. Hay un condenado que desde una cruz pide ser recordado. Hay soledad, culpa, miedo, perdón. Pero también está la Pascua. Y esto me importa muchísimo. El cristianismo no termina el Viernes Santo. Creemos que la piedra no tiene la última palabra.

Ver a hermanos de la Santa Caridad sentados junto a internos me emociona porque en ese momento los títulos, las insignias, los cargos, las antigüedades y tantas cosas a las que a veces concedemos excesiva importancia se vuelven muy secundarias. Quedan personas. Hermanos.

Esa palabra ha adquirido para mí en Ocaña I una densidad que antes no tenía. No porque haya comprendido plenamente qué significa la fraternidad cristiana, sino porque allí he descubierto cuánto exige. Llamar hermano a alguien supone aceptar que lo que le ocurre deja de ser completamente ajeno a ti.

Por eso agradezco tanto que nuestro arzobispo, Mons. D. Francisco Cerro Chaves, haya querido estar cerca de esta realidad y haya alentado una Iglesia que no contemple la prisión desde la distancia. Una Iglesia que cruza esas puertas no está haciendo algo excepcional. Está intentando ser fiel a Aquel que nos dijo con bastante claridad dónde quería ser encontrado.

— ¿Qué ocurre el día en que alguien sale en libertad? ¿Hasta dónde puede acompañar la Iglesia cuando se acaba la condena y empieza el problema de encontrar trabajo, casa y familia?
— Hay una imagen que desde fuera puede engañarnos: la puerta abriéndose. Podemos pensar que ese día todo empieza a arreglarse. Y naturalmente recuperar la libertad es inmenso. Pero después de la puerta hay una acera. Y después de esa acera hay que vivir.

Hay que saber dónde dormir. Buscar trabajo. Recuperar relaciones. Administrar una libertad que durante un tiempo no se ha tenido. A veces hay hijos que han crecido, padres que han envejecido, parejas que ya no están, amistades que desaparecieron. Y existe además la mirada social, que puede continuar recordándote durante años aquello que hiciste.

No creo que la Iglesia pueda resolver sola todo eso ni deba pretenderlo. Necesitamos Administraciones, empresas, servicios públicos, entidades sociales y profesionales. Necesitamos trabajar juntos y hacerlo bien. Hay problemas para los que no basta la buena voluntad.

Y aquí he aprendido también a valorar mucho el trabajo de Instituciones Penitenciarias. La reinserción necesita estructuras, continuidad, profesionales y un servicio público capaz de sostener procesos que muchas veces son largos y difíciles.

A una comunidad cristiana le corresponde además ofrecer algo muy elemental: que una persona no tenga que recuperar cada mañana el derecho a ser reconocida como persona.

Eso no significa ignorar lo ocurrido. Pienso mucho en las víctimas. Me parecería moralmente insoportable hablar de quien ha cometido un delito olvidando a quien sufrió sus consecuencias. La misericordia cristiana nunca puede levantarse sobre el silencio de las víctimas. Pero tampoco podemos pedir a una persona que cambie y cerrarle todas las puertas cuando intenta hacerlo.

Hay una escena del Evangelio que me impresiona especialmente. Pedro ha negado tres veces a Jesús. Después de la Resurrección, Cristo no hace como si aquello no hubiera ocurrido, pero tampoco lo humilla recordándoselo permanentemente. Le pregunta si ama y vuelve a confiarle una tarea. A veces nosotros somos capaces de pronunciar la palabra perdón, pero nos cuesta mucho más volver a confiar. Quizá ahí tengamos uno de nuestros exámenes cristianos más serios.

— ¿Ha tenido momentos de desgaste o de querer dejarlo? ¿Qué le responde a quien piensa que un preso está donde tiene que estar y que ya se le atiende suficiente?
— Sí, me he cansado. Ha habido días difíciles y momentos en los que he dudado incluso de si servía para esto. No quisiera convertir el voluntariado en una especie de relato heroico porque sería falso y, además, profundamente injusto con quienes están todos los días en el centro. Yo voy unas horas. Después regreso a mi casa. Eso nunca debería olvidarlo. Y cuando regreso a casa están Elena y Pablo.

Ellos forman parte de este compromiso mucho más de lo que puede percibirse desde fuera. Cada hora que dedico a la Pastoral Penitenciaria toca también nuestra vida familiar. Hay tiempos en los que no estoy, horarios que hay que organizar, preocupaciones que algunas veces regresan conmigo y conversaciones que continúan resonando después de haber salido del centro.

Por eso hablo de una verdadera diaconía familiar. No porque Elena y Pablo entren físicamente conmigo en Ocaña I, sino porque este servicio nunca ha sido completamente mío. Elena lo sostiene con una generosidad que conozco muy bien. Y Pablo ha crecido sabiendo que su padre entra en una prisión y que detrás de aquellos muros hay personas a las que hay que aprender a mirar sin desprecio ni etiquetas. Yo cruzo la puerta del centro, pero detrás de mí hay una familia que hace posible que pueda hacerlo.

