A los abuelos se les ha quitado el bastón de gobierno familiar y se les ha dado, en cambio, el mando a distancia. Ya no se les venera, y a duras penas se les soporta: en el mejor de los casos, se les entretiene. Arrinconados en una sala de estar o, directamente, en la antesala del no estar —que es como se perciben desde fuera a tantas residencias—, quedan casi siempre al margen. A cambio, a cada oportunidad que ofrece el calendario se les dedican vídeos muy bien montados en redes sociales, supliendo con un homenaje virtual el que no se les da en vida.
No deja de ser curioso: nunca hubo tantos ancianos y, sin embargo, nunca se les escuchó tan poco. Su sabiduría, menos inmediata que la de cualquier inteligencia artificial, ya no interesa, porque es lenta, densa, envuelta las más de las veces en balbuceos, desvaríos o pausas largas. Vivir desoyendo al anciano no solo nos hace, como sociedad, perder el tesoro de su sabiduría, sino también el consejo del que ya vivió el mismo error que siempre estamos a punto de cometer. Bueno será recordar esto cuando se pondere el valor de la vejez en términos de utilidad.
Y más duele ver cómo mi generación, que es la que viene justo detrás, ya asume sin aspavientos su destino geriátrico. El lugar natural del anciano era, y es, la cabecera de la mesa, aunque divague, aunque repita, aunque a veces no sepa bien quién es él ni los que le rodean. Sentarlo lejos —o ni sentarlo— es amputarnos la memoria. Y sin memoria, no queda más que un presente gris y un futuro negro, repetición malograda del pasado. San Joaquín y santa Ana, por buscar patrones dignos, hicieron sencillamente lo que tenían que hacer: dieron vida y dieron la vida por la vida que dieron, es decir, la cuidaron y la esperaron. Esa, y no otra, es la vocación del abuelo: permanecer cuando todo cambia y sostener cuando todos corren.







