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Feliz Navidad, cuñado

Llega la Navidad y, con ella, los chistes de cuñados. Siento si esta afirmación te ha bajado de golpe toda la magia festiva, pero querría detenerme justo en este punto. Porque cuando escarbas en lo que suponen estas fiestas y dejas atrás las montañas de polvorones y la maquinaria mercantil a todo trapo, lo que te queda es, literalmente, tu cuñado en el sofá de tu abuela. Y me parece una metáfora perfecta de lo que sí es la celebración navideña: el encuentro con el otro, con el prójimo —el que está, el que me ha tocado—, porque el mismo Dios nos salió al encuentro. 

Como escribió mi admirado Chesterton, la Navidad no encaja en absoluto con el mundo (pos)moderno, porque «presupone la posibilidad de que las familias estén unidas, o reunidas, e incluso de que los hombres y mujeres que se casaron voluntariamente sigan hablándose». En una época que pone el acento en las relaciones elegidas, en la identidad propia creada ex nihilo a golpe de voluntad o sentimiento, el nacimiento de Cristo nos invita a amar también aquello que se nos ha dado sin preguntarnos —cada uno, su familia imperfecta—, un imperativo que brota de nuestra verdad primera: somos hijos. 

«La mejor manera en que un ser humano podría examinar su disposición para encontrarse con la variedad común de la humanidad sería dejarse caer por la chimenea de cualquier casa elegida a voleo y llevarse tan bien como sea posible con la gente que está dentro. Y eso es esencialmente lo que cada uno de nosotros hizo el día en que nació», cierra el escritor inglés. Y es que la familia congregada en Nochebuena, en torno a los langostinos y la mayor esperanza hecha figurita de belén, es signo del amor más grande, ese que nada tiene que ver con nuestras preferencias. Por eso, amar a tu cuñado con su nulo gracejo, lejos de ser un engorro colateral en estos días, es una magnífica forma de conjugar el Feliz Navidad. 

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