El periodista acaba de publicar el libro «Dios nos quiere». Robert Francis Prevost. León XIV; un ensayo sobre la vida, pensamiento y los retos que le esperan al nuevo Papa
Al conocer el nombre del nuevo Pontífice, Jesús Colina, veterano corresponsal en el Vaticano se encerró durante cuatro días para estudiar y escribir la biografía de Robert Francis Prevost y completar así el libro que ahora, menos de un mes después, publica sobre el nuevo Pontífice y los retos de la Iglesia para los próximos años. ECCLESIA ha hablado con él.
¿Qué importancia tiene el «Jubileo de la Redención» que se celebrará en 2033 en las decisiones que se toman en la Iglesia de hoy?
Cuando el papa Francisco empezó a preparar el Jubileo para este 2025, fue el primero que lo dijo. Dijo, no olvidemos que tenemos por delante la celebración de 2000 años de redención, que es la verdadera fecha que celebraban los primeros cristianos. Celebraban la Pascua, la Navidad llegó después, de manera que es el verdadero Jubileo del cristiano y se celebran 2000 años. Tenemos por delante toda una preparación. Para el papa Juan Pablo II la preparación del Jubileo del año 2000 fue ayudar a la Iglesia a enfocar la mirada sobre Jesucristo. Los 2000 años de la Redención van a ser con mayor motivo un momento de renovación para la Iglesia para presentar a Jesucristo con toda su belleza, su entusiasmo y su esplendor.
Cita a Andrea Riccardi, el fundador de Sant’ Egidio, que habla sobre el declive de la iglesia, ¿cree que la Iglesia puede desaparecer? ¿Estamos en ese punto?
Es una fantástica provocación que nos debe ayudar porque en ocasiones damos por sobreentendido el hecho de que todo puede seguir como hasta ahora. Pero no es verdad, no va a ser como hasta ahora. El futuro va a cambiar, hay que comprender cómo. Hay que comprender que somos frágiles, que hay estructuras y personas que van a desaparecer. Pero me parece una buenísima provocación para nuestra reflexión, y para que nos planteemos hacia donde va el cristianismo y cómo el cristianismo puede seguir irradiando, cómo puede seguir inspirando profundamente la vida de las personas.
Sabemos por la promesa de Jesucristo, que Él estará con nosotros hasta el fin de los tiempos, que las puertas del infierno no prevalecerán. De hecho, de las primeras palabras del papa León XIV, cuando aparece en el balcón de la basílica vaticana es precisamente «el mal no prevalecerá». De manera que para mí es una buena provocación la que hace Andrea Riccardi, no hay que dar por entendido que todo va a seguir como hasta ahora, tenemos que ponernos en juego y saber que en el fondo, el cristianismo no ha hecho más que empezar.
Sobre las congregaciones generales, ¿por qué ha sorprendido tanto la claridad de los cardenales?
Hemos vivido años en los que la Iglesia ha sido sometida a tensiones, a divisiones, y eso ha hecho que entre los cardenales haya una mayor claridad, que puedan tener una mayor libertad a la hora de analizar los desafíos que la Iglesia está teniendo. Cuando la situación se pone difícil, los hombres tienen que dar mejor lo que ellos pueden dar, y en este cónclave, hemos podido ver algo así. Hemos visto que estos hombres que los periódicos los habían presentado como representantes de una realidad que va de caída, como una Iglesia dividida, incapaz de ponerse de acuerdo. Y sin embargo, han aparecido como personas capaces de afrontar los problemas, de llamar a las cosas por su nombre y de encontrar soluciones desde la unidad. En este caso, la solución ha sido el cardenal Prevost.
En el libro dices que «para el cristianismo no puede haber contradicción entre fe y razón». ¿Puedes explicar bien esto?
