Su estilo cercano, su fe profunda y su testimonio silencioso hacen que estas exequias no sean solo una despedida, sino una catequesis viviente.
Cuando se concluya la Misa Exequial del papa Francisco en la plaza de San Pedro, la liturgia nos regalará uno de sus momentos más cargados de simbolismo y esperanza: los ritos de la Commendatio y la Valedictio, es decir, la última recomendación del alma del difunto a Dios y el adiós de la Iglesia al cuerpo de quien fue su Pastor durante los últimos doce años.
Pero, ¿qué significan exactamente estos dos ritos? ¿Cuál es su diferencia? ¿Por qué son tan significativos?
La Commendatio: Un acto de fe
La Commendatio (del latín commendare, “encomendar”) es el gesto por el cual la Iglesia, como madre, entrega el alma del difunto a la misericordia del Padre. Es un acto profundamente confiado y lleno de fe donde la Iglesia suplica a Dios para que el alma del papa Francisco sea recibida entre los santos, acogida en la luz, purificada por el Amor.
Este rito está marcado por una oración introductoria, y el canto de las letanías de los santos, pidiendo a estos que intercedan por el alma del difunto.
En este acto la riqueza de la Iglesia nos sorprende una vez más, pues una vez terminada la letanía de los santos, dará comienzo la súplica de la Iglesia Oriental, un intercambio de peticiones entre el coro y el diácono en lengua griega.
Tras las peticiones, se incensará el féretro con una oración y se terminará con el asperge del agua bendita (esta última parte, es similar a la que la Iglesia celebra en cualquier funeral).
La Valedictio: un adiós desde la esperanza
La Valedictio, por su parte, es el “adiós” —no en el sentido de ruptura, sino como envío. Viene de vale dicere, decir “ve con Dios”. Si la Commendatio se dirige más directamente al Padre, la Valedictio se expresa desde la comunidad eclesial que se despide del cuerpo de padre, del primus inter pares, del primero entre iguales. Es la Iglesia que reza y acompaña, que se duele pero confía.
En todas las exequias, también en las papales, esto no es solo un acto de homenaje, es un acto de comunión: un “hasta luego” que se apoya en la comunión de los santos.
El libretto de la celebración del funeral recoge por último con sobria belleza que tras la oración final se cantará el In paradisum, que dice «que los ángeles te conduzcan al Paraíso, que los mártires salgan a tu encuentro, que con Lázaro el pobre tengas descanso eterno».
Mientras el cuerpo vuelve por última vez a la basílica de San Pedro se entonará el Magnificat.
El Papa Francisco hablaba con frecuencia de la muerte como un paso, un tránsito hacia el abrazo del Padre. Invitaba a no tenerle miedo, sino a prepararse con vida sencilla, con obras de misericordia, con humildad. En sus últimos años, hablaba cada vez más del encuentro definitivo con Dios. Su estilo cercano, su fe profunda y su testimonio silencioso hacen que estas exequias no sean solo una despedida, sino una catequesis viviente.








