Antes de la hiperconexión, las crisis existenciales las vivía uno para adentro. Las rumiaba con dolor en lo más recóndito —que es lo que significa intimidad— y las depositaba con pudor en manos de unos pocos confidentes que pudieran aliviar la carga del sinsentido. Hoy te asomas unos minutos a la red social del señor Musk y te encuentras a un perfecto desconocido contando a los cuatro vientos digitales su realidad más desgarradora: su psicóloga le preguntó quién era él si le quitaran la ideología y el trabajo, y no supo qué responder. Tras leer aquel profundo desarraigo, te asaltan varios vídeos de perros haciendo monerías, niños hambrientos en Gaza e ingeniosas soflamas políticas, y a otra cosa, mariposa.
No está el ser humano preparado para conocer el mundo de esta forma. En un batiburrillo infinito de colorines, violencia, memes y sufrimientos profundos. Lo problemático, pienso, no está en compartir con tus congéneres cierta interioridad —cuánto habríamos perdido si, por ejemplo, Delibes no hubiera escrito Señora de rojo sobre fondo gris—, sino en hacerlo de tal modo que no pueda ser recibida como merece. La vida así expuesta, sin contexto ni vínculos atentos que la acojan, se vuelve obscena.
El humano moderno —un cualquiera en Twitter y, tantas veces, uno mismo— está empachado de información, pero le falta narrativa vital. Vive en un estado permanente de dispersión que no le permite unir los puntos de lo que le pasa. No tiene silencio, y sin silencio no hay espacio para enfrentarse a las dudas más íntimas y tratar de contarse su propia historia. Escasea también de compañía que recoja cuidadosamente sus sinsabores, de manera que no tenga que arrojarlos, impúdicamente, a la batidora pública de contenidos.
Podemos buscar remedios variopintos, pero la oración cura esas dos carencias, porque es un silencio habitado. «Orar es estar a solas con quien sabemos que nos ama», decía la grande de Ávila. Y qué mejor manera que esa para ir descubriendo quiénes somos. Me encantaría contárselo al del tuit, pero lo perdí en un scroll interminable, así que me lo recuerdo ahora: prueba a rezar. Entra en tu intimidad y déjate mirar, en silencio, por el Amor.