Y eso me ayuda también a no confundir las cosas. Cuando termino una jornada difícil puedo volver a Toledo, abrir la puerta de casa y abrazar a Elena y a Pablo. Esa posibilidad me recuerda inmediatamente la enorme diferencia entre mi experiencia y la de quien permanece dentro.

También me ayuda saber que no soy imprescindible. La Pastoral Penitenciaria no depende de mí. Ocaña I tampoco. Si mañana no pudiera seguir, otras personas continuarían sirviendo. Pensarlo me libera de cualquier tentación de protagonismo.

Cuando alguien me dice que una persona está en prisión porque algo habrá hecho, no necesito negar lo evidente. Hay delitos. Hay sentencias. Hay daño. Hay responsabilidades. La cuestión viene después. ¿Eso significa que ya no nos importe lo que suceda con esa persona? Ahí el Evangelio empieza a incomodarnos.

Yo no encuentro en Jesús una selección previa de personas merecedoras de cercanía. Encuentro justamente lo contrario. Y eso no me permite sentirme moralmente mejor que quien piensa de otra manera. También yo juzgo, también yo tengo prejuicios y también levanto mis propios muros. Ocaña I me ha obligado muchas veces a descubrirlos. Por eso no entro allí porque sea mejor que nadie. Entro también porque necesito que el Evangelio me siga convirtiendo a mí.

— El 24 de septiembre recibe en Ocaña la Medalla de Plata al Mérito Social Penitenciario, la distinción con la que Instituciones Penitenciarias reconoce a quienes han contribuido de forma relevante a mejorar la vida en las cárceles. Usted ha dicho en otras ocasiones que el reconocimiento no le pertenece. ¿Qué le gustaría que entendiera alguien que solo vea la foto de la entrega?
— Hoy es un día que vivo con mucha emoción y también con mucho pudor. No tendría sentido fingir que la medalla no me hace ilusión. Me emociona profundamente que Instituciones Penitenciarias haya considerado merecedor de este reconocimiento un compromiso que para mí forma ya parte de la vida. Pero precisamente hoy siento con más claridad que mi nombre es solo una pequeña parte de todo lo que hay detrás.

Por eso mis primeras palabras tienen que ser de gratitud a la Secretaría General de Instituciones Penitenciarias. No solo por esta Medalla de Plata, que recibo con enorme respeto, sino por lo que representa una institución que sostiene diariamente una de las tareas más complejas del servicio público. Y dentro de ella está mi querida Ocaña I.

Está Zoraida, su directora, a quien profeso un agradecimiento muy personal. Cuando me comunicó la concesión de la medalla, lo primero que sentí fue precisamente la necesidad de compartirla. Porque detrás de cada proyecto que hemos podido desarrollar ha habido una dirección que debía escuchar, valorar, confiar y asumir responsabilidades.

Están los educadores, los funcionarios, los equipos técnicos, el personal sanitario, administrativo y todos aquellos a quienes he ido encontrando durante estos años. Personas que trabajan cuando nosotros, los voluntarios, no estamos allí. Personas que afrontan momentos difíciles que muchas veces ni siquiera llegamos a conocer. Yo entro unas horas. Ellos están cada día. Esa diferencia merece todo mi respeto.

Está también la Iglesia que me ha enviado. Nuestro arzobispo, Mons. D. Francisco Cerro Chaves, que ha querido situar la realidad penitenciaria dentro de la vida pastoral de nuestra Archidiócesis y cuya cercanía agradezco profundamente. Está Jesús Guzmán. Están los capellanes, los voluntarios y tantas comunidades cristianas que rezan por quienes están privados de libertad aunque quizá nunca hayan cruzado una puerta penitenciaria.

Y están Elena y Pablo. Hoy los siento de una manera muy especial dentro de esta medalla. Hay servicios que aparecen con un solo nombre, pero que nunca se sostienen únicamente con una persona.

Y después están quienes hoy seguramente ocupan la parte más íntima de mis pensamientos: los internos. Hay conversaciones que no contaré nunca porque me fueron confiadas. Hay nombres que deben quedarse dentro. Hay momentos que pertenecen solo a quienes los vivimos.

Hoy se verá una fotografía. Apareceré recibiendo una medalla. Pero todo lo importante queda fuera del encuadre. Quedan las puertas abiertas cada mañana por un funcionario. La paciencia de un educador. Una decisión de un equipo técnico. Una llamada de una familia. El trabajo de una dirección. La presencia de un capellán. Las horas de un voluntario. La conversación que nadie conocerá. El hombre que está intentando reconstruir algo de su vida. Todo eso está hoy conmigo. Por eso no vivo esta medalla como una llegada. La vivo como una responsabilidad.

Me gustaría que, dentro de algún tiempo, nadie dentro de Ocaña I tuviera que recordar demasiado que un 24 de septiembre me entregaron una medalla. Me gustaría mucho más que alguien pudiera recordar que intenté sentarme a su lado con respeto, que procuré llamarlo por su nombre, que no tuve miedo de tratarlo como a un hermano y que, cuando no sabía qué decir, fui capaz de quedarme. Hoy, precisamente hoy, eso tiene para mí mucho más valor que cualquier reconocimiento.

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