Es curioso sobre todo si lo aplicas a la elección de un papa. En el cristianismo no puede haber contradicción con la razón porque Dios mismo es la razón, es el creador de las cosas, no puede ir contra sí mismo. Eso lo podemos aplicar a la elección de un papa, el diálogo, las contraposiciones y puntos de vista diferentes que surgen entre los cardenales en los momentos en los que se plantean la sucesión de Pedro. En esas situaciones vence el bien de la Iglesia, son hombres que han dado su vida por la Iglesia, y por tanto, quieren lo mejor de la Iglesia. Vence también el sentido común, el encontrar las soluciones que se consideran más aceptadas. Sucede, como sucedió entre los apóstoles, cuando surge el gran debate sobre la circuncisión, sobre si los cristianos tienen que ser circuncidados o no, podría haber generado cismas, pero los apóstoles se dan cita en Jerusalén y lo primero que hacen es escuchar, prestar oído a cuáles son los argumentos, y poco a poco esa escucha va generando un diálogo, y el diálogo va llevando a la solución. Ese mismo fenómeno es el que guía un cónclave, y por eso es un fenómeno que también está guiado por la razón, una razón inspirada por la fe, por el amor a la Iglesia que tienen los cardenales. Nosotros creemos que en ese discernimiento está la presencia del Espíritu Santo. Obviamente son personas que deciden, pero no podrían haber alcanzado ese consenso, esa certeza sin una inspiración. Por eso no hay contradicción entre nuestra fe, nuestra confianza en que es el Espíritu Santo, y por otra parte, los diálogos, las escuchas, las búsquedas que en el momento del cónclave tienen lugar.
¿Cómo es para un periodista creyente, enfrentarse a cubrir un evento tan excepcional como es un cónclave y la elección de un papa con todo el ruido mediático que hay alrededor?
Creo que es donde, por una vez, los periodistas creyentes podemos sentirnos con un valor añadido único. Hemos tenido a 5.000 periodistas que han venido a Roma a cubrir el evento. Ponte en la piel, por ejemplo, de algún medio japonés, que informa a su audiencia sobre lo que está pasando sin otro acercamiento que el carácter histórico de la Iglesia católica y su influencia en el mundo. ¿Qué es lo que ven? Señores mayores, célibes, ninguno casado y sin hijos, con unas vestiduras muy curiosas, en una de las capillas donde el arte ha logrado su máximo esplendor, representando a 1.400 millones de personas. Para ellos es algo exótico e incomprensible, como cuando uno va a ver una tribu africana y están haciendo un ritual; es como si un periodista quisiera informar sobre un partido de fútbol sin saber las reglas. Aquí es un poco lo mismo, el creyente tiene ese valor añadido, y es que conoce las reglas del juego, puede comprender el valor que hay detrás, por ejemplo, de esos cardenales con esas vestiduras. ¿Por qué los cardenales van vestidos así y no con su ropa habitual como cuando van a una conferencia? Porque es un acto litúrgico, es decir, que en ese momento, no están solo ellos, están poniendo entre ellos al Señor. Están haciendo presente a Dios en ese momento, y eso los creyentes lo podemos, no solo comprender, sino que lo podemos vivir. Y por eso, para el creyente vivir el cónclave es una gracia particular, porque no solo estás informando sobre un evento histórico único, sino que además, estás siendo testigo de la acción del Espíritu en la historia.
Prevost fue un elegido de Francisco. ¿Qué relación podemos establecer entre los dos?
Es una relación muy curiosa y típica del papa Francisco. Cuando el entonces padre Robert Prevost, que ha sido prior general de los Agustinos y se encuentra ya en Chicago como superior de formación de religiosos agustinos, ve a Jorge Mario Bergoglio salir al balcón de la basílica vaticana, dice a sus hermanos, «esto es genial, yo seguro que no voy a ser obispo». Porque cuando Prevost iba a Buenos Aires siendo prior general de los Agustinos, en ocasiones tenía que visitar y reunirse con el entonces cardenal Bergoglio. Prevost dice «no os voy a decir cuáles son los motivos, pero no estábamos de acuerdo». Pocos meses después, el papa Francisco toma la decisión, para todos sorprendente, y es llamar a ese sacerdote, que era superior de formación de religiosos en Chicago, y le manda de obispo a Chiclayo. No era normal, es verdad que había estado en Perú, él sabía lo que le había gustado a Prevost poder dar la vida en Perú, pero era algo bastante sorprendente.
Es obispo en Perú, y tan solo nueve años después, de manera totalmente inesperada, este obispo que está allí perdido, le llama y le pone en el centro mismo del gobierno de la Iglesia, encomendándole una de las labores más complicadas para un papa, que es tanto el proceso de selección de los obispos, como el acompañamiento de obispos en situaciones de particular fragilidad. Un cargo en el que de manera regular tenía que estar tratando con cardenales de los diferentes países.
