La secretaria del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral reconoce que la unión de las aportaciones de Francisco y León XIV dotan a la exhortación apostólica Dilexi te de «una armonía profunda»
A la salesiana sor Alessandra Smerilli, secretaria del Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, le ha impactado Dilexi te, sobre todo, cuando habla de las formas de pobreza, porque, dice, «toca de cerca lo que es la misión de nuestro dicasterio». Pero, al mismo tiempo, es una invitación a todos los miembros de la Iglesia a mirar y a amar a los pobres y, en consecuencia, a convertir el estilo de vida imperante en uno donde la dignidad humana sea respetada. Es una exhortación a la coherencia, pues «la mesa del altar y la mesa de la vida no pueden separarse», dice la religiosa. Por ello, desde su dicasterio se trabaja para que las Iglesias locales conozcan y profundicen en este primer gran documento de León XIV.
—¿Cuál fue su primera impresión al leer Dilexi te?
—De profunda gratitud. Dilexi te no es solo un documento pontificio, sino un acto de amor: una invitación a redescubrir la raíz evangélica de la ternura de Dios hacia los pobres. Sentí el aliento de la continuidad entre el magisterio de Francisco y el de León XIV, como si el Espíritu Santo hubiera querido asegurar que la Iglesia no dejara de habitar las periferias existenciales de este mundo. Es un texto que invita a ser recibido con la mente y con el corazón.
—Como reconoce León XIV en el punto 3, él heredó esta exhortación de Francisco. ¿Qué mensaje encierra esa decisión?
—Es un gesto de humildad y de comunión. León XIV, al querer completar un texto ya esbozado por el papa Francisco, muestra que el magisterio es siempre una obra coral del Espíritu Santo, no la voz aislada de un solo Pontífice. También es un signo de fidelidad a los orígenes: la caridad hacia los pobres no pertenece a un pontificado, sino al corazón mismo del Evangelio. Además, a nivel institucional, este gesto manifiesta un método sinodal: caminar juntos, escuchando lo que Dios ya ha comenzado a través de otros.
—¿Se percibe la aportación de uno y otro en el texto?
—Sí, de manera discreta, pero evidente. En el papa Francisco reconocemos la pasión profética, el uso directo del lenguaje y la cercanía a las situaciones concretas. En el papa León XIV percibimos la profundidad teológica y la claridad eclesiológica, que sustentan la caridad en la verdad de la fe. La unión de estos dos aspectos aporta al documento una armonía profunda: la caridad como experiencia interior y el compromiso en la acción transformadora.
—El amor a los pobres que subraya Dilexi te recorre toda la historia: está en la Escritura, en la tradición, en el testimonio de congregaciones y en el magisterio de los Papas. Insiste en que no es cuestión de beneficencia, sino que se trata de la Revelación. ¿Por qué es importante recordarlo?
—Porque en un tiempo de polarizaciones y crisis sociales es fácil reducir la caridad a una actividad humanitaria. Pero Dilexi te nos recuerda que el amor hacia los pobres nace del corazón mismo de Dios, que se hizo pobre en Cristo. No es un gesto opcional, sino un acto de fe. En cada rostro herido se revela el misterio de la encarnación. Como Iglesia, debemos ayudar a pasar de un «hacer por» los pobres a un «ser con» los pobres, reconociendo en ellos la presencia viva del Señor.
—¿Cuál es la diferencia entre una Iglesia asistencial y una Iglesia samaritana?
—El asistencialismo se limita a responder a una necesidad inmediata y, a menudo, concreta; la Iglesia samaritana, en cambio, se detiene, escucha, acompaña, cuida y pone de nuevo en camino. Por supuesto, es necesario atender las necesidades corporales de los pobres con las obras de misericordia, pero es importante no descuidar sus necesidades espirituales. El samaritano evangélico no es un funcionario de la solidaridad, sino un hombre tocado por la compasión. Así debe ser la Iglesia: no una agencia de servicios, sino una comunidad que se conmueve por el dolor del mundo y lo unge con el aceite de la misericordia.
