Estamos viviendo en la Iglesia grandes experiencias de comunión (Sínodo, asambleas, congresos…) que ponen de manifiesto una vitalidad que unos aplauden y otros discuten, calificándola como «pastoral de eventos». Sea bienvenida, si responde a los impulsos del Espíritu Santo, que sigue pidiéndonos vivificar carismas y ministerios.
El Señor me ha permitido vivir (ya sea como activo o emérito) compartiendo la interioridad de personas y comunidades. Esto hace que me sitúe más a pie de obra, al nivel de tantos párrocos que sufren viendo cómo muchos de los que dicen creer en Jesucristo frecuentemente parece que no acaban de sentir la Iglesia como algo propio. Sé que esto no es nuevo, pero es una situación dolorosa pastoralmente y hay que aprender a vivirla sin perder la paz.
Para empezar, no contentándonos con aguantar siguiendo con lo de siempre, pensando que no hay nada que hacer. Hay que modificar la manera de situarse en el mundo y en la cultura actual, creyendo más y mejor en la fuerza que tiene la Palabra en sí misma y nunca cansarse de sembrar. Porque creemos que «la Vida se hizo visible, y nosotros hemos visto, damos testimonio y os anunciamos la vida eterna que estaba junto al Padre y se nos manifestó» (1Jn 1,2). Hemos de vivir más profundamente enraizados en el encuentro apasionado con Jesucristo. Sin esta experiencia entusiasta y admirada de quien se ha encontrado con Jesús, como Pablo camino de Damasco o Pedro y Juan a la orilla del lago, difícilmente seremos sus testigos. Hablaremos sobre Jesús pero no desde Jesús.
Y, por otro lado, no olvidando que Dios se ha revelado en hechos históricos: los hechos de la vida de Jesús acercándose a la gente y dando a conocer el proyecto de su Padre (el Reino). El Evangelio invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el otro, con su presencia física que interpela. La solución nunca consistirá en escapar de una relación personal y comprometida con Dios que al mismo tiempo nos compromete con los otros. Eso es lo que sucede cuando los creyentes van de un lugar a otro sin vínculos profundos y estables… Algunos incluso dejan de vivir una pertenencia cordial a la Iglesia alimentando un espíritu de controversia. Más que pertenecer a la Iglesia toda, con su rica diversidad, pertenecen a tal o cual grupo que se siente diferente o especial (Evangelii gaudium 88, 91, 98).
Se trata, pues, de tomar algunas decisiones dando prioridad a algunas maneras de hacer y dejando otras posibles, aunque estemos más habituados a ellas o nos resulten más familiares: ¿hay que mantener y consolidar lo que venimos haciendo o hemos de privilegiar otras acciones de carácter misionero?, ¿cuáles?; ¿nos hemos de dirigir solo o preferentemente a los que vienen?, ¿a este o aquel ambiente que consideramos favorable?, ¿a todos, a las comunidades humanas que nos rodean?, ¿con qué estilo?, ¿será preferible acentuar la enseñanza doctrinal o favorecer la confrontación entre la propia vida y el Evangelio?
Vale la pena hacer de estas cuestiones motivo de reflexión para encontrar respuestas y compartirlas, si queremos «conseguir transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad» (Evangelii nuntiandi 19).
Esto supondrá asumir actitudes dóciles al Espíritu, que es en definitiva quien nos guía, a veces de manera desconcertante, más allá de nuestros planes y programaciones y nos empuja a explorar nuevos caminos de fidelidad y compromiso para servir más y mejor. La pasividad, el inmovilismo, el situarse a la defensiva, la instalación y el conformismo de la falsa prudencia, parecerán siempre indicar lo contrario.