Para los periodistas posiblemente ha sido una sorpresa, para los cardenales no lo era, porque ya le conocían. El papa Francisco tuvo más gestos, que en parte se nos habían escapado. Le había nombrado, prácticamente, miembro de todos los Dicasterios de la Santa Sede. Y poco antes de morir, le había ascendido dentro del orden del colegio cardenalicio, a obispo, que es un cargo esencialmente honorífico, que tiene su peso. Por ejemplo, el decano del colegio cardenalicio solo puede serlo dentro del orden de los obispos. Francisco le había conocido, le fue dando responsabilidades, y vio en él algo evidente, un corazón misionero de verdad, y por otro lado, una persona con una gran capacidad de gobierno, con experiencia en Derecho Canónico, capaz de articular, de poner orden dentro de la reforma de la Iglesia que el papa Francisco había promovido durante su pontificado.
Es muy interesante el capítulo de análisis sobre la situación en distintas zonas del mundo. ¿Hasta qué punto el Papa sigue siendo una figura relevante en la geopolítica y diplomacia mundiales?
Hemos visto lo que supuso el funeral del papa Francisco y esa escena alucinante donde se encuentran Trump y Zelensky y preguntan dónde hay dos sillas, y a buscar dos sillas para que se sienten en la basílica vaticana sin ningún lugar establecido. Está claro que el papa Francisco sonrió desde el paraíso ante esa circunstancia, que muestra muy bien cuál es la capacidad que tiene la Iglesia católica de crear unidad. Cuando la Iglesia Católica busca su propio interés el mundo no se siente interpelado, cuando se pone al servicio de la humanidad para encontrar la superación de divisiones, entonces sigue teniendo una influencia, porque el mundo necesita una fuerza que tenga por criterio, no el interés inmediato, sino que se ponga al servicio del bien común. La Iglesia sigue siendo una fuerza de paz en la comunidad internacional.
Señala que el papa León XIV es el papa del fin de la cristiandad, ¿qué desafíos plantea esta situación a los cristianos? En concreto, la falta de sentido, ¿por qué puede ser una oportunidad?
En el libro explico que el papa León XIV es el papa del final de la cristiandad porque es para todos evidente que ya la Iglesia no tiene esa presencia, esa influencia dentro de los órdenes sociales. Hay que pensar que la cristiandad no es solo algo establecido, es también una manera de pensar. En la cristiandad, hasta los no cristianos pensaban con conceptos cristianos, heredados por la tradición y la herencia cultural. Ahora la Iglesia tiene que desapegarse de esas herencias que recibió de una cristiandad que no necesariamente corresponden a la esencia del Evangelio, tiene que ser profundamente evangélica. Eso significa que la Iglesia está aprendiendo y viviendo la humildad en ocasiones, y con frecuencia a causa de la humillación y la pérdida de credibilidad que se ha vivido en todos estos años. Ahora es una Iglesia mucho más evangélica, más pobre, menos políticamente influyente.
El resultado está delante de todos, ese decaimiento de la influencia de la Iglesia tiene como efecto que para muchas personas el ideal trascendente deja de tener relevancia y queda solo lo que nos puede ofrecer la sociedad, que es el materialismo, la ganancia, el vivir para tener más, o para ser reconocido. Eso acaba generando una profunda soledad, un sentimiento de falta de ilusión, de sentido, de proyecto, como sociedad y como personas. Ese sufrimiento, que muchas veces es muy claro en los adolescentes, en los jóvenes, Robert Prevost lo ha entendido muy bien. El sufrimiento de quien en la vida no tiene un propósito, no sabe qué hacer en la vida, y no sabe que sentido darle al sufrimiento. De manera que esa soledad, que puede convertirse en desesperación, en ocasiones es una oportunidad para que las personas busquen, para que salgan de su propia inercia y traten de encontrar valores trascendentes que llenen de sentido su existencia. En esto, el mensaje del Evangelio es sorprendente, es un mensaje que llena tanto de trascendencia la propia vida como de sentido social, de entrega a los demás, porque me siento amado, porque antes de haber buscado el amor ya he sido amado por Jesucristo. Eso es el primer mensaje fundamental, central, del maestro, del padre espiritual de Robert Prevost, que es Agustín de Hipona.
Desde que ha sido elegido Papa, León XIV ha hecho mucho hincapié en la unidad. ¿Es la razón de que le hayan elegido?