—El Papa cita a san Justino para decir que no se puede separar el culto a Dios de la atención a los pobres. ¿Qué riesgos corremos si lo hacemos?
—El riesgo es vivir una fe desencarnada y autorreferencial. Cuando el culto no se traduce en justicia y en compartir con generosidad, se vuelve estéril, incluso idolátrico. En este sentido, es particularmente ilustrativo la llamada que se encuentra en la Carta de Santiago a la que hace referencia la exhortación apostólica: «¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga que tiene fe, pero no tiene obras? […] Así también la fe, si no tiene obras, está muerta en sí misma». La liturgia auténtica es siempre misionera, como lo demuestran los diversos ejemplos que el Santo Padre recoge en el texto sobre «religiosas y religiosos testigos de una Iglesia en salida». Y, al mismo tiempo, todo gesto de amor hacia quien sufre es un acto litúrgico y evangélico.
—¿Cómo puede la Iglesia centrarse en los pobres sin descuidar la espiritualidad, la liturgia y la teología?
—Es una falsa oposición: cuidar de los pobres ya es teología vivida. Una «Iglesia que hace espacio a los pequeños y camina pobre con los pobres» no abandona la oración, sino que la prolonga. Significa convertirse en «imagen de Cristo y de su misericordia hacia los más débiles». ¿Qué puede ser más litúrgico y espiritual…? La fe auténtica genera caridad, y la caridad abre nuevos caminos a la fe. En mi servicio en el dicasterio, tengo la fortuna de ver cómo las comunidades más dedicadas a los últimos son también las más orantes y fieles a la liturgia: allí el misterio de Dios y el misterio del hombre se abrazan.
—Dilexi te menciona múltiples formas de pobreza, algunas escandalosas. En su opinión, ¿cuál es la más urgente hoy? ¿Y la más olvidada?
—Todas son urgentes. Me ha impactado mucho la exhortación cuando explica que existen muchas formas de pobreza, porque toca de cerca lo que es la misión de nuestro dicasterio. Resumiendo, podríamos decir que todos los obstáculos al desarrollo humano integral de la persona son formas de pobreza. Por lo tanto, todas son igualmente urgentes, porque solo eliminando cada una de estas pobrezas podremos asegurar a todos una vida digna, sin excluir a nadie.
En cuanto al segundo punto, la pobreza en el sentido genérico de desigualdad es algo que el actual modelo de desarrollo y la política del descarte tienden a ocultar o a querer esconder. Esto nos lleva, lenta e inadvertidamente, a ser cada vez más indiferentes al sufrimiento de los demás. Dilexi te nos invita a curar este «virus». ¿Cómo? Ofreciendo dignidad y amor al prójimo.
—Se afirma que la opción por los pobres renueva la Iglesia. ¿Cómo?
—La opción preferencial por los pobres transforma a la Iglesia desde sus cimientos. Cuando la Iglesia pone a los pobres en el centro, redescubre su propia identidad de discípula y sierva. Obtiene credibilidad porque es fiel a la enseñanza de Cristo. Es importante lo que escribe el papa León: «Siempre es necesario volver a leer el Evangelio» para estar seguros de que caminamos por la senda correcta. En este sentido, los pobres evangelizan, porque nos devuelven la verdad del Evangelio despojado de toda superestructura. Esta conversión es necesaria en todos los niveles eclesiales: nos invita a revisar prácticas, lenguajes y prioridades, para ser menos administrativos y más evangélicos.
—Usted pertenece a una congregación religiosa. ¿Qué ha sentido al ver el reconocimiento del Papa a tantos consagrados dedicados a los últimos?
—Un profundo sentido de consuelo. Las familias religiosas han sido y siguen siendo una frontera viva de la caridad de la Iglesia. El Papa quiso decirles: «No son marginales, son el corazón palpitante de la misión». Como consagrada, me sentí confirmada en la vocación y, como secretaria, agradecida de poder ayudar a la Iglesia misionera en su labor a favor de los últimos de esta tierra.
