Hay un asunto que me escama desde que empecé a tener informe de vida laboral. Y es que la forma de aproximarse a cualquier otro ser humano adulto comience casi siempre por la pregunta de «a qué te dedicas». Después del nombre, lo que más interesa saber del prójimo es su cargo, su empleador, su oficio. Así nos presentamos en congresos, bodas y bautizos. Como si nuestra identidad empezara necesariamente por lo que producimos. Como si trabajar en el departamento de marketing de una farmacéutica hablara definitivamente de lo que nos hace ser.
Sé que responde a la economía del tiempo y tiene su sentido, pero me parece un síntoma más de nuestros esquemas mentales posmodernos, que subliman la autonomía. Si uno se da un paseo por las redes sociales, convendrá que nos definimos ante el mundo a través de lo que consumimos, lo que practicamos, lo que votamos, lo que leemos. Pero ¿de verdad dice algo conclusivo de nosotros el vermú ecológico que tomamos cada domingo en un bar de Malasaña, el color del cinturón de judo que tenemos o las ideas que pueblan las baldas de nuestra biblioteca?
Más allá del titular de nuestro LinkedIn o de lo que gustamos hacer el fin de semana, diría que la espina dorsal de nuestra identidad es relacional. Porque, antes que nada, somos hijos. Existimos gracias a otros —qué bonito que Paco nunca fue «el guitarrista», sino «Paco de Lucía»—. Tal vez estamos relegando en la esfera pública dos facetas que nos constituyen de manera radical: lo que nos viene dado —aquello que no elegimos— y lo que damos a otros —los vínculos que cultivamos—.
Soy consciente de que esta reflexión identitaria no cabe en la tarjeta de visita. Pero creo que lo recibido y lo entregado responden de manera más genuina a la pregunta de «quién eres».