Sin ninguna duda. Hay una gran diferencia entre los dos últimos cónclaves. El papa Francisco fue elegido con una misión: la reforma de la Iglesia, en particular de la curia. Eso ha explicado todo el pontificado del papa Francisco, ya sea la sinodalidad, ya sea toda la reforma que ha llevado a cabo dentro de la Santa Sede. En el caso de este cónclave, la mayor preocupación de los cardenales fue la desunión en la Iglesia. Existen motivos de preocupación en ese sentido, hay situaciones difíciles en las que se podría acabar en un cisma. Sabemos que, por ejemplo, el camino sinodal en Alemania, en ocasiones ha suscitado preocupaciones. Las relaciones entre Roma y el episcopado de Estados Unidos en los últimos años no han sido fáciles. Y si ves las redes sociales y ves foros de debate entre católicos, puedes experimental una violencia verbal inaudita entre católicos de sensibilidades diferentes que se dicen de todo, y que se convierten en motivo de escándalo para los no creyentes, que dicen, «si estos se tratan de esa manera por su fe, cómo me van a pedir que yo crea en lo que ellos me están proponiendo». Esa polarización que afecta a nuestras sociedades, por desgracia también afecta a la Iglesia, y llegamos al cónclave con esa preocupación profunda, de que la Iglesia se encuentra sometida a muchas tensiones, a muchas divisiones. Y, de hecho, como decíamos al principio, los medios de información lo veían y lo subrayaban y lo ponían de manifiesto. De manera que, es verdad que esa unidad era la primera preocupación.
Por otra parte, hay que tener en cuenta que un papa es papa para la unidad. En el momento en que Jesucristo instituye el primado de Pedro, lo hace para que sea la piedra, para que sea ministerio de unidad entre los cristianos. Por tanto, la misma misión del Papa es la unidad por antonomasia. De manera que, tenemos una situación de la Iglesia crítica que la exige, tenemos una misión trascendente que le ha sido dada en cuanto a Pontífice, y tenemos la biografía y el pensamiento de Robert Prevost, y los cardenales dicen, es el hombre porque es un hombre de unidad.
Cuando él es escogido para el cargo del Dicasterio para los Obispos, a mí me parecía evidente que era papable. De hecho, escribí un artículo en el que en el título lo puse. Pasó el tiempo y yo preguntaba, ¿qué hace el cardenal Prevost? ¿cómo trabaja? Y todos decían, hace su trabajo, muy sencillo, no hace declaraciones. Pasó desapercibido, y eso hizo que los periodistas pensáramos que no era un papable. Pero eso mismo hizo para los cardenales que lo pensaran, y que fuera hombre de unidad, precisamente por la humildad, por no querer aparecer.
¿Cuánto has tardado en escribir el libro? ¿una semana?
El tirón lo hice en cuatro días.
¿Qué ha supuesto para ti? ¿Qué has descubierto de la figura del papa León XIV?
Cuando se pronunció el Habemus Papam y escuché el «Robertus Franciscus», pensé, madre mía, tengo un problema. La biografía la controlo, pero no tiene textos, no ha escrito un libro. ¿Cómo hago ahora yo? Lo único que ha escrito ha sido su tesis doctoral sobre el papel del prior en la comunidad local de la Orden de San Agustín, muy interesante pero que no ayudaba mucho para el libro. Me fui a dormir sin saber cómo afrontar el toro. A la mañana siguiente encontré la llave para comprender a Robert Prevost, que además es muy evidente. El pensamiento de Robert Prevost está totalmente imbuido en san Agustín de Hipona. Cuando me puse a buscar sus homilías, sus discursos, sus vídeos, encontré la clave de interpretación, y eso simplificó mucho todo. Para mí fue una experiencia intelectual apasionante, porque san Agustín es un autor tremendamente moderno, en el sentido de que es un autor que encuentra a Dios en lo más profundo de nosotros mismos, e invita a una retrospección, que según vas caminando, más te vas sorprendiendo de ti mismo, porque en ti mismo, a pesar de que en ocasiones tu intimidad te cause rechazo, al final, en ella acabas encontrando la mano divina, la presencia de Dios, y sobre todo, el amor de Dios. El saber que antes de que tú has amado, has sido llamado. Eso fue lo más bonito de todo, el descubrir que la Iglesia tiene un pastor que tiene toda esa riqueza espiritual, y que esa riqueza espiritual ahora va a poderla compartir, y la va a poder aplicar a todos los ámbitos de la vida espiritual y también de la vida social.
El hecho de que se llame León XIV, siguiendo la estela de León XIII y su magisterio social significa que toda esa riqueza va a convertirse en clave de comprensión de fenómenos como puede ser la irrupción de la inteligencia artificial en nuestras sociedades, que nos va a transformar. Él va a tener una iluminación interior, una propuesta iluminada para poder avanzar en estos tiempos respetando al hombre de la manera más profunda del ser humano, y ver la huella de Dios en todo lo que está sucediendo.