—Dilexi te critica el sistema económico actual. ¿Cuál es la responsabilidad de los cristianos en la promoción de nuevas formas de relación a nivel económico?
—Grande e ineludible. No basta denunciar un sistema económico injusto: es necesario generar alternativas. Como Iglesia, apoyamos la educación en la responsabilidad ética, porque toda elección económica es también una elección espiritual. Pero todos los cristianos, especialmente los laicos comprometidos en el mundo de la empresa y las finanzas, pueden dar testimonio de una economía del bien común, de la sobriedad y de la solidaridad.
Un ejemplo concreto de esto es The Economy of Francesco: una comunidad formada por empresarios, investigadores y agentes de cambio, en su mayoría jóvenes, que a nivel local, regional y mundial se encuentran y cooperan para construir una economía diferente: más justa, más sostenible y que no discrimine. De esta experiencia, en 2024, nació la Fundación The Economy of Francesco, acompañada por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral en este camino.
—A veces, es fácil caer, por ejemplo, en lógicas de consumo que perpetúan injusticias. ¿Hay riesgo de vivir una doble vida entre lo que celebramos y lo que practicamos?
—Sí, es un riesgo real. Celebramos la Eucaristía como memorial de un Dios que se dona, pero luego podemos caer en lógicas de consumo, de descarte o de indiferencia. Dilexi te nos invita a la coherencia: la mesa del altar y la mesa de la vida no pueden separarse. Allí se juega la credibilidad de nuestra fe.
—Otra incoherencia, dice el texto, es la falta de atención espiritual a los pobres. Denuncia una pastoral de élites para alcanzar soluciones eficaces. ¿Qué significa esto?
—Significa, como escribe el Papa, una pastoral que adopta «criterios superficiales y carentes de toda luz sobrenatural, privilegiando relaciones que nos tranquilizan y buscando privilegios que nos acomodan». Es la tentación de elegir el camino más fácil en lugar del más tortuoso; de pensar que el amor evangélico se mide por los resultados. Pero Dios actúa en el escondimiento, en los pequeños gestos. Una Iglesia que acompaña a los pobres espiritual y materialmente redescubre su dimensión de madre.
—¿Cómo cree que resuenan las palabras del Papa en los ámbitos social y político?
—Resuenan como una voz libre y profética. En un tiempo de crisis global y de polarización, las palabras del Papa no ofrecen un programa político, sino una visión humana y cristiana de la sociedad. El Santo Padre nos recuerda la «predilección de Dios por los pobres y el deseo divino de escuchar su clamor». Pueden parecer palabras incómodas o destinadas a provocar, pero en realidad son un servicio a la verdad: recuerdan la dignidad de cada persona, el valor de la justicia en todas sus formas y la prioridad del bien de todos sobre cualquier interés particular.
—¿Pueden los católicos llevar este documento a su vida cotidiana?
—Absolutamente sí. Dilexi te es una llamada universal. Cada bautizado —empresario, político, docente, padre o madre— puede encarnar este amor en sus decisiones concretas: en la manera de entablar las relaciones interpersonales, familiares y laborales, en la forma de consumir, educar y orar… Es la santidad cotidiana de quien ama de manera inteligente y perseverante. Como dicasterio, deseamos ponernos al servicio para acompañar a los fieles a transformar esta exhortación en un estilo de vida, porque solo el amor creído y vivido evangeliza de verdad y nos acerca más a Dios.
—¿Qué implicaciones prácticas debería tener esta exhortación para la vida de las parroquias y diócesis?
—Hay que formar comunidades que no se limiten a la asistencia, sino que promuevan la inclusión y la dignidad. Las parroquias deberían ser casas abiertas, con ministerios de caridad estables, redes de escucha y de colaboración con las instituciones civiles. Las diócesis pueden favorecer caminos de discernimiento comunitario, en los que la presencia de los pobres no sea solo destinataria, sino sujeto activo. El amor a los pobres no se delega: se encarna en la pastoral ordinaria.








